De las historias que uno se inventa, por no poder atrapar la vida y movimiento como transcurren. Una manera de darle sentido a nuestra existencia y justificarnos ante nosotros mismos; porque, lo que suele acontecer, lo que las multitudes ansían, pudiera ser contrario a lo que uno quiere. ¡Y bastante que lo es!
En esto incurre gente de todos lados o, como se dice, en una jerga muy arraigada, es práctica de todas las “ideologías e ideólogos”. El acontecer venezolano a partir del 3 de enero, dio un giro inesperado y se proyectó ahora aún más, con los terremotos del 24 próximo pasado. En el New York Times, una nota de ayer dijo que a Trump, en Venezuela, alguien le está estorbando, como estorban quienes se congregan en los espacios donde los rescatistas hacen su tarea. Por lo que estos mismos a aquellos, les dicen. “quítense que estorban”.
Machado pide volver a Venezuela, lo que habría irritado a funcionarios de EE. UU.
Y eso sucede porque, como hemos dicho de manera reiterada, nada mejor puede buscar y esperar Trump, para los fines que representa y lidera, que el cuadro que ahora se pinta en Venezuela. No es que haya descartado o desechado a esa lideresa y su gente, sino que, por ahora, no les hace falta y sus intentos de aparecer en el medio, como la gente que, sólo busca mirar el accionar de los rescatistas en las ruinas dejadas por el terremoto, estorban. Y como cité arriba, eso dijo el diario estadounidense, haciéndose portavoz de voceros del gobierno de Trump.
Y es que, la señora MCM y sus seguidores, se niegan a aceptar la realidad, porque esta, se mostró, de repente, diferente como ellos la habían imaginado y deseado. Por esto mismo, comparto el cuento que sigue, sobre quienes quieren que el mundo marche como lo demandan sus deseos y hasta viéndolo transcurrir de otra manera, se niegan a aceptarlo. Eso no es deseo nuestro o una manifestación en contra o favor de alguien, sino lo que emana de la realidad.
Es habitual en todos los seres humanos y más entre políticos, hacer de sus deseos normas procedimentales y hasta leyes. Y este errar, por dejarse llevar por lo emocional, los sueños y deseos, es inherente a todos, los de un lado u otro.
Como muestra de ello, narro lo que sigue acerca del proceder de los míos.
Esta historia, es la de mi amigo que, invitaba a sus oyentes le acompañasen al cielo, sin percatarse para nada de la realidad y calamidades de quienes le escuchaban, ni siquiera la suya y, menos, sin ponerse de acuerdo cómo sería ese cielo y los caminos a transitar, tristemente, también es verdadera. Pero esta, es la misma de ahora. La de no saber por qué luchamos. Tampoco exactamente contra quién y menos hemos podido identificar con exactitud al lado de quién deberíamos estar.
No sabemos hacia dónde vamos, cómo y menos, con quién debemos ir, Hablamos de “nosotros”, un espacio o “cuerda”, ignorando que hay otros y otras, mucho más grandes que, en lo inmediato, tienen los mismos propósitos y demandas. Pero a ellos les excluimos o nosotros nos autoexcluimos y convertimos en contrarios a quienes, hasta siendo mayoría que nosotros, buscan lo mismo. Por eso, no entender mucho o nada, seguimos en la idea que, para luchar ante lo inmediato, sólo hay que unirnos nosotros, siendo demasiado pocos, con respecto a lo que buscamos, a la multitud que busca en lo inmediato lo mismo y es posible alcanzar; evaluamos con demasiada rigidez, hasta descuido y excesivo sectarismo; y por ello, nos distanciamos de todo un inmenso universo en el cual tenemos cabida. Una multitud que, en lo inmediato y hasta más allá, busca lo mismo que nosotros. Hacemos de ellos enemigos inventados por la soberbia y la fantasía que sustituyen lo racional.
El primero de esos cuentos lo repongo ahora y repondré tantas veces como sea necesario. Y con el segundo, haré igual; porque hay un empeño en discutir sobre el más allá. Algo así, como qué haremos cuando lleguemos al cielo o al infierno, después de la muerte, estando vivos, en una vida que, demanda de nosotros, hacer las cosas que ella determina.
