Es importante tener una medida precisa del tamaño de la crisis. Usemos un símil. Imaginemos la situación como limpiar un pozo séptico que lleva décadas fermentando bajo tierra: no es un acto técnico, es un descenso. No basta con destapar, mirar y fruncir la nariz. No basta con anunciar que “ahora sí viene la limpieza”. Hay que hundirse en la pestilencia, reconocer cada capa de podredumbre, aceptar que lo que hiede no apareció de golpe sino que se fue acumulando mientras muchos en el país hacían como que no veían.
Ah, la política es terreno movedizo. En Venezuela, uno cree que ya entendió el mapa, que las fuerzas están delineadas, que los actores son los que son. Pero basta un susurro en un pasillo, una negociación sorpresiva, un giro de poder que se cocina en silencio, para que el suelo vuelva a hundirse. Aquí nada es lineal: lo que hoy parece firme mañana se abre como grieta, y lo que parecía enterrado resurge con olor a humedad vieja. La política venezolana no camina: se desliza, se escurre, se reconfigura. Y uno aprende a desconfiar de quien habla con demasiada seguridad, porque en este país la única certeza es que todo puede cambiar sin previo aviso.
El país entero es un sistema de tuberías rotas. No una, no dos: todas. Filtraciones antiguas que nadie reparó, conexiones improvisadas que se hicieron para salir del paso, válvulas que dejaron de funcionar hace años, un tanque que rebosa porque durante décadas se le echó basura sin procesar. La corrupción no es un accidente: es la costra que se formó cuando el lodo se volvió estructura. La impunidad es el olor que se instaló en el aire. La desinstitucionalización es esa mezcla espesa que se pega a las paredes del pozo y no sale ni con chorros de agua hirviendo. Y la indiferencia colectiva es la tapa que dejaron cerrada para que viéramos lo que estaba fermentando.
Arreglar Venezuela exige levantar la tapa sin eufemismos. Mirar la podredumbre sin maquillaje. Admitir que el Estado dejó de funcionar como Estado: tribunales que no imparten justicia, cuerpos de seguridad que no protegen, servicios públicos que colapsaron, ministerios de economía y finanzas que se convirtieron en covachas, fuerzas armadas que no nos defienden, instituciones que existen sólo como membretes. Cada una de esas fallas es una tubería rota que gotea sobre el mismo pozo.
Todo eso hay que arreglarlo. Sacar lo que ya no sirve, lo que está podrido, lo que se enquistó. Y eso no se limita a personas: incluye prácticas, hábitos, vicios. El clientelismo que se volvió método de gobierno. La opacidad que se volvió norma. La improvisación que se volvió política pública. No se limpia un pozo dejando adentro los mismos desechos que lo llenaron.
Después toca raspar las paredes. Ese es el trabajo más ingrato. Es enfrentar responsabilidades, desmontar redes de corrupción, revisar contratos, auditar gestiones, abrir expedientes, exigir cuentas. Es un proceso lento, áspero, sin aplausos inmediatos. Pero si no se raspa, la costra queda, y la peste vuelve.
También hay que cambiar las tuberías. No sirve de nada vaciar el pozo si las conexiones siguen rotas. Eso implica reconstruir instituciones desde cero: educación, salud, justicia, energía, agua, transporte, seguridad ciudadana, empresas estatales. Profesionalizar. Despolitizar. Modernizar. Porque no se trata de llegar a donde estábamos antes; hay que llegar a donde deberíamos estar. Un país desarrollado no se sostiene con parches, sino con sistemas que funcionen.
Y luego, lo más difícil: mantenerlo. Porque un pozo séptico limpio vuelve a ensuciarse si se usa igual que antes. Venezuela necesita una cultura cívica que no tolere la trampa, que no premie la viveza, que no normalice el abuso. Necesita ciudadanos que exijan, que participen, que vigilen. Necesita un Estado que rinda cuentas y una sociedad que no se conforme con limosnas.
Los últimos 27 años fueron un proceso sostenido de descomposición. Es una necedad —o una ingenuidad peligrosa— creer que en unos pocos meses puede revertirse un desastre que tomó décadas en gestarse. Nada que se pudre lentamente se arregla de golpe. Lo que se deshace por capas exige reconstrucción por capas.
Y aquí cada quien tiene que trabajar. No hay delegación posible, no hay salvadores ni milagros, no hay mano mágica que venga a desinfectar. Cada quien tiene que asumir su parte de la reconstrucción: el que gobierna, el que aspira a gobernar, el que opina desde la acera, el que se hace el distraído, el que cree que “no es conmigo”. El que está en Venezuela y el que está fuera. Un país no se arregla con espectadores ni con comentaristas de balcón; se arregla con gente que entiende que la responsabilidad no es un accesorio sino una carga compartida. Y el que no quiera sumar, bueno, que al menos respete el undécimo mandamiento.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

