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Jesús Alberto Castillo: La reconstrucción de Venezuela

 

Es innegable que la reconstrucción de Venezuela implica un proceso multidimensional. No es para menos. El país, atravesado por una grave crisis social y económica, se encuentra ahora devastado emocional y materialmente tras la sacudida de dos terremotos al unísono, marcando un giro impredecible sobre el futuro nacional.

Dicho proceso no solo implica levantar viviendas, rehabilitar hospitales, escuelas y demás infraestructuras físicas. Tampoco se traduce en reactivar el aparato productivo, reinstitucionalizar el Estado, garantizar inversiones, recomponer el tejido social y reducir las vulnerabilidades urbanas a  futuro. Reconstruir a Venezuela lleva también asumir un compromiso ético de  producir un cambio político que genere mejores expectativas de vida para la población.

La reconstrucción de Venezuela debe ir de las palabras a la acción. Todas esas iniciativas de intervención en los sectores clave (nfraestructura, salud, economía, empleo, educación, modernización administrativa, ciencia y tecnología) serán posibles mediante un fuerte liderazgo que asuma el compromiso de unir al país e ir al encuentro de los actores sociales para reconfigurar un gobierno de transición y reconstrucción nacional.

En momentos tan dramáticos como el que vive nuestro país, con un gobierno indolente, incapaz e ilegítimo, resulta cuesta abajo emprender la urgente reconstrucción del país. La razón es muy sencilla: no existe la mínima confianza ni credibilidad en quienes hoy detentan el poder desde Miraflores.

Mientras la actual clase gobernante permanezca allí ningún organismo multilateral aportará fondos fiduciarios para emprender la reconstrucción integral de Venezuela, mucho menos los inversionistas extranjeros que perciben una alta tasa de riesgo pais y falta de seguridad jurídica, más allá de los esfuerzos emprendidos por la Casa Blanca de impulsar reformas legales en materia de minas e hidrocarburos.

Aunque nos guste o no, ningún empresario estará dispuesto a invertir su capital en un país donde no haya estabilidad política ni mucho menos confianza colectiva en los gobernantes. Así responde la racionalidad del empresario y es lógico que así sea. Nadie invierte para perder. Lo más idóneo que le puede pasar al país para su urgente reconstrucción es producir un cambio político con la unión y esfuerzo de los venezolanos.