El auge de la crianza positiva ha provocado una fuerte controversia después de que una psicóloga defendió el regreso a una disciplina más estricta.
No hace falta pasar mucho tiempo con Caroline Goldman, la psicóloga más polémica de Francia, para que saque a relucir su tema favorito: los niños que se portan mal. Los niños simplemente ya no se contienen, me dijo cuando nos reunimos esta primavera. Si quieren tirarse un pedo, se lo tiran; si quieren eructar, eructan; si tienen ganas de pisar al vecino, lo pisan.
Ella y yo habíamos estado hablando del clamor generalizado que se desató este año después de que la compañía ferroviaria nacional francesa anunciara un compartimento especial sin niños en clase ejecutiva para garantizar la máxima comodidad. Goldman, que tiene un doctorado en psicopatología clínica y aparece regularmente en los medios franceses, declaró al periódico francés Le Figaro que la norma era comprensible. El aumento de los espacios sin niños en Francia, dijo, era una consecuencia directa de un estilo de crianza que se había vuelto demasiado permisivo. Creamos niños que resultan insoportables para los demás y luego nos sorprende ver surgir toda una economía organizada en torno a su exclusión.
Antes, los padres franceses se enorgullecían de no dejar que los niños interfirieran en sus vidas. Un estudio sobre el tiempo que los padres de diez países diferentes dedicaban al cuidado de los hijos reveló que Francia era el único país que había registrado un descenso neto entre 1965 y 2012. Como me lo explicó el sociólogo Romain Delès: Cuando acabas de tener un bebé, lo primero que quieres es que esos tres primeros meses pasen volando para que el bebé pueda ir a la guardería y tú puedas recuperar tu vida previa. Esa es una forma de pensar muy francesa.
Este estilo de crianza más distanciado fue en su día un modelo a seguir para los estadounidenses. Miraban con envidia una cultura que promovía dar un paso atrás antes que apresurarse a satisfacer las necesidades del niño, que apostaba por el cuidado infantil a partir de los dos meses y medio y que hacía hincapié en menús de guardería que enseñaban a los niños a comer comidas de tres platos como los adultos, gran parte de ello subvencionado por el Estado. Tanto fue así que un libro escrito por una estadounidense afincada en París, Cómo ser una mamá cruasán, que detallaba cómo los franceses criaban a sus hijos —que no solo comían y dormían a horas fijas, sino que también saludaban con educación a los invitados de sus padres—, se convirtió en un éxito de ventas en 2012 y se adquirieron los derechos para hacer una película protagonizada por Anne Hathaway.
Tal despreocupación parece ahora cosa del pasado. En los últimos diez años se ha producido una transformación radical en los hábitos de crianza franceses y, según Goldman, la culpa la tiene una importación estadounidense: la crianza positiva, también llamada crianza respetuosa. Sostiene que, con su énfasis en la toma de decisiones compartida y en dar prioridad a las emociones infantiles, esa crianza ha llevado a toda una generación de niños por el mal camino. Todo el mundo habla de que los niños se están volviendo más rebeldes y dice que trabajar con ellos se ha vuelto extremadamente difícil, declaró a Le Figaro. Ya no reconozco la estructura psicológica de los niños. La impulsividad está por todas partes.
Este cambio ha avivado un debate muy acalorado sobre hasta qué punto la sociedad debería organizarse en torno a los niños. Por un lado están los expertos en crianza positiva; por el otro, Goldman y sus aliados. Hay artículos que se burlan de la crianza respetuosa, mientras que los pódcast y las publicaciones en redes sociales advierten que castigar a los niños significa predisponerlos a la inestabilidad emocional. Cada bando cuenta con el respaldo de grandes grupos de profesionales. En 2022, Goldman y 355 expertos en primera infancia firmaron una carta abierta en Le Figaro en la que afirmaban que la educación positiva estaba perjudicando a los niños, que habían sido abandonados por adultos con una actitud exclusivamente empática. Cinco meses después, otros 280 expertos en primera infancia firmaron otra carta, esta vez en Le Monde, en la que denunciaban a Goldman por ser represiva y perjudicial para el desarrollo infantil.
