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Manuel Jabois: Nadar por razones sentimentales

 

Nos subimos a una tabla de pádel surf mi hijo, mi pareja y yo, y el cachorro, que se había quedado en la orilla con dos amigas, empezó a pasearse nervioso. Llevábamos varios días tratando de que se metiese en el agua sin resultado. Pone la cara de aquel francés que citaba Iñaki Uriarte en sus Diarios cuando vio por primera vez el mar: “Tal cantidad de agua es indecente”. Yo lo bajo a la playa nada más amanecer, cuando no hay nadie, y me baño (ese baño de las ocho de la mañana en el de Atlántico, el baño que anuncia una vida).

Pero el perro no me hace caso. Se queda en la arena bien pancho, echando de vez en cuando una ojeada al agua, alejándose por momentos pero volviendo siempre a la línea de visión. El día de la tabla, sin embargo, se mojó las patas y no volvió a la arena. Hizo eso que tanto hace, ahora que paso los días descifrándolo: mirar para los lados, inquieto, como para pedir permiso. Y, según la tabla se iba yendo, debió entrar en pánico porque ahí vino. La cabecita ansiosa, las patas veloces. Fue recibido con una fiesta y se subió a la tabla dichoso, moviendo el rabo de un lado a otro (amable recordatorio de que, cuando lo adoptamos, yo le movía la cola con las manos para que estuviese contento, siguiendo férreamente la disciplina que impongo alrededor en verano: “¿Estás triste? No estés triste”). No sé si los perros saben nadar desde que nacen; el mío, desde luego, sospechaba otra cosa: que nos íbamos sin él.

Hasta entonces el mar había sido una extravagancia de los humanos; luego fue una distancia. Así que supongo que nadó por razones sentimentales, que son las razones que nos enseñan a hacer aquello que necesitamos para sobrevivir. Es sabido que el valor consiste en que el miedo a quedarse atrás sea mayor que el miedo a seguir adelante. Cuando volvimos, corrió por la arena, mordió una cuerda y se tumbó al sol.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM