El autor italiano publica en España ‘Elogio del error’, una reflexión sobre lo que nos hace imperfectos en tiempos de inteligencia artificial. El periodista y ensayista italiano Pino Aprile, en una imagen cedida por la editorial.
A Pino Aprile (Puglia, Italia, 76 años) se le cuela una errata cada 300 pulsaciones. Teniendo en cuenta que lleva toda la vida escribiendo, esos son muchos errores. Algunos, la mayoría, los corrige a tiempo. Pero otros pasan el filtro del editor y del autocorrector. Errores impresos negro sobre blanco que están ahí, en los cientos de números de la revista Oggi, de la que fue redactor y subdirector. En sus ensayos humanísticos, de los que ha vendido miles de copias en todo el mundo. Pero da igual, Pino Aprile está orgulloso de sus errores. Ha aprendido de ellos, como aprendemos todos, pues el error es la base de la creatividad. Aprile defiende que errar es casi una obligación moral y que el único fallo imperdonable es no equivocarse jamás. Es lo que explica en su libro, Elogio del error, que se publicó en 2007 en su Italia natal y que ahora recupera, traducido al español y actualizado, la editorial Gatopardo.
Aprile tiene cierta capacidad para ver lo que otros solo intuyen. Y de hacerlo antes que nadie. Su popularidad en Italia le llegó con Terroni, un ensayo en el que cuestionaba el relato oficial de la unificación patria y denunciaba el tratamiento histórico dado al sur del país. Pero más allá de los Alpes fue Nuevo elogio del imbécil el libro que le puso en el mapa. En él, argumentaba que, después de milenios mejorando su capacidad e inteligencia, el ser humano había entrado en una debacle intelectual. Esta espiral de imbecilidad estaría fomentada por las estructuras sociales modernas. El más tonto del pueblo es el que llama la atención, el que marca tendencia, al que votamos para ser alcalde. El libro se publicó en Italia en 1997. Antes de los influencers, el callo solar, los nepobabys, el auge del populismo, los cryptobros, el escrotox o de que el zasca se convirtiera en un admirable haiku argumental. Antes de muchas imbecilidades que hoy nos parecen normales. Entonces no me podía imaginar que el tiempo me acabaría dando la razón de esta manera, dice Aprile con cierto orgullo.
El autor está en España para presentar Elogio del error, pero habla con gusto de su libro precedente. Cita con frecuencia a Donald Trump para ponerlo como ejemplo de las tesis de ambos, lanza referentes intelectuales y filosóficos y apuntala cada argumento con una broma que pronuncia con el semblante serio. Aprile sonríe con los ojos y lo hace a menudo. Para intentar relacionar ambos libros, le pregunto si alguien que comete muchos errores es un imbécil. No necesariamente, responde. Lo que hace un imbécil es no aprender de ellos. Para que el error sea fértil, para que puedas aprender de él, tienes que ser consciente de que lo has cometido.
Aunque fuera enunciada antes de que Silicon Valley lo convirtiera en su mantra, esta tesis de equivocarse para aprender podría presuponer una cierta posición privilegiada. Steve Jobs, Elon Musk y muchos otros millonarios destacaron las valiosas lecciones que aprendieron de sus fracasos, obviando que tenían detrás una cantidad ingente de dinero que les permitía salir a flote. Pero para el resto de los mortales, ¿quién puede permitirse el lujo de errar y volver a empezar? Todos cometemos errores, eso no depende del dinero o del poder, replica el autor. La diferencia quizá está en el dinero que se pierde en esas equivocaciones, concede. Y en la facilidad para recomponerse tras el desastre.
Aprile cree que en la actualidad los errores pasan desapercibidos, se disfrazan de aciertos. Puedes negarlos, picotear informaciones que confirmen tus equivocaciones, modelar la realidad para que se adapte a tu visión. Puedes lanzar las ideas más descabelladas o estúpidas y encontrar a alguien que te las confirme y te aplauda por ello. En las redes sociales te puedes crear un mundo a medida, resume. Hay realidades alternativas y no se establece un mundo común. Es este un elogio del error muy diferente del que traza el autor en su libro, pues para elogiarlo bien, para abrazarlo, dice, hay que reconocerlo como tal.