La raíz de este desacuerdo radica en que Goldman defiende a ultranza el antiguo método del tiempo de reflexión o tiempo fuera: mandar al niño a su habitación para que se calme. Ha alabado las virtudes de este enfoque en su pódcast y en la radio nacional francesa, donde presentó un programa en 2023 en el que impartió breves charlas sobre temas como el acoso escolar o la naturaleza del sufrimiento. Se ha vuelto tan omnipresente que, cuando concedió una entrevista a Le Monde en 2023, la vieron rápidamente 2,3 millones de personas (aproximadamente la población de París), una cifra que superó con creces a cualquier otra publicación de ese sitio web.
Los defensores de la educación positiva acusan a Goldman de crear una cultura del miedo. Están tan preocupados por sus métodos que han decidido contrarrestarlos oficialmente. Cuando un comité elaboró el año pasado un nuevo documento para los profesionales del cuidado infantil titulado Normas nacionales para el cuidado de la primera infancia, incluyeron una cláusula que decía: Cuando un niño no respeta las normas, los límites o las prohibiciones, el castigo (como las palabras despectivas, los tiempos de reflexión o el aislamiento) está prohibido por ley; es contraproducente y perjudicial para el niño. Según un experto, esta directriz se elaboró específicamente para Goldman con el fin de ayudar a calmar un poco las cosas, y tiene fuerza de ley.
Goldman afirma que sus críticos narcisistas están aprovechando su protagonismo mediático para llamar la atención sobre lo que ella considera métodos científicamente cuestionables, incluso ridículos, que le gusta analizar en publicaciones de Instagram que suele subir entre las 2 y las 3 a. m. En 2024, dos de sus detractores más destacados, como ella los ha llamado, la demandaron por tacharlos de delirantes y desconectados de la realidad, y por cuestionar sus credenciales. Fue una táctica de intimidación clásica, me dijo Goldman. (Al final retiraron la demanda.)
La psicóloga francesa Caroline Goldman, cuya defensa de los tiempos de reflexión estrictos ha dividido a los expertos y ha generado confusión entre los padres.
No es que esté en contra de animar a los niños, dice Goldman. Pero el problema hoy en día no es que haya muy pocas palabras de ánimo, sino que hay demasiadas. No le ve sentido a perder el tiempo explicando a los padres quienes se dejan mandar por sus hijos, porque no les ponen límites, que tienen que usar el refuerzo positivo. El interminable tira y afloja que conlleva la crianza positiva, tal y como se practica en Francia, solo puede llevar a la decepción y al agotamiento. En una conversación conmigo, se refirió a padres que han acudido a terapia y decían: Ya no me reconozco; he caído en la violencia. Si los padres pierden el control —y acaban gritando o pegando a sus hijos—, la culpa recae en gran medida en las nuevas escuelas de crianza. Si alguien te pide que hagas algo completamente de locos, eso te va a volver loco.
En el imaginario estadounidense, los franceses habían resuelto uno de los enigmas más complicados de la vida adulta: cómo tener hijos sin perder tu identidad, tu carrera y tu entusiasmo. La clásica fantasía de los padres franceses como dos adultos que charlan con una copa de vino mientras sus hijos, bien vestidos, se divierten en otro sitio, nunca ha estado muy lejos de la realidad. Es poco probable que veas a bebés que sorban bolsitas de comida en sus cochecitos o a niños que miren videos en sus iPads en un restaurante con estrella Michelin. El popular libro infantil ¡Eso no está permitido! no tiene historia ni personaje principal, solo todas las normas que debe seguir un niño pequeño, como no tomar los anteojos de su padre ni salpicar agua fuera de la bañera. Las directrices oficiales de Francia para dar la bienvenida a un nuevo hijo hacen hincapié en la importancia de preservar la intimidad de los padres. Papa ou Maman, un éxito de taquilla de 2015, contaba la historia de una pareja que, al divorciarse, lucha por no quedarse con la custodia de sus hijos para poder cumplir sus sueños profesionales.
