A estas alturas del deterioro del sistema educativo venezolano, no sé a ciencia cierta si todos los venezolanos conocen cómo termina esa frase atribuida al Libertador Simón Bolívar en 1812: «…lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». Durante años, en mis clases de metodología de la investigación, solía citar este pasaje. No lo hacía para exaltar el romanticismo patriótico, sino como el ejemplo perfecto de la soberbia de la modernidad frente a la Naturaleza, esa ilusión antropocéntrica de que la voluntad humana puede doblegar las leyes de la física y la geografía. Hoy, debemos retomar la frase y darle una interpretación actualizada.
En Venezuela, como decían los profesores Ron Pedrique y Agustín Martínez, la modernidad no llegó hasta la soberbia teórica que permitió que la ciencia participara en el gobierno de las naciones. Solo fue como un “leve resfrío”. El desprecio por el conocimiento, evidente en el trato hacia las universidades hoy, y el olvido total de la previsión, ha convertido los fenómenos naturales en catástrofes humanitarias recurrentes. La historia nos ha dejado cicatrices profundas: el terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967 (6.7 en la escala de Richter); la vaguada del Río Limón el 6 de septiembre de 1987; la devastadora vaguada de Vargas el 15 de diciembre de 1999, y los más recientes eventos sísmicos que reactivan las viejas alarmas.
Todos estos hechos nos dicen a gritos: Venezuela ha sido siempre, y es, una zona sísmica. No hay que construir en suelos inadecuados. Hay que tomar previsiones con los servicios. Y todavía el oriente del país está sin agua, antes del terremoto, porque ya venía otro proceso de destrucción, con las mismas causas: ineptitud, corrupción, desidia y, nuevamente, arbitrariedad y autoritarismo.
Lo grave no es la imprevisibilidad de la Tierra. Se sabe perfectamente cuáles son las zonas sísmicas del país; se conocen al detalle las medidas preventivas. El verdadero desastre son los gobiernos que hemos tenido. Este en particular. Y no me vengan con que politizo un tema “impolitizable”, puro y casto, de amor y paz. Por favor: estamos hablando de políticas públicas, de criterios para seleccionar los funcionarios, de planes a mediano y largo plazo, de cómo se han manejado presupuestos, de diseños arquitectónicos, de acción de las instituciones. Es la corrupción institucionalizada en el otorgamiento de permisos de construcción en suelos totalmente inapropiados y, sobre todo, la entronización de una ideología de la improvisación resumida en nuestro trágica filosofía de «como vaya viniendo, vamos viendo», ahora “enriquecido” con el “pragmatismo chavista” de Ameliach, remedo de Groucho Marx, el mismo que decía “tengo estos principios, pero los cambio si no le gusta”. Esta vez, dicho para adular al ahora padrino de la dictadura: Donald Trump.
Esta cultura de la mentira, del show reggaetonero del vampiro carabobeño, de simulacro y el descuido de la infraestructura física, es el reflejo exacto del desmoronamiento de nuestras instituciones. Hoy vivimos bajo el peso de crisis solapadas que amenazan la viabilidad misma de la nación.
Por un lado, enfrentamos una crisis terminal de legitimidad y credibilidad, dos conceptos que la ciencia política exige diferenciar claramente, agudizada tras el fraude electoral del 28 de julio de 2024. Asistimos a la violación constante y descarada de la Constitución y las leyes, en un contexto de crímenes de lesa humanidad documentados desde hace años.
Las instituciones y las Fuerzas Armadas han sido completamente dominadas por las lógicas de un Partido; las universidades, referentes de resistencia y pensamiento crítico, han sido sistemáticamente asfixiadas y destruidas, provocando una migración masiva que ha desangrado el capital intelectual del país.
Para colmo de males, el panorama geopolítico añade una capa de postración. Entre la amenaza y el fantasma de intervenciones armadas ilegales de potencias extranjeras (como EE. UU.) y la capitulación y subordinación real del régimen militar-burocrático al imperialismo trumpista, nos encontramos hoy en una condición de país ocupado, subordinado y colonial. Un auténtico trauma histórico para una sociedad que se fundó bajo la promesa de la independencia.
Ante este panorama, es cuando emerge el reverso de la frase de Bolívar. Si bien la naturaleza física no se dobla ante caprichos, la historia humana sí se construye mediante la determinación.
Poseemos esa resiliencia vital, esa fuerza de voluntad que conceptualizaron filósofos como Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, entendida no como una terquedad ciega, sino como una energía creadora y de autoafirmación, la cual debe ser matizada y conducida por el rigor de las ciencias sociales y de la naturaleza. No se trata de voluntarismo mágico, sino de una voluntad orientada por el conocimiento, una fuerza proactiva, no meramente reactiva.
El rescate de Venezuela no vendrá de la improvisación ni de mesianismos, sino de un esfuerzo colectivo estructurado.
El único camino viable para superar este trauma histórico es la configuración de un Gobierno de Unidad Nacional. Este consenso histórico debe apuntar a tres objetivos fundamentales:
*Avanzar en la reconstrucción integral del tejido social y de la infraestructura física dañada por años de desidia.
*Recuperar las instituciones de manera urgente, devolviendo el carácter técnico, meritocrático y apolítico a los entes de prevención y planificación urbana.
*Continuar el proceso de recuperar el CNE, el TSJ y demás instituciones a través de las negociaciones que ya se han iniciado
*Diseñar una perspectiva clara de elecciones transparentes que permita reactivar a plenitud, y de una vez por todas, la vigencia de la Constitución.
*Eso sí, Con Todos Los Venezolanos. Que venga la señora Machado. ¿Por qué no? ¿Por qué le temen? ¿cómo es que ahora dice que el gobierno de Delcy es el legítimo y “soberano” (qué chiste grosero de Trump)? Si se le acusa de pedir una presión internacional para recuperar la democracia, cómo ocultar que el presente gobierno es el instrumento de Trump, el producto de una capitulación y una subordinación, que ya entregó el petróleo y el oro y ahora se refugia bajo el ala protectora del Comando Sur de los EEUU.
Si la naturaleza de las tiranías y el deterioro parecen oponerse a nuestro futuro, responderemos con la fuerza organizada y racional de una sociedad decidida a reconstruir su destino.

