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Sergio Monsalve: Amos del Universo

 

Los Masters of The Universe regresan al cine, pero los Amos de la taquilla responden con frialdad, comprometiendo el futuro de la franquicia en Hollywood.

He Man irrumpió en los ochenta, con su porte de Conan el Bárbaro, para sintetizar el rearme moral de aquellos tiempos conservadores.

La hinchazón física del personaje de Matell correspondía a la vuelta de un código apolíneo, inflado por los esteroides.

Una nueva subcultura del macho se redefinía en los juguetes, en el cine de acción de Rambo y Terminator, en los predios del palacio de Eternia.

El diseño del personaje era un resumen de la posmodernidad dominante, amén de su ironía en la versión del cómic y de su desarrollo inocente de una historia clásica de héroes frente a villanos de una sola pieza, como la calaca sonriente de Skeletor, un hijo del bodybuilding y de la estética del Metal en auge.

Tenía Master of Universe el encanto de la ruptura generacional, cuya iconografía camp deslumbrababa a los chicos, mientras molestaba a los padres, pero nunca la suficiente para provocar el rechazo de ellos a la hora de complacer las demandas de sus hijos en navidad.

Mis primeras discusiones, con unos padres profesionales y universitarios, fueron alrededor de las compras de los muñecos de Master of The Universe.

Quería tenerlos todos, no había forma saciar mi adicción por cada figura de la colección. De modo que aprendí de economía en el hogar, de ahorro, de temas de consumismo, durante mis años como infante ochentero que necesitaba convencer a mis papás de la importancia de comprar a Best Man, antes que se agotara la existencia en la tienda del Centro comercial Plaza.

Así llegó una primera película fallida, que se adelantó a nuestra era de series chatarras, inspiradas en licencias que aspiran a convertirse en la próxima Star Wars.

La cinta fue masacrada por la crítica, pero sería antecedente de la producción del 2026, un filme más sofisticado en sus efectos especiales, pero que logra conservar el humor negro y berreta de la caricatura original, buscando conectar con la sensibilidad de los fanáticos del Marvel de Guardianes de la Galaxia.

Por ello, la historia guarda capas y desarrolla una comicidad, a partir del absurdo que gobierna al material de origen, dando pie a una revisión del choque entre Adam y el mundo contemporáneo, donde vive nuestro protagonista acechado por los fantasmas del born out, la soledad, la incapacidad social a todo nivel, producto del trauma de quedar fuera de contexto.

Desde entonces, la cinta sabe plantear un diálogo con la crisis de la manosfera, satirizando las relaciones del pasado conservador con el actual, cuando los chicos han perdido el poder y sienten que pueden recuperarlo a través de experiencias vicarias.

Amos del Universo se ríe del extravío del personaje, como un Thor que no se encuentra en nuestro entorno gris.

Para recuperar su confianza emprenderá su aventura de fantasía, que es proyección de su deseo geek de redimirse.

Mención aparte para el unipersonal de Jared Letto como Skeletor, que ha entendido que no hay que trabajar desde la condescendencia, sino reincorporar la absoluta maldad que define a su juego de rol.

Parece que estamos agotados, que nos creemos muy importantes, que consideramos a Amos del Universo una forma de arte menor. Es el destino de la comedia en un planeta hegemonizado por la terapia del drama.

Por ende, ante los bajos números de rating de la película, no hay que sentirse extrañados. El filme es un conseguido trabajo animado del director de Laika, que no se toma demasiado en serio y que va a contrapelo de los formatos solemnes del wokismo más resentido con el pasado.

Por eso, la película es una celebración de He Man y de su cultura, independientemente de lo que digan nuestros padres castradores.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM