Aquí y Ahora, Venezuela.
Ha transcurrido casi un mes desde que el doble terremoto estremeció a Venezuela. Casi un mes desde que miles de familias vieron cómo, en cuestión de segundos, la vida les cambió para siempre. Desde entonces, el tiempo ha dejado de medirse en días y semanas; ahora se mide en ausencias, en incertidumbre y en la angustiosa espera de encontrar a quienes siguen bajo los escombros.
Detrás de cada cifra hay una historia. Hay un padre que no regresó a casa, una madre que aún espera noticias de su hijo, un niño que pregunta por quienes nunca volverán. Hay familias enteras que, aferradas a la esperanza, continúan removiendo piedras, concreto y polvo con sus propias manos, porque el amor siempre se resiste a rendirse.
En medio de esta tragedia, la solidaridad internacional ha sido un rayo de esperanza. Países amigos enviaron rescatistas, equipos especializados, ayuda humanitaria y personal dispuesto a colaborar con un pueblo golpeado por una de las mayores catástrofes de su historia. Ese gesto merece ser reconocido, porque demuestra que la solidaridad no conoce fronteras. Reuters (fuente).
Sin embargo, en los últimos días ha surgido un hecho que inevitablemente invita a la reflexión. El Gobierno venezolano anunció su disposición de brindar apoyo al Perú tras el terremoto que afectó a ese país. Como principio humanitario, toda ayuda a un pueblo que sufre debe ser bienvenida y celebrada. La solidaridad nunca debería cuestionarse cuando salva vidas. El Pitazo (fuente).
Pero para miles de venezolanos ese anuncio también genera una pregunta difícil de ignorar.
¿Cómo entender que exista capacidad para ofrecer cooperación internacional cuando todavía hay familias venezolanas que sienten que siguen esperando una respuesta suficiente frente a la tragedia que ellas mismas viven? ¿Cómo explicar ese contraste a quienes continúan buscando a sus seres queridos o intentando reconstruir lo poco que les quedó?
No se trata de competir entre tragedias. El dolor no tiene nacionalidad y cada vida humana merece el mismo valor. Se trata de recordar que la primera responsabilidad de cualquier gobierno es con su propia gente, especialmente cuando esa gente atraviesa el momento más doloroso de su historia reciente.
Hoy Venezuela no solo enfrenta los daños materiales que dejó el terremoto. También enfrenta una profunda fractura emocional. La confianza de un pueblo se construye cuando siente que no está solo, cuando percibe que sus instituciones responden con rapidez, sensibilidad y eficacia, y cuando quienes toman decisiones colocan a las víctimas en el centro de sus prioridades.
Los venezolanos hemos demostrado una y otra vez que sabemos levantarnos. Lo hacemos después de cada crisis, de cada pérdida y de cada obstáculo. Pero ningún pueblo debería acostumbrarse a sobrevivir únicamente gracias a la resiliencia de su gente.
Este terremoto no solo derrumbó edificios. También puso a prueba nuestra capacidad de actuar con humanidad, de responder con responsabilidad y de comprender que la solidaridad comienza en casa.
Ojalá que cuando esta tragedia sea recordada, no solo hablemos de los movimientos de la tierra, sino también de las decisiones que marcaron la diferencia entre aliviar el sufrimiento o dejar que el tiempo profundizara las heridas.
Porque Venezuela necesita reconstruir carreteras, hospitales y viviendas. Pero, por encima de todo, necesita reconstruir la confianza de un pueblo que merece sentir que, cuando más lo necesita, su país no le da la espalda.
¿Tú qué opinas?
@JannethTex