El interés nuestro, parece ser que sea el cielo el destino nuestro. Pero el cielo está en la tierra y en la vida; y cada quien, cada grupo tiene sus sueños. Hay mucho por ver y ponderar y, sobre todo, que ese cielo sea el de muchos o de todos, por lo que hay compartir ideas, tomar las medidas exactas para que todos tengamos cabida, buscar los encuentros necesarios para poder compartir los espacios de todos. Si eso no hacemos, entonces, por nuestra propia decisión, pues si eso no es posible, el cielo que anhelamos, no existe. Se trata de entender, un poco, como dijo Neruda, hablando de Bolívar:
Por eso hay una ronda de manos junto a ti.
Junto a mi mano hay otra y otra junto a ella,
y otra más, hasta el fondo del continente oscuro.
Y otra mano que tú no conociste entonces
viene también, Bolívar a estrechar la tuya.
Poco interés prestamos a la vida. A lo inmediato, cotidiano. Pues eso hacer, es mal evaluado. Como que preocuparse que, ahora los salarios sean deprimentes y hasta como una referencia entre el capitalismo y la esclavitud o que el agua potable comience a dejar de fluir por los tubos, es desviar el camino al cielo y abandonar el discutir como ya dije, la forma de vivir en el más allá. Según creen algunos ilusos, hacer las vías, la carreteras para conectar los pueblos, los medios para comunicarse adecuadamente, los puentes para atravesar los ríos, las escuelas donde el niño comience a pensar y formar conocimiento, no es prioritario. Pues, según ellos, al cielo se llega dando un salto y sin comer, pese aquello verdadero de Brecht, “lo primero es el comer” y como hizo decir Cervantes a Don Quijote, en un momento de cordura, “Sancho, vayamos a comer, pues para tener el dominio de las armas, es necesario tenerlo de las tripas”.
Y también prevalece aquello de, hay que desligarse, distanciarse de todo aquel que de uno discrepe, en lo de cómo llegar al cielo y las características de este, porque sólo eso les convierte en enemigos. Son de otra religión y de un cielo diferente. El modo de concebir el cielo y el cómo llegar a él, es asunto de pocos y no de la humanidad toda.
De nada vale que, millones de seres humanos, estén de acuerdo en lograr unas metas que les favorecen y por estar de acuerdo y lo saludable de ellas se hacen realizables, porque a los seres pensantes de lo abstracto, lo estratégico y más preocupados por el cielo que la tierra, esos que llaman dirigencia y hasta vanguardia, aquellas cosas les parecen minucias.
El viejo compañero, una vez daba un discurso en un barrio de Pto. La Cruz, donde la pobreza estaba por demás acumulada. Contó él mismo que, hablaba a una buena cantidad de gente, en un acto de campaña electoral. Les habló del cielo, del bienestar, del futuro, de los ángeles que asumen el control o el manejo de todos y todo, de la pureza que allí encontrarían y se sintió al final lleno de felicidad, como si hubiese logrado el milagro que, mientras hablaba, con todos ellos, ascendía a los predios del señor.
Al regresar de aquel acto, pensó un instante, todavía con la alegría que le embargaba, mientras se halló rodeado de nosotros, sus amigos y compañeros y de repente, nos habló a todos y dijo:
“Creo que debemos revisarnos. Vengo de una reunión donde a mis oyentes hablé del cielo, de una nueva vida y hasta de la isla de Jauja. Ellos se limitaron a escucharme, con la misma actitud de los creyentes en los templos y, al final, no percibí alegría ni entusiasmo. No hubo aplausos, ni acercamientos de gente triste y agobiada. Mientras creí que, mientras hablaba, era escuchado por aquella gente que no levantaba su mirada dirigida a mis pies. Pensé, de aquella actitud, que quienes me escuchaban atentos, digerían cada una de mis palabras y razones. Los vi como subir conmigo al cielo. Estaban dispuestos a seguirme”.
“Ahora, al llegar aquí y sentarme en este banco, he sentido mis pies húmedos. Mis medias empapadas de agua y mis zapatos mojados y sucios. Siento que un nauseabundo olor a estiércol se desprende de mi cuerpo todo; ese mismo que me entró por los pies. Y, es ahora, cuando me he enterado que, mientras hablada a aquella gente, que se mantuvo de mi alejada, sin atreverse a dar un paso al frente con la cabeza baja y la mirada dirigida a mis pies, que yo entendí como la actitud de los fieles en el templo y ante el sumo sacerdote y también de los soldados formados en fila frente al comandante que le arenga al combate, las aguas, provenientes de las cloacas rebosadas del barrio, habían llegado hasta mis tobillos”.
Pero ahora, en mi vejez o mejor ancianidad, pasado tantos años, me angustia sigamos con el mismo cuento de mi amigo.