Al mismo tiempo, la cultura francesa siempre ha concedido una enorme importancia a lo que ocurre en los primeros momentos de la vida, me comentó el sociólogo francés Claude Martin. El adulto responsable del cuidado del niño debe ser consciente de que gran parte de lo que hace moldea psicológicamente al niño. Gran parte de esos consejos provienen de psicoterapeutas y psicoanalistas, que a menudo han desempeñado un papel muy público en la cultura francesa. En la década de 1970, Françoise Dolto, psicoanalista y amiga de Jacques Lacan que tenía un popular programa de radio sobre crianza, empezó a promover la idea revolucionaria de que los niños eran personas por derecho propio. Abogaba por hablar con ellos y escucharlos. Tratar al niño como una persona capaz de comprender —algo que por entonces aún era una idea nueva— era fundamental para desarrollar su salud psicológica.
Pero, aunque la cultura de la crianza empezó a cambiar, seguía arraigada en la herencia católica y regida por normas que tenía el país. La propia Dolto enfatizaba la familia nuclear y los roles de género fijos. El castigo físico a los niños se prohibió en Francia recién en 2019, con una nueva enmienda que prohibía la violencia física o psicológica bajo cualquier circunstancia. Todavía en 2024, una encuesta a 1.007 padres reveló que el 60 por ciento creía que esta ley era una intromisión del Estado francés en asuntos privados.
La crianza positiva empezó a filtrarse a Francia desde Estados Unidos a través de programas de formación profesional en la década de 1990, me contó Martin. A medida que esta práctica cruzaba el Atlántico, Isabelle Filliozat, que se define a sí misma como una figura destacada del movimiento en Francia, mandó traducir unos 15 libros del inglés para ayudar a los padres franceses a escuchar más atentamente a sus hijos. Filliozat, que tiene una trayectoria muy variada, cuenta que los terapeutas franceses la acusaban de ser demasiado estadounidense. Había estudiado psicoterapia, pero se sintió atraída por las nuevas tendencias de las que oía hablar en el mundo angloparlante, me dijo. Se formó en análisis transaccional, una corriente que se aleja de la teoría psicoanalítica y que hace hincapié en las interacciones sociales; estudió trabajo corporal y programación neurolingüística, un enfoque de la comunicación y la terapia que algunos consideran una pseudociencia. En 2006, empezó a impartir cursos en lo que ella llamó la Escuela de Inteligencia Relacional y Emocional —que ahora forma parte del Instituto Filliozat— sobre inteligencia emocional y comunicación empática.
Aunque en Francia nunca ha habido una obra al estilo Cómo ser mamá al estilo estadounidense, Filliozat ha escrito más de 50 libros, uno de los cuales vendió medio millón de ejemplares. Como vicepresidenta de Los Primeros Mil Días, el comité oficial francés de orientación sobre la crianza de niños menores de 3 años, el gobierno la consulta habitualmente sobre salud infantil. Francia va avanzando poco a poco, dice Filliozat, pero es un barco enorme y, como ya sabes, toma su tiempo darle la vuelta.
Filliozat cuenta que se inspiró en parte en sus propios padres, que crecieron en hogares abusivos, para transmitir empatía y respeto a los padres franceses. Ofrece consejos en múltiples pódcast y programas de YouTube que atraen a miles de oyentes, deseosos de recibir orientación sobre cómo lidiar con niños que tienen rabietas en el supermercado o que se niegan a quitarse el pijama para ir al colegio. Es fácil reconocer a los padres que siguen su estilo de consejos: abrazan a un niño que grita (una herramienta mágica, dice ella) o formulan cada sugerencia de forma positiva: ¡Dejemos el gorro puesto!.
Gran parte de lo que propone Filliozat les resultará familiar a los padres estadounidenses: sea cual sea la situación, Filliozat se centra inmediatamente en lo que el niño debe estar sintiendo. Cuando le preguntaron en un programa de entrevistas sobre un niño de dos años que le daba golpes a su madre mientras ella intentaba cambiarle el pañal, le aconsejó a la madre que le dijera al niño: ¡Basta!. Pero luego dijo que, en lugar de decirle al niño que no pegara, era importante identificar qué había hecho la madre que, de forma involuntaria o no, había fomentado ese comportamiento. A los niños no les gusta estar acostados mientras les cambian el pañal, continuó. Que te cambien el pañal es una situación de falta de poder. La madre puede involucrar al niño en el proceso para que recupere una sensación de autonomía.
