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Timothy Garton Ash: El regreso de Londres a la UE exige un maratón de persuasión

 

A medida que el Reino Unido se aproxima al décimo aniversario del referéndum del 23 de junio de 2016, en el que se decidió abandonar la UE, los británicos están empezando a debatir la posibilidad de reincorporarse a lo que ellos llaman “Europa”. Pero, como en casi todos los debates británicos celebrados anteriormente en Gran Bretaña sobre Europa, están hablando de Europa sin tenerla en cuenta. Todo lo que se discute es qué conviene más al Reino Unido desde el punto de vista económico y qué decisiones políticas son necesarias para conseguirlo. No se piensa nada o casi nada en lo que opina el resto de Europa ni en lo que le preocupa. El otro día, un alto cargo de Hacienda, lord Spencer Livermore, se manifestó públicamente en favor de regresar a la UE, el primer miembro del Gobierno en hacerlo. “Por supuesto”, dijo en la Cámara de los Lores, “el Reino Unido volverá a entrar en la Unión Europea porque es absolutamente beneficioso para nuestros intereses económicos nacionales”. Como si bastara con llamar a la puerta de la UE para que —¡abracadabra!— nos reciban de inmediato con los brazos abiertos.

Si preguntáramos a los miembros actuales del Parlamento británico que dijesen cuándo es la próxima reunión del Consejo Europeo en Bruselas, me da la impresión de que solo unos pocos sabrían la respuesta. Es más, me pregunto cuántos podrían decir a la primera qué es el Consejo Europeo. Resulta instructivo echar un vistazo a la agenda de este encuentro en el que participan los líderes nacionales de los 27 Estados miembros de la UE y los responsables institucionales de la Unión. Entre las seis de la tarde del jueves 18 de junio y la hora de la comida del viernes, esperan debatir sobre Ucrania, Oriente Próximo, el presupuesto de la UE para los próximos siete años, los retos económicos mundiales, la defensa y la seguridad de Europa, la inmigración y las drogas. O sea que, por decirlo educadamente, tienen muchas otras preocupaciones.

Cualquiera que siga los medios de comunicación europeos o escuche las conversaciones sobre Europa entre alemanes y polacos o entre italianos y portugueses sabe esta isla coronada no cuenta apenas. A ambos lados del Canal de la Mancha se vuelve a tener una imagen de Europa que no incluye a Gran Bretaña. La única gran excepción es el ámbito de la defensa y la seguridad, donde todavía se piensa que los británicos desempeñan un papel importante. El ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, educado en Oxford y en su día anglófilo, hoy califica fríamente al Reino Unido de “proveedor de seguridad”.

A la UE no le faltan países que quieran incorporarse. Ya hay nueve candidatos reconocidos para la adhesión, entre los que están el pequeño Montenegro, para empezar, y la enorme Ucrania. (La verdad es que para Europa, hoy, es más importante Ucrania que el Reino Unido). El próximo mes de agosto, Islandia celebrará un referéndum sobre si deben reanudarse las negociaciones para la adhesión. La rica Noruega ha reabierto el debate. Y no nos engañemos, en la UE hay unos cuantos —una minoría, sin duda, pero una minoría significativa— que no recibirían de buen grado la vuelta del Reino Unido.

Todos los países piensan ante todo en sí mismos, pero, si hubiera una Copa del Mundo del solipsismo, los británicos se llevarían el trofeo sin ningún esfuerzo. Un nuevo documental de la BBC sobre el referéndum de 2016 nos recuerda, por desgracia, lo pobre que fue el debate sobre Europa. En la película, durante el desfile de todos aquellos maniobreros que nos proporcionaron el mayor ejemplo de herida autoinfligida de nuestra historia reciente, volvemos a encontrarnos con Boris Johnson, de ideas tan desordenadas como su cabello. Su resumen del dilema fundamental es este: “O quieres que el país sea independiente o crees que deberíamos crear una Europa federal”. En realidad, el principal objetivo de la política europea continental actual consiste precisamente en encontrar un término medio entre esos dos extremos. Para ser benévolos, se puede decir que Johnson ni ha aprendido nada ni ha olvidado nada desde su época como corresponsal en Bruselas, a principios de los años noventa.

