Alguna vez leí que Francis Scott Fitzgerald había comenzado a escribir bajo la firme intención de hacerse rico con su escritura. ¡Y milagrosamente: lo consiguió! El autor de El gran Gatsby alcanzó una temprana celebridad con sus textos algo que, obviamente, se acompañaría con esos amplios ingresos que harían de él un escritor muy bien remunerado.
Escribo esto y no dejo de admirarme tanto del temprano y ambicioso propósito de Fitzgerald como del hecho de que sus deseos pudiesen haberse convertido en realidad. Quizá sería importante añadir que la vida de Fitzgerald distó mucho de ser la dorada ruta que pudiera imaginarse. La esquizofrenia de su esposa Zelda y el feroz e irreductible alcoholismo del escritor serían dos infiernos personales que marcarían trágicamente su existencia, tempranamente extinguida cuando el autor contaba apenas cuarenta y cuatro años.
Este curioso ejemplo de un escritor que comienza a escribir acuciado por la idea de hacerse rico y famoso viene hasta mí como referencia a esa pregunta que muy a menudo me acompaña: ¿qué nos lleva a escribir? ¿Cuáles son las razones por las que nos comprometemos con un esfuerza generalmente subrepticio y poco reconocido, especialmente en nuestros contextos cultuales? La motivación de Fitzgerald, asociada a un mundo que, movido por razones mercantilistas, apoyado en un mercado donde un escritor puede hacerse rico y, sobre todo, donde las editoriales que lo comercializan pueden hacerse aún mucho más ricas, resulta muy poco comprensibles en universos como los nuestros, iberoamericanos, donde esa clase de estímulos resultan absolutamente irreales.
Y, ya que de irrealidad hablamos, existen otros impulsos hacia la escritura que bien pudieran competir en irrealidad -pero sin duda una más digna irrealidad- con la elección de Fitzgerald. Pienso, por ejemplo, en escritores que convierten su pasión por la escritura en apoyo de muy diversos espacios de vida, en complemento de acciones por realizar, en sostén de ideales y principios que defender, en orientación posible para superar complicados laberintos existenciales, en una manera de compartir sentidos necesarios sobre su tiempo, en una apuesta por ciertos valores atemporales… En fin: la palabra escrita -y en ocasiones también la hablada- como protagonista de esos escenarios donde el escritor elige actuar. Y es que, a fin de cuentas, la opción de F. S. Fitzgerald no sería sino la exacta oposición de esta otra, sin duda mucho más humana: la escritura como el loable esfuerzo de un escritor por alcanzar para sí mismo una cierta plenitud.

