Un régimen que administra el poder, no el Estado.
Los recientes cambios en el gabinete no representan una renovación del gobierno ni mucho menos una rectificación de su fracaso. Son, simplemente, un nuevo capítulo del viejo más de lo mismo: “El Reciclaje de Funcionarios”, una práctica que el chavismo ha convertido en norma durante casi tres décadas de destrucción institucional.
Mientras en las democracias modernas los ministros son escogidos por su experiencia, conocimientos y capacidad para conducir políticas públicas, en Venezuela basta con pertenecer al círculo de confianza del poder. Hoy se es canciller; mañana, ministro de Tecnología; después, titular de educación, gobernador de Miranda o de cualquier otro despacho. Las responsabilidades cambian, pero los nombres generalmente son los mismos.
No se gobierna con criterios técnicos. Se gobierna con criterios de obediencia.
Esta lógica revela el profundo deterioro de la función pública. Los ministerios dejan de ser instituciones al servicio de la nación para convertirse en piezas intercambiables de un aparato político cuyo único propósito es preservar el control del poder.
El mensaje que transmite este permanente reciclaje de funcionarios es devastador: la competencia profesional no importa; la planificación no importa; la eficiencia no importa. Lo único que importa es la lealtad al cogollo gobernante.
¿Puede sorprender semejante desprecio por la administración pública? Difícilmente. Quienes durante años condujeron a Venezuela a la destrucción de su economía, al colapso de los servicios públicos, a la pérdida del salario, de las pensiones y al éxodo de millones de venezolanos, difícilmente pueden presentarse ahora como los arquitectos de la reconstrucción nacional.
Lo que hoy observamos no es una reorganización del Estado. Es un reacomodo interno de cuotas de poder. Un funcionario sale de un ministerio para ocupar otro; otro acumula nuevas responsabilidades; varios cargos terminan concentrados en un grupo cada vez más reducido.
Esa concentración del poder no fortalece al Estado; lo debilita aún más. Cuando unas pocas personas monopolizan funciones estratégicas, desaparecen los contrapesos, se reduce la rendición de cuentas y aumenta la opacidad en la toma de decisiones.
La percepción de que determinadas figuras políticas ejercen una influencia que trasciende ampliamente las atribuciones formales de sus cargos refleja precisamente esa creciente concentración del poder político. Más allá de los títulos oficiales, la conducción efectiva de múltiples áreas parece descansar sobre un núcleo cada vez más pequeño y cerrado.
Desde mucho antes, pero ubicándonos en el presente, con los supuestos cambios de gabinete del interinato, desde enero hasta hoy, los venezolanos no han presenciado la conformación de un gabinete capaz de enfrentar la crisis nacional.
Han sido testigos de un simple reacomodo burocrático dentro de una estructura sin legitimidad y credibilidad alguna y que continúan siendo objeto de profundo cuestionamiento político y ciudadano, con excepción de quien les tutela y les ordena lo que deben hacer, mientras sigan arrodillados servilmente permitiendo se lleven nuestras riquezas provenientes del petróleo y de la minería.
Venezuela no necesita seguir viendo los mismos rostros rotando de oficina en oficina. Necesita instituciones independientes, servidores públicos competentes, transparencia en la gestión y un gobierno que responda al interés nacional, no a la supervivencia de un grupo político.
El país no se reconstruirá cambiando a los mismos funcionarios de escritorio. Se reconstruirá cuando el mérito sustituya a la obediencia, cuando la institucionalidad prevalezca sobre el personalismo y cuando el ejercicio del poder vuelva a estar subordinado a la Constitución y al servicio de los ciudadanos.
Mientras eso no ocurra, los cambios de gabinete seguirán siendo exactamente lo que hoy son: un reciclaje dentro de un Estado cada vez más debilitado.
Los venezolanos no necesitan más reacomodos del poder; necesitan la restitución del Estado de Derecho, el respeto a la Constitución y un gobierno al servicio de la nación.
Edgar Silva

