Héctor Rodríguez habla y, sin proponérselo, se arranca la máscara. Su discurso reciente no es discurso: es un desliz freudiano con micrófono. Una confesión envuelta en tecnicismos para que parezca seria. Cuando suelta que “el ingreso petrolero mensual sufrió un desplome del 99%”, no está informando: está firmando el acta de defunción del país que administraron como si fuera una tómbola. Ese desplome no ocurre en un Estado: ocurre en un solar saqueado, donde la industria petrolera terminó convertida en piñata, botín y ruina arqueológica. Y cuando añade que “el impacto en el ingreso nacional frenó la capacidad de maniobra del Estado para mantener el bienestar social”, lo que realmente dice es que sin renta no había revolución, que el modelo era una chequera con megáfono, no un proyecto.
Evoca “los tiempos de anaqueles vacíos y escasez extrema” como si hubieran sido un huracán tropical, sin mencionar que fueron ellos quienes apagaron la luz con controles delirantes, expropiaciones compulsivas y persecución al que producía algo más que consignas. Afirma que “el bloqueo ha afectado de manera sistemática a todos los estratos de la sociedad venezolana”, sin advertir que un país robusto no se desmorona por sanciones: se ajusta, se disciplina, se reforma. El suyo no. Y cuando dice que “la realidad económica actual nos obliga a reconocer los efectos transversales que el bloqueo genera en la vida cotidiana”, la palabra que se le escapa —reconocer— es la que lo delata: reconocer que la vida cotidiana está golpeada porque ellos no construyeron un país capaz de resistir ni una brisa.
La frase más torpe, la más desnuda, es esa en la que asegura que hemos vivido un secuestro colectivo. Si hay secuestro, ¿quién tiene las llaves desde hace más de dos décadas? ¿Quién controla el Estado, las instituciones, la economía, la vida? El secuestro no es metáfora: es inventario.
Y justo cuando el país aún digiere esa confesión involuntaria, aparece el nuevo capítulo: Héctor Rodríguez estrena un ministerio sin cartera que no existía ayer y que hoy aparece perfectamente ajustado a su talla política. Un ministerio hecho a su medida: ni tan grande como para incomodar a los que mandan de verdad, ni tan pequeño como para parecer castigo. Un traje institucional cortado con la tijera del poder para que le quede exacto, sin arrugas, sin holguras, sin riesgo. Entra en escena con su tono de profesor aplicado, ese que intenta sonar técnico mientras deja caer resbalones como migas de pan. Dice que este ministerio permitirá “coordinar de manera integral las políticas necesarias para superar las dificultades estructurales del país”. La frase suena a misión heroica, pero huele a otra cosa: a admisión de que todo lo anterior fue un desastre.
Asegura que este nuevo despacho nace “para impulsar un modelo económico más diversificado y menos dependiente del ingreso petrolero”. Traducido: veinticinco años sin diversificar nada. Y remata con que “la prioridad es fortalecer la producción nacional y garantizar la soberanía económica”. Si hay que fortalecerla, es porque la pulverizaron. Si hay que garantizarla, es porque la perdieron. El ministerio no es solución: es camerino. Una plataforma para que él ensaye el tono, la postura, la narrativa. Un espacio donde puede practicar la frase “rectificar errores” sin que nadie le pregunte por qué no lo hicieron antes.
Y aquí entra lo que ya murmuran en pasillos: la precariedad evidente de Delcy. Su desgaste acumulado, su tono crispado, su narrativa agotada. En política, el cansancio tiene olor, y los suyos lo detectan antes que nadie. Cuando una figura empieza a oler a desgaste, el sistema busca repuestos. Por eso algunos empiezan a mirar a Héctor: no porque sea brillante, ni sólido, ni querido, sino porque —comparado con ella— no está roto. No está quemado. Todavía puede sostener un micrófono sin que parezca que pelea con sus propios fantasmas.
El ministerio hecho a su medida no es premio: es ensayo general. Una vitrina. Un “por si acaso”. Si Delcy se desinfla, si su precariedad se vuelve riesgo, si su desgaste se convierte en problema, Héctor ya está ahí: planchado, pulida la calva, listo, con ministerio propio y discurso ensayado. No es que él sea la solución: es que ella dejó de ser viable. No es que él sea fuerte: es que ella está débil. No es que él sea el futuro: Es que ella ya es pasado.
Y en ese vacío, en ese silencio incómodo que deja la precariedad, es donde algunos empiezan a decir —en voz baja, por ahora— que quizá, sólo quizá, el candidato termine siendo él. Porque en un sistema donde la lealtad se mide por utilidad, la utilidad por estabilidad y la estabilidad por capacidad de sostener el relato, Héctor Rodríguez empieza a acumular puntos. Su discurso, más que discurso, es una pieza de relojería manipuladora, un ensayo de sucesión sin anunciar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