Algunos de los consejos de Filliozat parecen un poco más inusuales. Goldman me recomendó un pódcast francés sobre crianza en Instagram. Para animar a un adolescente que no quiere ducharse, sugirió pasar por el pasillo y limitarte a decir la palabra ducha, con la esperanza de que la idea se le quedara grabada en la mente sin que lo percibiera como una imposición. Un marido que no quiera practicar la crianza positiva probablemente haya sufrido algún trauma él mismo, afirmó. En tono de broma, sugirió un beso con lengua para liberar oxitocina y calmarlo. (Lo demostró ante la cámara.) Si aguanto 10 segundos con la lengua, ya verás, se calmará. Los presentadores parecían receptivos a las ideas de Filliozat. Goldman respondió al video con 27 comentarios críticos diferentes.
Goldman tiene 50 años, una abundante melena de cabello castaño rizado y una seguridad en sí misma que quizá proviene de su cercanía de la fama (su padre es Jean-Jacques Goldman, una de las estrellas del pop más famosas de Francia). Durante la mayor parte de su carrera, trabajó discretamente en una consulta privada en Montrouge, al sur de París. Pero recientemente, ella y sus colegas empezaron a observar una explosión de problemas de comportamiento entre nuestros pequeños pacientes, a menudo relacionados con una pérdida de la autoridad parental: golpes o incapacidad para quedarse quietos durante una comida.
Los padres, imbuidos de la crianza positiva, se han vuelto reacios a castigar a sus hijos, por miedo a causarles un daño psicológico irreversible. Las consecuencias, dice ella, han sido alarmantes. Algunos niños, escribió en un manual de 2019 para terapeutas titulado Establecer límites educativos, no han sufrido ningún tipo de trauma, tienen excelentes relaciones familiares, pero piden a gritos límites educativos, a veces de formas muy ruidosas, a través de cosas como la hiperactividad y el mal comportamiento.
Al explicar sin cesar cada norma, los padres se olvidaron de que se supone que deben ser figuras de autoridad. La buena crianza, dice ella, es como un gran caldero, calentado por el amor, que permite al niño crecer en un entorno definido por normas y límites. A menudo pide a sus pacientes que hagan dibujos de sus familias, y observa con consternación si todos están dibujados del mismo tamaño, lo que suele ser una señal de que una autoridad parental está en declive. Los padres deberían mirar a sus hijos como una jirafa miraría a una hormiga, ha escrito. Cuando se aplican las normas adecuadas, el padre observa desde arriba y lleva a cabo con calma, pero con firmeza, la labor sensata de la contención.
Goldman sigue muy influenciada por el psicoanálisis. Admira a Freud y a D. W. Winnicott, conocido sobre todo por su concepto de la madre lo suficientemente buena. Sus descripciones de la vida familiar suelen presentar a la madre como fuente de amor y al padre como fuente de autoridad. Pero su atractivo radica en gran medida en el carácter decisivo de sus consejos. Le gusta dar a los padres una hoja de ruta que enumera posibles situaciones y las mejores respuestas. Si voy al cardiólogo, no quiero que me diga simplemente: ‘Bueno, haz lo que quieras’. ¿Puedo salir a correr o no debería? ¿A qué hora? ¿Cuánto tiempo? ¿A qué ritmo?. A veces también da prioridad a las necesidades de los padres. Dejar a tu hijo delante de la tele una hora y media al día no está tan mal, escribe, si eso permite a los padres agotados recuperarse. Todo el mundo tiene derecho a querer un poco de paz y tranquilidad durante parte de la noche.
Creo que dije ‘no’ más veces de las que dije sus nombres. Hay que criarlos bien; Es parte del trabajo.
