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Rafael Sanabria Martínez: La geología y el tiempo, una lectura histórica entre 1812 y 2026

 

La historia de Venezuela está marcada por una conexión ineludible con su dinámica telúrica, una realidad que se ha manifestado con particular intensidad en dos momentos que, aunque separados por más de dos siglos, resuenan con fuerza en nuestra conciencia colectiva. El terremoto del 26 de marzo de 1812 y el evento sísmico del 24 de junio de 2026 no son solo hitos cronológicos, sino espejos de una misma fragilidad ante un territorio geológicamente activo. Al analizar ambos sucesos, es imperativo trascender la retórica política para centrarnos en una reflexión científica e histórica que nos permita comprender nuestra realidad como habitantes de esta tierra. Como bien señalaba el geógrafo Alexander von Humboldt al observar la naturaleza americana, nuestra relación con el entorno debe ser de una,  observación paciente y una profunda humildad ante las fuerzas que moldean el relieve, recordándonos que el paisaje no es un escenario estático, sino un proceso en constante transformación.

Es preciso abordar, en primer lugar, el peso de la tradición oral en nuestra cultura. La frase «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca» ha sido atribuida por generaciones a Simón Bolívar tras el Jueves Santo de 1812. No obstante, el rigor historiográfico, representado por investigadores como Rogelio Altez, ha desmentido esta paternidad épica. En su obra *El desastre de 1812 en Venezuela*, Altez subraya la ausencia de pruebas documentales que vinculen al Libertador con tales palabras, situando su origen en los *Recuerdos sobre la rebelión de Caracas* de José Domingo Díaz. Al comprender que esta cita fue un recurso narrativo empleado por un opositor a la causa independentista, nos liberamos de la carga mítica para observar el hecho con mayor objetividad. Como advierte el historiador Marc Bloch, la historia no es una tribuna, sino una búsqueda de sentido que debe evitar las proyecciones anacrónicas que distorsionan el pasado.

Al profundizar en las similitudes geofísicas, la comparación adquiere un matiz técnico esencial. El sismo de 1812 tuvo su epicentro en una zona que afectó el centro-norte del país, vinculándose estrechamente a la falla de San Sebastián, parte integrante del complejo sistema tectónico que bordea nuestra costa. Los eventos del 24 de junio de 2026 se sitúan en una franja tectónica de influencia análoga, donde la interacción de las placas del Caribe y de América del Sur continúa liberando energía acumulada. Esta recurrencia no es una anomalía, sino una constante geológica. Al respecto, el sismólogo Charles Richter solía recordar que; La naturaleza no tiene un calendario para sus sismos, pero nosotros sí tenemos un calendario para nuestra memoria, una advertencia que hoy cobra plena vigencia al contrastar el impacto de ambos eventos.

La diferencia fundamental entre 1812 y 2026 radica en la complejidad de nuestra vulnerabilidad. Mientras que en 1812, como documentaron cronistas como Francisco Javier Yanes, la precariedad de las construcciones de adobe y el desconocimiento sismológico elevaron el saldo de víctimas, en 2026 nos enfrentamos a una vulnerabilidad sistémica. La densidad urbana y la dependencia de infraestructuras críticas han transformado el riesgo.

La tragedia actual nos señala que, a pesar de los avances en ingeniería, la ocupación del territorio no siempre ha estado alineada con el conocimiento geofísico. Como sugiere Iván de Madariaga en sus reflexiones sobre el riesgo urbano, la catástrofe no es el sismo, sino la negligencia de nuestra arquitectura ante la geología.

Más allá de la búsqueda de culpables, ambos eventos nos confrontan con una realidad irrefutable: el ser humano no se enfrenta a una voluntad adversa, sino a procesos físicos que operan independientemente de nuestras estructuras sociales. La pretensión de someter los ciclos geológicos a la voluntad política ha demostrado ser una ilusión, pues, como diría el filósofo Francis Bacon, para mandar a la naturaleza, primero hay que obedecerla. La verdadera soberanía de una nación frente a estos fenómenos se construye mediante la educación, el respeto a las normativas de construcción y, sobre todo, la aceptación de que la convivencia con un territorio sísmico exige una planificación preventiva. La lección del tiempo nos indica que el progreso genuino no reside en la pretensión de controlar el entorno, sino en la capacidad técnica y ética de construir sociedades capaces de prosperar en sintonía con las leyes inmutables de la geografía.

Referencias Bibliográficas

Altez, R. (2006).El desastre de 1812 en Venezuela: sismos, vulnerabilidades y una patria no tan boba*. Fundación Polar.

Bloch, M. (1949).Apología para la historia o el oficio de historiador. Fondo de Cultura Económica.

Díaz, J. D. (1829).Recuerdos sobre la rebelión de Caracas. Imprenta de León Amarita.

Humboldt, A. von. (1814).Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Edición comentada sobre geología americana.

Madariaga, I. de. (2018).Urbanismo y riesgo: La gestión de la memoria tectónica en el siglo XXI. Editorial Académica.

Yanes, F. J. (1840).Compendio de la historia de Venezuela: Desde su descubrimiento y conquista hasta que se declaró estado independiente. Tipografía de Lamza.

 

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