Aquí y ahora, Venezuela.
Han transcurrido catorce días desde que Venezuela fue estremecida por un doble terremoto que cambió para siempre la vida de miles de familias. Y, aun en medio del dolor, continúa ocurriendo lo extraordinario: rescatistas y voluntarios siguen encontrando sobrevivientes entre los escombros. Cada vida recuperada nos recuerda que la esperanza se niega a desaparecer y que, cuando todo parece perdido, Dios aún manifiesta su benevolencia.
Pero esta tragedia también dejó al descubierto el verdadero rostro de nuestro país.
Vimos escenas que jamás debieron existir. Denuncias sobre inacción institucional, personas que intentaron convertir el sufrimiento en contenido para redes sociales, reportes de saqueos y robos contra víctimas que lo habían perdido todo, oportunistas que encontraron en el desastre una oportunidad para su propia miseria moral. Cuando la tierra se abrió, también quedaron expuestas las grietas éticas de una sociedad que durante años ha sido golpeada por la crisis.
Sin embargo, esas imágenes terminaron siendo eclipsadas por algo mucho más poderoso: la venezolanidad.
Miles de hombres y mujeres llegaron desde distintos rincones del país sin esperar órdenes ni recompensas. Llegaron con picos, palas, cuerdas y, muchas veces, únicamente con sus manos desnudas. Llegaron para buscar a desconocidos como si fueran sus propios familiares.
Entonces ocurrió la verdadera magia.
La solidaridad cruzó fronteras. Equipos internacionales de búsqueda y rescate respondieron al llamado y diversos países enviaron especialistas, personal humanitario, equipos y ayuda para acompañar al pueblo venezolano en una de sus horas más difíciles. Cada brigada extranjera fue recibida con abrazos, lágrimas y una gratitud inmensa.
También quedaron grabadas para siempre esas pequeñas historias que devolvieron la fe. La mujer rescatada que, al salir con vida, pidió una Coca-Cola. El hermano que, armado únicamente con un martillo y una determinación inquebrantable, logró rescatar a Adriana, convirtiéndose en símbolo del amor fraternal. Los ciudadanos que clamaban ayuda internacional y celebraban cada respuesta recibida. Familias que, aun teniendo poco, sacaron alimentos de sus despensas para compartirlos con los rescatistas nacionales y extranjeros.
Porque el venezolano podrá quedarse sin muchas cosas, pero difícilmente pierde la capacidad de compartir.
También merecen un reconocimiento quienes informaron en medio del caos. Periodistas venezolanos y corresponsales internacionales arriesgaron su seguridad para que el mundo conociera lo que estaba ocurriendo, documentando historias de dolor, esperanza y supervivencia que jamás deberán ser olvidadas.
No podemos dejar de recordar a quienes sufrieron una tragedia adicional. Entre ellos, los pasajeros del vuelo 164 de repatriación, cuyo regreso estuvo marcado por retrasos y circunstancias que impidieron que algunos alcanzaran a reencontrarse con sus seres queridos. Para varias familias, el tiempo se convirtió en un enemigo irreversible.
Pero ahora comienza otra etapa, quizá la más silenciosa y difícil.
Los refugios temporales. El duelo. El trauma psicológico. La incertidumbre. La adaptación a una vida completamente distinta. Haber perdido una casa es devastador; perder también la sensación de seguridad puede tomar años en reconstruirse.
Y mientras Venezuela intenta levantarse, tampoco puede ignorar que otros riesgos naturales, como las intensas lluvias, continúan amenazando a comunidades vulnerables. La reconstrucción no puede limitarse al concreto; también debe incluir prevención, planificación y protección para quienes hoy siguen expuestos.
La naturaleza puso a prueba nuestra condición humana. Sacó lo peor de quienes eligieron la mezquindad, pero también hizo visible lo mejor de millones de venezolanos. Y estoy convencida de que esos últimos son mayoría.
Nos levantaremos. Como tantas veces lo hemos hecho.
Las heridas seguirán doliendo por mucho tiempo, pero también dejarán lecciones. Ojalá la próxima generación aprenda que ningún país debe depositar su destino en figuras mesiánicas, sino en instituciones fuertes, ciudadanos responsables y una sociedad que entienda que la libertad, la solidaridad y la justicia deben caminar siempre juntas.
Mi deseo es sencillo, pero profundo: que estas sean las últimas lágrimas que tenga que derramar este maravilloso pueblo. Que algún día podamos recordar esta tragedia no solo por lo que perdimos, sino por la inmensa capacidad que tuvimos para volver a levantarnos.
Porque Venezuela aún respira.
Y mientras respire, siempre habrá esperanza.

