En tiempos de revisión y reconstrucción de país, hablar de ética y moral no es accesorio ni ocioso: es más bien urgente. No son adornito. Nunca lo fueron. La ética y la moral son el armazón que sostiene lo que somos. Muchos las tratan como bisutería de ocasión: la exhiben para la foto, la guardan para la vida real. Pero la ética es un espejo que no perdona, y la moral es el olor que se deja al pasar. Cuando faltan, el hedor antecede al nombre.
La ausencia de ética y moral es un lujo que ningún país puede darse. Cuesta dinero, cuesta futuro, decencia y la posibilidad misma de confiar. La inmoralidad cobra completo, con intereses de usura. Lo primero que encarece es la confianza: sin ella, cada gesto es sospecha, cada trámite un campo minado, cada palabra un posible fraude. Cualquier trámite se vuelve una expedición excéntrica, con cálculos que se suman a los costos operativos.
Conviene decirlo con la frialdad del cirujano con el bisturí en la mano: cuando un alguien con poder en el sector público o privado carece de ética, la estructura tampoco la tiene. Las organizaciones no superan la estatura moral de quienes las conducen. Si el jefe miente, la estructura respira mentira. Si abusa, todo se vuelve maquinaria de abuso. La cultura pública o privada no nace de un manual ni de un “coach”: nace del modelaje, del ejemplo. Y cuando el ejemplo del liderazgo es torcido, todo lo que cuelga de él termina chueco también.
Cuando la ética se usa como mero accesorio, la autocomplacencia se instala. La trampa se disfraza de ingenio, el abuso se normaliza, la viveza se festeja. Así terminamos en un escenario donde un acto honesto sorprende más que un descaro. La moral, reducida a mantel de visita, deja de ser piso y se vuelve decoración sin base. El piso falla y la caída es inevitable.
La ética verdadera muerde y arde. Obliga a decir “no” cuando todos dicen “sí”. Obliga a no mentir aunque la mentira resuelva. Obliga a no aprovecharse del débil porque es fácil. Por eso tantos la guardan en la gaveta de “cosas que se cacarean pero no se practican”. La moral auténtica nos recuerda que nuestros actos rebotan en otros cuerpos y futuros. Cuando se vuelve opcional, todo sube de precio: justicia, convivencia, esperanza, costo de vida.
Lo más caro es lo invisible: el deterioro del alma colectiva. La normalización de lo sucio. La resignación que pesa más que el plomo. La frase “así es” convertida en epitafio cincelado en lápida. Cuando una sociedad se acostumbra a la inmoralidad pierde la capacidad de indignarse, y con ello pierde también la posibilidad de corregirse.
La presidente encargada anuncia la lucha contra la “matraca”. El chiste se cuenta solo. Es como ver a un pirómano inaugurando la brigada de bomberos. De los creadores de “El Desfalco Màs Grande de la Historia”, llega ahora “Contra la Matraca”… La secuela es predecible: discursos solemnes, promesas recicladas, indignación performática. El país, espectador cansado, sabe que la trama no cambiará mientras los protagonistas sigan siendo los mismos.
La lucha contra la “matraca” anunciada por quienes perfeccionaron la extracción ilícita es prestidigitación moral: se señala el truco para que nadie mire las manos. Pero la ética no admite maquillaje. La moral no se recupera con declaraciones sino con ejemplo y hechos. Se encarnan o no existen.
Por eso la escena provoca risa pero también aburre y genera cansancio, cansancio hondo de un país que ha visto demasiadas veces la misma película, con los mismos actores que creen que basta cambiar el vestuario para cambiar la historia.
“Contra la matraca” es la nueva consigna. Cosa veredes, Sancho. Su credibilidad, señora presidente encargada, está precisamente en esos “veredes”. Pero que no le quede duda: este país quiere —y necesita— un gobierno de manos limpias. Y lo va a tener, aunque a algunos les incomode el espejo.
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