Si consideramos la evolución probable del mundo en los próximos veinte años —un mundo de rivalidad entre grandes potencias e imperios, con la agresividad militar de Rusia, la agresividad económica de China y unos Estados Unidos que nunca volverán a tener el excepcional grado de compromiso transatlántico que mostraron después de 1945—, es evidente que la mejor opción para una potencia media como Gran Bretaña es formar parte de un grupo más amplio de países que, en general, tienen los mismos intereses y valores. “¡Gran Bretaña debería ser más grande!”, declaró en una ocasión, de forma bastante ridícula, el recién nombrado primer ministro Tony Blair. Todos los demás países europeos, empezando por Francia y Alemania, saben que esta es la forma de ser “más grandes”. El objetivo estratégico de la política británica, por tanto, debería ser que el Reino Unido vuelva a ser miembro de pleno derecho de una Unión Europea que, para entonces, será diferente. Y, dicho sea con modestia, si somos objetivos, todo indica que, para los intereses de la UE a largo plazo, sería beneficioso incluir, entre sus 30 miembros o más, a una Gran Bretaña con la voluntad firme de estar ahí.

No obstante, para llegar a ese momento hará falta un maratón de persuasión democrática, a los dos lados del Canal de la Mancha. En las encuestas de opinión británicas ya se observa una mayoría constante de partidarios de volver a la UE, que se convierte en una mayoría abrumadora entre los votantes más jóvenes: el 68 % de los entrevistados entre 18 y 34 años, según IPSOS. De modo que el tiempo juega a favor del Breturn. Pero la situación política seguirá siendo complicada. La persona con más probabilidades de suceder a Keir Starmer como primer ministro laborista este otoño es Andy Burnham, el exalcalde de Mánchester, si gana las elecciones parciales que se celebran este jueves, el mismo día de la reunión del Consejo Europeo. Es posible que Burnham (o quien sea el sucesor de Starmer) siga sintiéndose obligado a negociar acatando los límites actuales impuestos por el partido, que especifican que nada de volver a la unión aduanera, el mercado único ni la libre circulación. Aun así, el nuevo Gobierno debería proclamar de inmediato y con claridad una ambición estratégica mucho mayor.

Después, el Partido Laborista tendrá que afrontar las próximas elecciones, previstas para 2029 como muy tarde, sin fijar ninguna línea roja, limitándose a decir que su objetivo es conseguir la relación más beneficiosa posible para Gran Bretaña. Lo ideal sería que esa postura fuera la de todo el nuevo y fragmentado bloque liberal de izquierdas (algo muy europeo), compuesto por los demócratas liberales, el Partido Laborista, los Verdes y los nacionalistas escoceses y galeses. En los próximos tres años van a cambiar muchas cosas en Europa, y tal vez sea necesario fijar etapas intermedias (integrarse en el mercado único, por ejemplo) en la próxima legislatura, pero la labor de persuasión democrática tiene que comenzar ya. En este peligroso mundo post-Estados Unidos, el mejor lugar en el que puede estar el Reino Unido es, sin duda, “el corazón de Europa”; y la única forma de estar en el corazón de Europa es ser miembro de pleno derecho de la UE. El camino no está claro, pero la meta sí debe estarlo.

Sin embargo, cada paso que se dé va a depender de la UE, que es la que tiene las riendas. Por eso, los británicos también deben comprender el punto de vista de los demás europeos, cómo funciona de verdad su complicada Unión y, para decirlo sin rodeos, qué ganan ellos con esto. Y los representantes electos de Gran Bretaña deben aprender a hablar el idioma europeo, esa lengua multilingüe peculiar en la que la defensa del interés nacional se mezcla sutilmente con la adopción de un futuro europeo común basada en las lecciones de la historia. ¿Tiene esa capacidad la clase política británica actual? Tengo dudas, pero incluso más esperanzas.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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