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Miriam González Durántez: La élite pasmada

 

Acabo de estar en Estonia para ver lo que están haciendo allí en digitalización del Estado, dinamización empresarial y educación en IA. Es un país pequeño, pero del que el resto de Europa tiene mucho que copiar: Hay un empresario por cada diez individuos; y un unicornio (empresa de más de mil millones de dólares) por cada 136.000 personas; el Estado no es obstaculizador, es proactivo; Todo está digitalizado y es fácil, aunque siguen manteniendo los servicios presenciales (¡sin colas ni retrasos!) para los que no logran adaptarse; y tienen los mejores resultados educativos de toda Europa.

Hablando con el Gobierno, empresas y políticos allí, sientes que vienes de la prehistoria: una de las personas más importantes del país es el Chief Information Officer (CIO), el máximo responsable de la estrategia tecnológica del país. Tienen dos. A nosotros —que tenemos el país inundado de asesores inútiles de carnet en todas las administraciones— ni siquiera se nos ha ocurrido que nos hace falta un CIO. Su sistema tecnológico es descentralizado, a diferencia del de India (que funciona bien, pero es muy centralista), así que se adapta mejor a nuestro modelo de estado. Trece países están copiando ese modelo, desde Malasia hasta Ucrania ¡o incluso Benín! Curiosamente —¡O no!— ninguno de esos países es de la Unión Europea.

Cuando indagas en los ingredientes de su éxito, te das cuenta enseguida de tres cosas: todo empezó con un grupo pequeño de gente joven con visión que se dio cuenta de que no podrían competir si no se modernizaban y en tan solo una legislatura sentaron la apuesta por la digitalización. Tanto Estado como empresas han entendido que lo de la tecnología va de supervivencia del país, así que todos reman en la misma dirección: el futuro. Y lo han podido hacer porque es una sociedad muy plana y no hay una élite viejuna con interés de mantener al país anclado en el pasado, como nos ocurre a nosotros.

Transicionar a un Estado proactivo, que facilite la vida a los ciudadanos a través de la tecnología y en el que haya máxima transparencia (y por tanto ausencia de corrupción) a través de la digitalización, es algo absolutamente factible en España. Se puede hacer en una sola legislatura y el coste monetario es mínimo: menos de lo que nos gastamos en tan solo un año simplemente en asesores de La Moncloa. Poner al Estado y las empresas remando en la misma dirección para nosotros es un reto, porque el ambiente se ha maleado mucho durante el gobierno de Sánchez, así que la desconfianza es ahora enorme. Pero lo más difícil de conseguir es que nuestra élite —política, empresarial, intelectual o incluso mediática— apoye un programa de futuro, porque por lo general nuestra élite es viejuna, defensiva contra todo lo que suene a modernidad, nada diversa, insular (prefieren competir fuera que abrir el mercado dentro) y marcadamente egoísta (llevan medio siglo viendo al resto de la población sufrir con un modelo de sueldos miserables sin mover una pestaña para corregirlo).

Una de las mayores decepciones (¡y han sido muchas!) del gobierno de Pedro Sánchez es precisamente que durante el primer año de su Gobierno daba la impresión de que por fin se abría la puerta a una élite más profesional, más moderna, abierta, más internacional, incluso más joven. Pero todo eso se ha dilapidado con corrupción, mediocridad, clientelismo y actitudes autocráticas y opacas. En realidad, Sánchez ha acabado teniendo justo el efecto contrario: el endurecimiento de las posiciones de la élite tradicional, suprimiendo cualquier intento de modernización del país para que el poder siga a buen recaudo en manos de los de toda la vida.

En Estonia me alertaron de que cuando empezaron a modernizar tuvieron que hacer frente a fuertes corrientes adversas por parte de los que pierden con la transparencia digital: corruptos, corruptores, redes clientelares y los que quieren evitar toda renovación social. En España esas corrientes son enormes y actúan de forma sibilina: los falsos pesimistas que defienden que en nuestro país es imposible de cambiar, porque lo que en realidad quieren ellos es que nada cambie; los que se esconden tras visiones catastrofistas para argumentar que no hay más remedio que seguir aupando a los suyos que —oh casualidad— resulta que son los de siempre; y también, cómo no, los que silencian a los que queremos modernizar.

Esas corrientes son simplemente un obstáculo a batir. Y están a la defensiva, porque saben que la dinámica de cambio es imparable y ni siquiera se circunscribe a nuestro país. O nos movemos a un Estado proactivo, ágil, digitalizado y moderno, o es cuestión de tiempo que no podamos costear el Estado de bienestar. Esto no es opcional. Hay que pisar el acelerador del futuro sí o sí.

Fundadora de España Mejor.

 

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