Para Goldman, al final todo se reduce al tiempo de reflexión, que, si un niño no hace caso, aconseja, puede curarlo en dos o tres sesiones. (Señala que un niño que se porta mal puede tener otros problemas subyacentes, pero no aclara cómo identificarlos). Encontrarse sistemáticamente aislado tras una puerta cerrada tras haber desobedecido condicionará al niño a asociar esas dos acciones (transgresión/aislamiento), escribió en su libro de 2020 ¡Vete a tu habitación! Además, eso permite que tanto el niño como los padres se calmen. Ella misma ha utilizado esta técnica con sus cuatro hijos. Creo que dije ‘no’ más veces de las que dije sus nombres, me contó. Hay que criarlos bien; es parte del trabajo.
En ¡Vete a tu habitación!, Goldman enumera comportamientos que deberían prohibirse a partir del primer año de vida. Entre ellos están quejarse y hacer demasiado ruido. Un niño de un año podría necesitar un tiempo de reflexión si está tirando platos y cucharas desde la trona, jugando con los botones de la cocina, tirando del mantel, robando el mando a distancia o abriendo la nevera. Este castigo no necesita negociación, discusión ni justificación. Si un niño protesta o intenta salir de la habitación, eso es motivo para un castigo adicional. Te acabas de ganar 20 minutos más en tu habitación.
Goldman promete que el método del tiempo de reflexión creará niños agradables y que se porten bien. Tal y como describe en ¡Vete a tu habitación!, la hora de la cena puede convertirse en una reunión educativa fundamental para el niño. Al aprender a sentarse correctamente, a decir por favor y gracias, y a escuchar a los demás, el niño estará preparado para la vida social.
Una de las niñas que describe es Héloïse, de 7 años, que rechaza de mala manera todo lo que su madre le da para cenar. Siguiendo el consejo de Goldman, su madre empieza a mandarla fuera de la mesa para que se quede un rato cada vez que se queja, diciéndole lo que debería decir en su lugar. (Gracias, maman, pero no tengo mucha hambre, por favor, dame solo un poquito).
Un día, la familia come y todos se dan cuenta en silencio de que el plato es un desastre. Héloïse se atreve a decir: Maman, ¡tu lasaña tiene un regusto a pescado muy curioso!.
Su método, dice, es infalible. Si las sanciones empiezan en el nivel 1, al llegar al 2 el niño o la niña suele portarse bien. Al llegar al 3, ya ha dejado de transgredir las normas y llegará al jardín de infantes listo para vivir según las normas de la sociedad.
Filliozat y terapeutas afines dicen que Goldman es citada con tanta frecuencia que, aunque UNICEF promueve prácticas de crianza positivas, a menudo reciben preguntas de padres que se preguntan si está bien usar los métodos de Goldman en su lugar. Para ellos, la respuesta es claramente no: el tiempo de reflexión es una forma de violencia psicológica, y Goldman no hace más que animar a los padres a maltratar a sus hijos.
Pierre Vesperini, un estudioso de la filosofía que recientemente ha escrito un libro en el que critica a Goldman, crió a su hijo siguiendo los métodos de Filliozat. Para él, el trabajo de Filliozat fue algo así como la revolución copernicana. No fue hasta que leyó la entrevista con Goldman en Le Monde que se dio cuenta de que él pertenecía a una minoría muy, muy pequeña. Le llamó la atención que Goldman describiera a un niño como una hormiga, ni siquiera como una cría de jirafa. Decidió intervenir centrando su investigación en los derechos de los niños. Los métodos de Goldman, me dijo, reflejan un autoritarismo francés que proviene en parte de la herencia napoleónica del país. Los padres están ahí para hacer cumplir la ley, dice Vesperini: no quieren educar a los niños; quieren adiestrarlos como se haría con un animal.
