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Lluís Bassets: El nuevo e inesperado mapa del Oriente Próximo

 

Contra toda intuición y desmintiendo las victorias militares de las guerras en curso, no es Israel quien está modelando el mapa de Oriente Próximo, tal como había anunciado su primer ministro Benjamín Netanyahu, sino la República Islámica de Irán, gracias al control del estrecho de Ormuz, con el que ha conseguido perturbar la economía mundial y modificar la entera correlación de fuerzas regional. Donald Trump se había propuesto zanjar de un tremendo manotazo el peligro que representa un régimen radical y hostil como el iraní para entregar la hegemonía medioriental a una alianza de las monarquías árabes con Israel al estilo de la OTAN. Pero el dibujo que empieza a atisbarse es exactamente el contrario, con un Israel fuertemente militarizado, pero desprestigiado y aislado, y un Irán que está aprovechando la destrucción para renovar sus estructuras de poder, consolidar la dictadura y afirmarse como potencia regional.

Las guerras, siempre imprevisibles, suelen deparar desagradables sorpresas a quienes las declaran, confiados en su superioridad y en la inferioridad del enemigo. Con mayor razón si no han sabido definir sus objetivos o han hecho gala de una frívola disposición a cambiarlos. Así le ha sucedido a Trump, que ha incurrido en numerosos errores estratégicos, a los que ahora suma una increíble torpeza en las negociaciones con Irán. Y así le ha sucedido también al incitador del belicismo trumpista que es Netanyahu. Apalancado en guerras sin fin para mantener su gobierno, eludir responsabilidades políticas por los fallos de seguridad que permitieron los ataques de Hamás y evitar la acción de la justicia por sus casos de corrupción, espera dilatar eternamente por las armas la ineludible resolución de la cuestión palestina, imprescindible para que los vecinos árabes puedan culminar el reconocimiento diplomático previsto por los Acuerdos de Abraham bajo patrocinio de Trump.

Todo se ha dicho sobre el protagonismo del primer ministro en la destrucción del prestigio de Israel. Menos evidente es que sea el enemigo existencial iraní el que esté sacando ventaja. No tan solo no ha caído la dictadura tal como querían Trump y Netanyahu, sino que ha aprovechado el descabezamiento de su cúpula para reorganizarse y renovarse, según un interesante análisis de dos acreditados académicos como Vali Nasr y Narges Bajoghli.

El régimen ha salido reforzado de las dos guerras de junio de 2026 y febrero de 2026, situado ahora bajo un liderazgo más joven, nacionalista, pragmático e incluso tecnocrático. Ni la dictadura ha aflojado su tenaza represiva ni ha desaparecido la hostilidad de los iraníes hacia el régimen, pero las amenazas apocalípticas lanzadas desde Washington y Jerusalén han contribuido al cierre de filas de una población martirizada por los bombardeos y angustiada ante el futuro del país.

Los nuevos dirigentes, supervivientes de dos guerras consecutivas, han activado una temible arma geopolítica como es el control del estrecho de Ormuz y se han enfrentado con éxito al bloqueo naval de la primera superpotencia. Con su guerra asimétrica han expandido el campo de batalla al entero golfo Pérsico, hasta sembrar la discordia entre los aliados de Israel y Estados Unidos. Está claro que el paraguas de Washington solo protege a Israel y que sus bases en los países árabes vecinos no solo son altamente vulnerables, sino que convierten en vulnerables a quienes las albergan.

También en la negociación de la tregua los nuevos dirigentes iraníes han exhibido una notable firmeza estratégica ante las conminaciones a una capitulación incondicional, aunque con suficiente flexibilidad para mantener abierta la comunicación sin ceder en nada sustancial. El control de Ormuz, con o sin peajes, se ha erigido en dogma para Teherán. También el derecho a una industria nuclear civil, aunque vaya acompañada de un compromiso respecto al umbral militar. Idéntico principio sirve para la defensa balística, como la tienen otros países. Tampoco se reconoce entre los propósitos del régimen el abandono de Hezbolá exigido por Washington, tal como demuestra la demanda de una tregua efectiva en Líbano si se quiere mantener viva la negociación.

Según una famosa apreciación de Henry Kissinger, formulada en 2006 al inicio de los contactos sobre desarme nuclear, el régimen islámico debía optar entre “representar una causa o una nación”. Si llegaran a confirmarse estos optimistas y recientes análisis, por primera vez habría un Gobierno con voluntad de situar los intereses nacionales por encima de la causa ideológica, en dirección al “Irán moderno, fuerte y pacífico capaz de convertirse en un pilar de estabilidad y de progreso en la región”, como el que auguraba el artífice de la apertura de China, que fue el propio Kissinger. En ningún caso el maquiavélico diplomático estadounidense mencionaba a la democracia como requisito de la modernización pragmática para China e Irán. Así es cómo, por efecto de la guerra, la teocracia revolucionaria estaría mutando hacia un régimen autoritario nacionalista como muchos otros de la región.

 

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