Hemos insistido en diversos escritos que la peor indignación de un gobierno es jugar con el dolor ajeno. Aunque uno intente evadir el asunto político resulta imposible hacerlo ante las imágenes que circulan por las redes sobre la reciente tragedia que enluta al país.
Los que detentan el poder, una vez más, se burlan del pueblo afligido. No tienen el más mínimo pudor de actuar descaradamente frente al dolor humano. Solo les mueve el instinto de preservar el poder por los medios que sean necesarios.
Por eso intentan controlarlo todo y obstaculizar las nobles iniciativas de los ciudadanos en el rescate de personas atrapadas entre los escombros. Dejan que funcionarios de uniforme se conviertan en “aves de rapiña” con los despojo materiales de las víctimas. Es su actuación inmoral que colida con su juramento de resguardar y coordinar los operativos de búsqueda y salvamento.
No conforme con eso, las autoridades internas paraliza completamente al país, sumiéndolo en una especie de estupor permanente para desconectarlo de los urgentes problemas salariales, económicos y políticos. Así actúan ellos. Realizan experimentos sociales con la tragedia humana.
Afortunadamente, vemos a una ciudadanía que ha levantado su voz de rebeldía. Ha encarado con coraje a esos funcionarios que profanaron su juramento y el luto colectivo. Hay un grito de rebeldía, junto a la solidaridad desbordante, que se hace más fuerte y que seguro no olvidará el cinismo de los que hoy gobiernan por un halo de suerte desde la Casa Blanca.
La tragedia ha desnudado el caradurismo del clan gobernante. Con valientes acciones, los ciudadanos le han quitado las máscaras frente al polvo de los escombros. La gente está clara de lo que ha acontecido en La Guaira, la zona más devastada por los sismos. Las agujas del reloj siguen corriendo y pronto la burbuja de los “fariseos del poder” estallará. Estamos presenciando el fin del maleficio.