pancarta sol

María Gabriela Escovar León: El ciudadano desconocido

 

Cada habitante de una nación es una pieza indispensable para que el país funcione. La sociedad no se sostiene únicamente sobre las decisiones de sus gobernantes o la fortaleza de sus instituciones, sino también sobre los actos cotidianos de millones de personas anónimas.

No somos héroes con capa, pero acaso desempeñamos una tarea más decisiva: con nuestros pequeños gestos diarios sostenemos la convivencia, fortalecemos la democracia y evitamos que el tejido social se desmorone. El ciudadano desconocido se parece al soldado anónimo de las guerras: sin él, ninguna causa colectiva puede triunfar.

Es la mujer que cada mañana cuida de su familia y sale a trabajar, son quienes sostienen la economía, limpian las calles, atienden a los enfermos, educan a las nuevas generaciones o trabajan en un supermercado. Es el conductor que cede el paso, el comerciante que cobra lo justo, el vecino que cuida los espacios comunes y el joven que decide estudiar para abrirse camino.

Pero el ciudadano desconocido no solo cumple una función económica o social. También es quien se resiste a la apatía. Conoce el alcance de su poder sin necesidad de espada ni de capa, no arroja basura en la calle, respeta las normas de tránsito y ayuda a quien lo necesita. Sabe que las grandes transformaciones no comienzan en un decreto presidencial, sino en la acera frente a su propia casa.

Los ciudadanos ocupamos un lugar central en la vida democrática. Elegimos a nuestros gobernantes, exigimos rendición de cuentas y contribuimos al sostenimiento del Estado mediante nuestros impuestos. Esos derechos son fundamentales, pero los deberes resultan igualmente decisivos. No puede haber instituciones sólidas cuando la ciudadanía es débil, la viveza criolla y la lógica del “sálvese quien pueda” solo erosionan la confianza y destruyen el sentido de comunidad.

Este desafío adquiere una especial relevancia en tiempos de incertidumbre. No ocurre solo en Venezuela, sino en buena parte del mundo. Vivimos una época en la que la apariencia suele imponerse al contenido, la trivialidad desplaza la reflexión y el espectáculo compite con la verdad. Mientras la atención pública se concentra en lo efímero, el compromiso ciudadano pierde espacio.

Sin embargo, la indiferencia tiene un costo. Cuando el ciudadano se refugia en la idea de que “yo no me meto en problemas”, la calidad de la democracia se deteriora. El silencio de quienes actúan con rectitud termina convirtiéndose en el mejor aliado de la corrupción.

Por eso, es necesario recuperar el valor de la responsabilidad cívica. Ejercer la contraloría social, participar en los asuntos públicos y actuar con integridad en la vida cotidiana no son gestos extraordinarios: son las bases de una sociedad libre.

La reconstrucción de nuestra nación no depende de un milagro ni de la aparición de un líder providencial. Depende, sobre todo, de la suma de millones de actos de civilidad.

Porque los países no se derrumban cuando fallan sus héroes, sino cuando sus ciudadanos renuncian a serlo en lo cotidiano.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
Tradución »