En la mayoría de los casos, explica Aprile, el error puede ser fértil y de él surgen millones de posibilidades. La única manera de evolucionar es a través del error. Lo dice de una forma figurada, como evolución personal. Pero también de una manera literal, aplicado al concepto científico de evolución.
Nosotros no somos la copia perfecta del primer organismo unicelular que existió en la Tierra, explica. Déjame explicarlo de esta manera. El ADN es el libro de instrucciones de una especie. Cuando nos reproducimos, ese libro de instrucciones se copia. Pero de vez en cuando hay pequeñas mutaciones, errores en la copia. Y gracias a ellos evolucionamos. La verdadera función de la repetición es equivocarse. Así, miles de millones de erratas en el libro de instrucciones primigenio de la vida han dado como resultado un ecosistema de organismos complejos y variados. Todos ellos tienen, tenemos, el error codificado en nuestro código genético.
Pero la obsesión de Aprile con lo equívoco y erróneo tiene también aplicaciones más prácticas. El error de una noche puede acabar en un amor inesperado, explica. Un malentendido, en una divertida anécdota que contar durante años. Un error en la grabadora puede hacer que aquella entrevista se publique como un artículo con las pocas comillas salvables, por ejemplo.
La vida sería mucho más aburrida si viviéramos en un mundo sin fallos. Previsible, plana, tan monótona que parece discurrir sobre raíles. El error es creativo, argumenta el autor. La perfección no puede crear nada, porque apenas mueves algo, deja de ser perfecto. Solo los cementerios son perfectos.
En la historia ha habido muchos poetas que han comparado el curso de una vida con el de un río. En España fue Diego Manrique. En Italia, Giuseppe Ungaretti. Pero para Aprile, la vida no es tanto un río, con un principio, un fin, una dirección precisa y una sola manera de ir contracorriente. Es una metáfora demasiado obvia, dice. El mar, en cambio, nunca puedes entenderlo del todo: es inabarcable, cambiante. Puedes salir a navegar con una dirección y una meta, pero la corriente, el viento, las tormentas e incluso tu propio peso determinarán la dirección que vas a tomar. Por eso nuestra vida se asemeja más a una travesía en alta mar que al previsible discurrir de un río. Es una aventura en la que intentas llevar un rumbo, pero difícilmente lo consigues. En el río solo puedes ir contracorriente de una forma; en el mar hay miles de maneras de equivocarse, de tomar otros rumbos. Muchas veces no acabas yendo adonde tú quieres, sino adonde quiere el mar.
Tiene Elogio del error, como tuvo Nuevo elogio del imbécil, un último capítulo para actualizar su tesis y llevarla al contexto actual. Cuando Aprile se sentó a escribir sobre las virtudes de equivocarse, no había una inteligencia artificial (IA) de la que echar mano o un autocorrector que le limpiara el texto de erratas. La forma de corregir era releer y comprobar datos a mano. Y eso lo cambia todo.
La IA escribe textos perfectos en su vacuidad. Un refrito de lo que otros ya pensaron y escribieron antes. Puede ser correcta, pero no es original, no es creativa, argumenta el autor. Aun así, está cada vez más extendida. El auge de los libros fabricados con IA ha provocado una explosión masiva en la cantidad de obras autopublicadas, triplicando el volumen mensual de lanzamientos en plataformas como Amazon. Hay papers académicos, artículos en periódicos y revistas, publicaciones en redes sociales hechas con IA. Así vemos cómo se está creando un internet cada vez más plano, más repetitivo. Las palabras e ideas que otros escribieron hace tiempo sirven para crear un engrudo argumental que da forma a nuevos libros, documentos, publicaciones, artículos. Son perfectos porque están muertos. No hay intención, no hay margen para los errores humanos, para las desviaciones creativas y los caminos menos trillados.
Las redes sociales han hecho también que los errores sean más difíciles de señalar. La verdad es relativa, así que aquello que la desafía también debería serlo. En este contexto, lo difícil no es detectar el error, avisa Aprile, sino convencer a los demás de que lo reconozcan como tal. Cree que en este sentido estamos ante un cambio de paradigma. Por eso le parece que esta reedición de su libro es más necesaria que nunca. Necesitamos reivindicar el error humano como algo necesario, creativo y estimulante, dice. Hay que equivocarse más. Y reconocerlo mejor.
Enrique Alpañés – El País de España

