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Soledad Morillo Belloso: Dinorah suma, no sustituye

 

La actuación de Dinorah Figuera (a quien mucho conozco) no le quita ni poder ni autoridad a María Corina porque el juego político venezolano no es —ni de lejos— un concurso de reemplazos. Aquí no hay sillas musicales, ni coronas que se heredan, ni tronos vacantes esperando nueva dueña. Esto es otra cosa: tableros distintos, legitimidades que no chocan, funciones que no se pisan.

María Corina —la que corta— no está en disputa. Su liderazgo no se imprime en papel membretado ni se refrenda con un sello húmedo. Es un liderazgo que se respira en la calle, que se oye en el murmullo del país, que se siente en la piel de la gente que la reconoce como brújula en medio del naufragio.

Dinorah —la que regresa— juega en otro tablero, uno menos ruidoso pero igual de necesario: el de la institucionalidad que se niega a morir. Y tiene una misión. Ella trae el expediente, la firma, la memoria de un Parlamento legítimo que el régimen intentó borrar pero no logró extinguir. No compite con la fuerza ciudadana de María Corina, no pretende hacerlo; la sostiene por debajo, como la estructura invisible que evita que el edificio se venga abajo. Le da más legitimidad a María Corina y a la lucha venezolana.

Por eso la idea de rivalidad es un espejismo útil para quienes quieren dividir. No están peleando por el mismo espacio. María Corina encarna el liderazgo político-social; Dinorah, el institucional. Una moviliza; la otra certifica. Una empuja el cambio; la otra garantiza que ese cambio no se evapore en el aire.

En política, cuando dos figuras no buscan la misma legitimidad, no se anulan: se potencian.

Y conviene decirlo sin anestesia: la actuación de Dinorah no desplaza a María Corina porque no hay nada que desplazar. No hay competencia, no hay reemplazo, no hay sucesión. Lo que hay es un país que necesita todas sus capas de legitimidad funcionando al mismo tiempo para no colapsar.

Dinorah suma, no resta. Entra al tablero sin empujar a nadie, sin pedir permiso y sin hacer ruido de más, pero moviendo las piezas que había que mover. Su presencia no complica: ordena. No divide: acumula. No desplaza: engrana. En un país donde demasiados actores creen que la política es un ring, ella aparece como la que entiende que esto es un mecanismo: si falta una pieza, el aparato se tranca; si la pones en su sitio, el sistema avanza. Por eso su regreso no amenaza a nadie —menos a María Corina—; al contrario, le da estructura, piso y contexto. Dinorah suma porque viene a completar, no a competir.

El juego no es de sustitución de liderazgos. El juego —si de verdad entendemos la necesidad de avanzar— es de acumulación de fuerzas. En Washington entendieron que el proceso de transición se estaba estancando. Porque no basta con negociaciones y acuerdos comerciales.

Ah, y de paso, Dinorah —la que regresa— pone en los palitos al psiquiatra calvo sin despeinarse. Lo deja viendo para el cerro, con su manual de manipulación emocional hecho trizas, porque la sola presencia de una mujer que maneja códigos institucionales lo descoloca. Ella no grita, no amenaza, no dramatiza: mira, certifica, recuerda, actúa. Y eso, para ciertos egos acostumbrados a la testosterona performática, es más corrosivo que un editorial entero.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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