Filliozat me dijo que Goldman está exagerando con respecto a la crianza positiva porque no entiende de qué se trata realmente. La crianza positiva, dijo, no es cuestión de ser permisivo, sino de hablar con los niños pequeños de una forma que les permita entender. Para Filliozat, es muy difícil educar a un niño diciéndole que no. Decirle que no a un niño menor de 3 años, explica, solo activará su respuesta al estrés. Poco a poco, acabarán haciendo exactamente lo que el padre o la madre les acaba de prohibir. Si ahora mismo te digo: ‘No te imagines una cebra corriendo por la sabana’, ¿qué acabas de hacer? Te has imaginado la cebra. Para un niño, dice, esa reacción es aún más probable. Cuando le dices a un niño: ‘No, no toques ese armario’, es como si le hubieras dicho: ‘¡Toca el armario!’.
Catherine Gueguen, una pediatra que también se enfrenta regularmente a Goldman en los medios, dice que el buen comportamiento se consigue explicando las normas con detalle, no imponiendo castigos. Ser padre requiere mucha paciencia, me dijo. Tienes que repetir las cosas una y otra vez. Sus padres nunca la castigaron a ella ni a sus cinco hermanos, cuenta, y ella tampoco ha castigado nunca a sus hijos. Cuando sus nietos se quedan a dormir en vacaciones, establecen las normas juntos. Y cuando alguno hace algo mal, ella le recuerda: ¿Te acuerdas de lo que dijimos?. Gueguen, que se unió a Filliozat para demandar a Goldman por difamación, dice que los ataques de Goldman surgieron de la nada. Con la crianza positiva, obviamente hay límites y normas: Queríamos que dejara de decir tonterías sobre nosotras.
El problema no son los niños, según Filliozat; es cómo la sociedad los apoya a ellos y a sus padres. Los padres de hoy se enfrentan a retos que las generaciones anteriores no tuvieron: a menudo están lejos de la familia extendida y se ven abrumados por una cantidad enorme de consejos contradictorios sobre la crianza. Los niños también son diferentes, señala. Hay un aumento de la neurodivergencia, y ella cree que el tiempo frente a las pantallas y los alimentos ultraprocesados pueden aumentar la hiperactividad infantil.
Aunque Goldman suele afirmar que el tiempo de reflexión es una herramienta de crianza ampliamente reconocida, su tiempo de reflexión no se parece en nada al que se utiliza en la investigación científica, en absoluto, me dijo Héloïse Junier, una psicóloga y colaboradora cercana de Filliozat. Es una forma de castigo, un aislamiento prolongado y punitivo que, en nuestra opinión —al menos entre los científicos y para muchos de nosotros— constituye un abuso psicológico; no solo es innecesario, sino que además es contraproducente. Me contó que los padres que acuden a su consulta suelen llegar desorientados, confundidos por el debate en los medios franceses y las sugerencias de Goldman. En cuanto se recurre a la investigación científica, ya no hay debate.
Incluso uno de los expertos que Goldman cita no está de acuerdo con ella. Alan Kazdin, profesor emérito de Yale al que Goldman menciona como fuente de algunas de sus ideas sobre los tiempos de reflexión, afirma que la ciencia solo justifica un periodo muy breve de separación, y no al menos 30 minutos, como sugiere Goldman para un niño mayor de 4 años. Cualquier tipo de castigo, incluido el tiempo de reflexión, no es una forma eficaz de cambiar el comportamiento, afirma.
Junier señala que hay otro problema con el enfoque de Goldman: sencillamente no se ha puesto al día. La educación positiva en Francia —algunos terapeutas prefieren los términos educación benevolente o democrática— se basa en la psicología del desarrollo, la neurociencia y la teoría del apego, que se centra en la relación entre los niños y sus cuidadores durante la primera infancia. Goldman, por el contrario, sigue firmemente arraigada en el psicoanálisis y en los patrones familiares que este identifica. En Francia, el psicoanálisis es casi una religión, me dijo Junier. Muchas formas de enfermedad mental, dice, siguen tratándose a través del prisma de las ideas freudianas. Ella cree que parte de la razón por la que Goldman tiene tantos seguidores es que a los psicoanalistas les preocupa que su credibilidad esté decayendo.
En 2023, Goldman dio una serie de charlas en France Inter, una emisora de radio pública, muchas de las cuales rechazaban los conocimientos científicos consolidados sobre la salud mental infantil. La depresión, dijo, se debía a la falta de amor; el diagnóstico de TDAH favorecía a las grandes farmacéuticas; la disforia de género se debía a la vergüenza. (Los trastornos mentales, ha insistido, suelen estar provocados por el comportamiento de los padres). Las entrevistas alarmaron a muchos oyentes y expertos. Dos profesionales de la salud mental respondieron con un artículo de opinión en la revista semanal Le Nouvel Obs titulado: La salud mental se merece algo mejor que el programa de radio de verano de Caroline Goldman.
Ya no reconozco la estructura psicológica de los niños, dice Goldman. La impulsividad está por todas partes.
¿Dónde deja todo esto a los padres? Si los debates sobre la crianza positiva tienen un grupo de perdedores claramente identificable, son los padres, como han señalado algunos medios franceses. El incesante torrente de consejos que acompaña la llegada de cualquier nuevo hijo se ha vuelto solo más intenso y confuso. Da igual qué decisiones tomen, los padres tienen un sinfín de razones para sentir que están decepcionando a alguien, sobre todo a sus propios hijos. Siempre podrían haberlo hecho mejor, haber sido más firmes, más amables, haber dicho que no, haber dicho que sí.
En los últimos años, el número de personas que se convierten en padres en Francia ha caído en picado. En 2025, el número total de muertes superó al de nacimientos por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. El presidente Emmanuel Macron ha hablado de la necesidad de un rearmamento demográfico para mantener la procreación. Al mismo tiempo, la red de apoyo a los padres ha empezado a tambalearse. Los recortes en los programas gubernamentales han transformado la educación infantil temprana y la atención a las madres en Francia. Se han cerrado salas de maternidad; las guarderías tienen falta de personal.
Para algunos que observan el debate sobre la crianza positiva desde fuera, estas cuestiones más amplias han agudizado la virulencia del intercambio. Como ha señalado Martin, el sociólogo, cuando los sistemas de apoyo se deterioran, se tiende a culpar a los padres. También hay obstáculos culturales. Por mucho que Francia se incline hacia la crianza positiva, la línea entre el mundo de los adultos y el de los niños está mucho más claramente delimitada allí que en Estados Unidos. Delès, el sociólogo, me contó que en Francia se le da tan poco valor social a la paternidad o maternidad que los padres franceses han llegado a sufrir lo que él llama pesimismo parental, pues se esfuerzan por fingir que sus hijos no han cambiado sus vidas. En un artículo de investigación, Delès compara Francia con Suecia, donde una mayor igualdad de género y una mayor apertura hacia los niños en los espacios públicos hacen que padres e hijos puedan convivir más fácilmente. El 4 por ciento de los padres suecos dice que sus hijos limitan su libertad, me contó Delès. En Francia, la cifra era del 38 por ciento.
Para quienes ven la crianza positiva como una serie interminable de exigencias, los tiempos de reflexión de Goldman prometen una forma de recuperar sus vidas. La crianza deja de ser una práctica que hay que reinventar para convertirse en una tarea que se puede dominar. Niños que se portan bien: éxito. Niños ruidosos: fracaso. Hay algo hipnótico en la sencillez de su visión del mundo. Durante la conversación, saqué a colación las otras presiones a las que se enfrentan los padres: la falta de recursos, la ansiedad por el futuro, las dificultades de compaginar trabajos cada vez más exigentes con el cuidado de alguien a quien deben proteger. Ella siempre volvía a centrar la conversación en el niño que se porta mal. Los problemas más graves, por lo general, se podían reducir a cuestiones de crianza que, según ella, eran muy básicas, de sentido común o que no son ciencia compleja.
Al cabo de un rato, me pregunté si su método no sería una forma de pensamiento ilusorio: el tiempo de reflexión como solución a la desigualdad, el tiempo de reflexión como solución a la falta de tiempo. Si pudiera resolver tanto, ¿quién no querría promover una respuesta tan sencilla? Al fin y al cabo, como ella misma me dijo, todos los padres quieren lo mejor para sus hijos.
Madeleine Schwartz es la editora jefe de The Dial. Junto con el equipo de The Dial, es la editora de How We See It: The World Looks at America in the Age of Trump.

