Es innegable y legítimo: el país late hoy al ritmo de una profunda expectativa por el pronto regreso de María Corina Machado. Ese anhelo no es un simple cálculo de laboratorio ni una estrategia coyuntural; es el vivo reflejo de un pueblo que se niega rotundamente a rendirse, que se identifica plenamente con su valentía frente a los constantes atropellos del poder y que ve en su liderazgo una luz nítida en medio de la crisis institucional y la dolorosa emergencia que aún asimila el territorio tras el reciente sismo. Desde Poder Ciudadano compartimos, validamos y respaldamos ese sentimiento, porque la dignidad y la soberanía de la gente constituyen nuestro motor fundamental.
Esta esperanza colectiva, lejos de traducirse en una espera pasiva, debe convertirse en el combustible definitivo para la organización activa y la defensa del país desde las bases. María Corina ha demostrado con creces que no teme a los bloqueos, a las persecuciones ni a las amenazas burocráticas; por ende, la mejor manera de acompañar su ruta y prepararle el terreno es articulando a las comunidades en cada parroquia y en cada sector bajo principios estrictamente democráticos, transparentes y solidarios, asegurando que a su llegada encuentre un tejido social firme, despierto y cohesionado.
Esta inmensa conexión popular coincide, de manera inexorable, con la urgencia del reloj institucional y el vencimiento del plazo constitucional de los 180 días. El clamor por su presencia física es también la exigencia nacional de un camino electoral limpio, regido por un reglamento electoral especial y blindado contra los vicios del ventajismo oficialista. Mientras se derriban los obstáculos logísticos para su retorno, nuestro compromiso absoluto en el territorio es acompañar el sufrimiento de las familias afectadas por la catástrofe natural y fiscalizar con lupa que la ayuda humanitaria internacional llegue directamente al ciudadano, sin los chantajes ni las desviaciones de la corrupción.
Quienes desde los tableros internacionales intentan medir o condicionar el destino de Venezuela bajo la fría e interesada óptica de los intereses geopolíticos, cometen el grave error de ignorar el factor más poderoso de la ecuación histórica: el sentimiento y la determinación de la inmensa mayoría de los venezolanos. Ninguna estrategia de cancillería ni cálculo de potencias extranjeras podrá contener jamás la fuerza de un pueblo que ya decidió ser libre y dueño de su propio destino.
La legitimidad de este proceso no se negocia en oficinas foráneas ni se decreta a espaldas de la nación. El liderazgo real se refrenda diariamente en el corazón de las comunidades y se defiende en la calle mediante el rescate del voto universal, directo y secreto. La soberanía reside intransferiblemente en el ciudadano.
¡El Poder Ciudadano es la gente!