A fin de justificar la actual anomalía institucional venezolana (la paz autoritaria) se desempolva en estos días la coartada según la cual es necesario sostener esta situación de manera indefinida, es decir, un gobierno no elegido según las normas que pautan su propia Constitución, pero sostenido por una potencia extranjera, con tal de evitarle al país los males que acarrearía el regreso de la figura del líder providencial y mesiánico, que en esta oportunidad del devenir nacional representaría María Corina Machado.
Esta es una cuestión que el aparato de (des) información y propaganda oficial evita abordar directamente, pues hace referencia al ascenso al poder en enero de 1999, luego de comicios democráticos y justos, del expresidente Hugo Chávez, quien, como sabemos, terminó siendo un autócrata tal como algunos pesimistas advirtieron proféticamente en su día.
No obstante, hay otros (y otras) que sí tienen la amabilidad de plantear en el restringido debate público venezolano lo que al chavismo (en esta tercera etapa) le conviene, pero por razones obvias no puede formular abiertamente, sugiriendo que con tal de no repetir aquella desgraciada experiencia es mejor evitar que el pueblo cometa nuevamente el error de entregar el ejercicio del poder a otro hiperliderazgo.
Esto no es sino la reformulación de la famosa tesis del destacado escritor venezolano Laureano Vallenilla Lanz, plasmada en su libro Cesarismo Democrático, aunque en esa oportunidad se nos dice que, para ahorrarnos un nuevo autoritarismo, es mejor conservar el actual. Imagina uno que por aquello de mejor mal conocido (aunque tenga 27 años) que mal por conocer.
María Corina Machado ¿Un Chávez «en potencia»?
Por consiguiente, en nombre de la moderación, la convivencia, la tolerancia, manifestando desasosiego ante la peligrosa polarización, exhortan a la sociedad a tener paciencia, no precipitarse y aguantar con estoicismo dos o tres años más de mal gobierno, cortes eléctricos e inflación galopante.
Sin embargo, todo hay que decirlo, el argumento no es nuevo; ya se recurrió al mismo durante la etapa previa al pasado 3 de enero, cuando el gobierno no elegido era sostenido por otro tipo de fuerzas externas. Era el “razonable” precio a pagar a cambio de la paz autoritaria. La diferencia es que ya no se puede ocultar el sol con un dedo acerca del lado en el cual se encuentra el favor de las mayorías populares venezolanas.
En resumidas cuentas, María Corina sería, según esas opiniones, un Chávez en potencia; una líder seguida por las masas de manera ciega e incondicional. Una versión femenina y criolla del “César democrático”, el prototipo de gobernante autoritario legitimado por el respaldo popular.
Pero, ¿es cierto eso?
Como no podemos conocer el futuro, como otros (y otras) sí parecen capaces de hacer, y dado que el ex comandante/presidente no nos acompaña en el mundo de los vivos, pero a Machado le queda un trecho largo de su biografía por escribir, invitamos al amable lector a que nos acompañe a abordar el asunto efectuando el antipático ejercicio de la comparación.
Liderazgo carismático
Partamos de una premisa: todo es comparable. Pasamos nuestra vida comparando a personas, cosas y situaciones. Comparamos una naranja con una manzana a fin de encontrar las diferencias.
En ese sentido, admitamos que en Chávez y María Corina se aprecian las características propias del liderazgo carismático que describió Max Webber, donde la obediencia no se impone mediante la coerción, sino que surge de la fe, la admiración o la devoción hacia la persona. En el mismo los seguidores obedecen al líder de forma directa y personal, por encima del cargo o la institución que representa. Es un tipo de personalidad política que genera profundas pasiones, a favor o en contra. Con él rara vez hay términos medios. La prueba de ello es que la sola comparación planteada aquí provocará irritación entre algunos de los que estén leyendo estas líneas.
Este fenómeno no es nuevo en Venezuela. Para no irnos más atrás, en paralelos que puedan ofender al culto bolivariano, recordemos los casos de los ex presidentes Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez.
Por cierto, Webber observa que ese tipo de liderazgo se manifiesta en distintos grados en los sistemas políticos modernos. Un líder revolucionario puede comenzar con autoridad carismática y luego institucionalizar su poder mediante leyes, y muchos presidentes democráticos, que poseen autoridad legal-racional, utilizan elementos carismáticos para fortalecer su liderazgo.
Y agrega que esos liderazgos suelen aparecer en períodos de crisis o transformación social. La Venezuela de 1998 y la Venezuela de 2024.
Inicios distintos
Pero hasta aquí las similitudes que podemos constatar. Las diferencias, en cambio, entre Chávez y María Corina, son numerosas en cuanto a orígenes, trayectoria, estilo, y propósitos:
Chávez comenzó su carrera dentro de las Fuerzas Armadas como conspirador, y alcanzó notoriedad nacional tras liderar un intento de golpe de Estado contra el régimen de la imperfecta democracia representativa. La misma que dos años después le otorgó la libertad plena, sin condiciones, y en ejercicio pleno de sus derechos políticos; y que luego le entregó pacíficamente el gobierno nacional tras haber sido favorecido por el voto mayoritario de los electores.
