A pesar de haber nacido la Universidad en la Edad Media, como una entidad estructurada y sistemática, donde para entonces concurrián los maestros y discípulos en la búsqueda de la “verdad”; sin detenerse a pensar ¿ cuál verdad?; hoy las múltiples conexiones tecnológicas han transformado los modos de generar el conocimiento, de preservarlo, de rehacerlo y transmitirlo, con otros principios y valores, los cuales los docentes universitarios estamos obligados a incorporarlos en nuestras “cajas de herramientas intelectuales”; porque, en los procesos sociales quien no evoluciona, con seguridad involuciona.
La Educación Superior en el presente siglo XXI debe asumir el cambio para el futuro como consustanciales de su ser y quehacer. Dicha transformación exige de las instituciones universitarias una predisposición a la reforma constante de sus estructuras de trabajo. Prepararse para la opción multimodal.
Esto implica asumir la flexibilidad metodológica y epistemológica; admitir que hay muchas y hasta contradictorias visiones del mundo y la vida; además, tener en cuenta las diversas propuestas teóricas para comprenderlas, en lugar de la rigidez y el apego a tradiciones inmutables.
Hoy, hacemos propia la reflexión que apunta por la incorporación prospectiva del docente universitario en su labor diaria.
Un docente que diga y aporte soluciones. Un profesor de la educación superior que participe de manera activa en la elaboración de los proyectos futuros de la sociedad que queremos y necesitamos. Inspirados en la solidaridad, en la superación de las desigualdades y el respeto a los fines democráticos, al disenso fértil, a la meritocracia y a la pluralidad del pensamiento.
Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua. – Docente universitario.