María Corina Machado se dio a conocer como cofundadora de una organización dedicada a promover, defender y facilitar el derecho al voto, a través de la educación ciudadana y el monitoreo electoral. Capacitando a voluntarios y testigos de mesa.
De allí dio el salto a la política nacional al ser elegida como la diputada más votada en la Asamblea Nacional de 2010. No habían pasado tres años cuando el chavismo, fiel a su estilo arbitrario y desconociendo su propia Constitución, le retiró la inmunidad parlamentaria y la expulsó del parlamento.
Un caso se originó en una insurrección militar fallida contra una democracia; el otro surgió de una organización civil dedicada a la participación electoral.
Una vez en el poder, y desde el mismo, Chávez ejerció un liderazgo carismático de tipo movilizador y fundacional; Machado ha desarrollado un liderazgo de resistencia y oposición frente a un sistema político ya establecido. El primero capturó rápidamente el Estado, del cual hizo uso y abuso en función de su proyecto de poder. La segunda ha tenido que enfrentar a ese Estado y sus abusos.
Chávez impulsó un proyecto revolucionario, buscando siempre la mayor concentración posible de poder en el Ejecutivo, y creó un partido/Estado; Machado ha defendido la separación de poderes, la alternancia democrática y ha criticado la concentración de poder característica del chavismo.
Grandes diferencias
Es en este aspecto, en el ideario respectivo, donde las diferencias no pueden ser más diametralmente opuestas:
Chávez se definió progresivamente como socialista, promovió el llamado “socialismo del siglo XXI”, impulsó una mayor intervención estatal en la economía, las nacionalizaciones en sectores estratégicos y las conocidas expropiaciones y ocupaciones.
Machado se ha identificado desde que la conocemos con posiciones liberales en lo económico. Defiende la propiedad privada, la economía de mercado y la reducción de controles estatales. Propone reformas orientadas a la apertura económica y la atracción de inversiones.
En ese sentido, recordemos que los regímenes autoritarios más sofisticados del siglo pasado se hicieron, o se inspiraron, en el socialismo. El modelo de sociedad de Chávez era Cuba. Aunque no se lo hemos escuchado afirmar, uno imagina que el modelo de María Corina debe ser Suiza.
Los partidarios de Chávez sostienen que amplió la participación popular mediante elecciones frecuentes, referendos y nuevas formas de organización comunitaria.
Pero sus críticos recuerdan que durante su gobierno se produjo una creciente concentración de poder y un debilitamiento de los contrapesos institucionales.
María Corina Machado, defensora de la democracia liberal
Machado se presenta como defensora de la democracia liberal representativa, los derechos civiles y la alternancia en el poder.
Sus partidarios la consideran una defensora de la democracia frente al autoritarismo, y sus críticos la acusan de adoptar posiciones que dificultan acuerdos.
Sin embargo, la diferencia más profunda entre ambos no radica en sus ideologías, sino en el papel que asignan al Estado y al liderazgo político.
Chávez propuso una transformación estructural de la sociedad mediante un liderazgo fuerte y centralizado.
María Corina Machado plantea una transformación basada en la limitación del poder estatal, el fortalecimiento institucional y la economía de mercado.
Ambos han logrado convertirse en símbolos políticos para sus seguidores, pero representan proyectos de país y concepciones del poder esencialmente opuestas.
Deriva autoritaria
Ciertamente, de él sabemos cómo acabó la película porque ejerció el poder 13 años. En cambio, aún no podemos juzgar las acciones de ella desde Miraflores. No obstante, todo en la trayectoria de Chávez en 1998 hacía temer sobre su deriva autoritaria una vez tuviera el poder en las manos. Nada en la trayectoria de Machado hace pensar lo mismo.
Él representó el típico liderazgo militarista venezolano. No militar, sino militarista. Podemos citar varios casos de altos jefes militares venezolanos que fueron más civilistas que muchos civiles, y no pocos civiles adoradores del militarismo.
Mientras que, a estas alturas, María Corina Machado entronca en la tradición civilista nacional que siempre ha nadado contra la corriente.
En su biografía, Rómulo histórico, German Carrera Damas afirma que el principal mérito del expresidente, más allá de sus éxitos, fracasos, traspiés, cambios de posición o determinación en alcanzar sus objetivos, consistió en vencerse a sí mismo. Es decir, haberse empeñado en diseñar un régimen político que le pusiera límites a su propia ambición personal. Esa es, a nuestro modo de ver, la cuestión central que hace la diferencia entre un liderazgo que amenaza la libertad y el liderazgo que la defiende.
@Pedrobenitezf.

