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La semana nos ha dejado dos novedades sin aparente relación: la dimisión del primer ministro británico, Keir Starmer, y el triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales de Colombia (el margen inferior a un punto sobre el izquierdista Cepeda aconseja cierta prudencia antes de dar este resultado como definitivo).
En realidad, en ambos acontecimientos hay un nexo poco visible: la pujanza de la extrema derecha como fuerza no solo de movilización y perturbación comunicativa y social, sino también como alternativa de gobierno.
Otra muesca ultra en América Latina
Colombia, de confirmarse el triunfo de Abelardo de la Espriella, hace subir a doce los países capturados por el mensaje demagógico, populista y revanchista de una derecha latinoamericana empeñada en revertir los escasos avances de los años tibiamente progresistas (1). Perú podría engrosar la lista si finalmente Keiko Fujimori se impone en las presidenciales cuando se concluya el largo y tortuoso recuento (2). Los aprendices de Trump, algunos con largo recorrido político previo, han visto en el magnate norteamericano un factor multiplicador de sus propuestas y la inspiración exitosa para la manipulación de masas (3).
En Colombia, ese revanchismo es más evidente que en otros lugares, porque durante muchas décadas la violencia física e institucional había impedido el acceso de la izquierda moderada al poder. Los años de Gustavo Petro han sido escasos, contradictorios y permanentemente amenazados por la sombra que se proyectaba desde el norte. Con Trump, la intimidación ha sido explícita y no solo verbal: la excusa de una confusa y tramposa lucha contra el narcotráfico ha dado lugar a vulneraciones inaceptables del derecho internacional y de la soberanía nacional colombiana.
De la Espriella agrupa el voto de la derecha colombiana que no duda en arrojarse en brazos de cualquier forma de solución radical, cuando otras más moderadas no consiguen imponerse electoralmente. Como ocurre en casi toda la región, la pertinaz ausencia de soluciones a corto, medio y largo plazo ha ido desincentivando la participación política de las clases populares.
El sistema liberal ha sido una desgracia para Iberoamérica, pero los discursos alternativos no han prendido más allá de las prebendas sociales propiciadas por el alza coyuntural y efímera de los precios de las materias primas. Agotado el maná, la izquierda se ha disuelto en la desunión y la falta de soluciones estructurales.
Si cruzamos el océano Atlántico, observamos que la ultraderecha (algo distinta a la latinoamericana) nunca ha estado tan cerca de alcanzar cuotas de poder no disfrutadas hasta ahora.
Los apuros del laborismo
En Gran Bretaña, la revuelta laborista que ha obligado a Starmer a abandonar su resistencia y resignarse a dimitir ha estado alentada por el miedo al triunfo inédito de la extrema derecha reunida en torno al partido Reform UK, liderado por el ex tory Nigel Farage.
El éxito de esta formación escindida de los conservadores y fundamentalmente xenófoba en las elecciones locales de mayo disparó todas las alarmas en los partidos del consenso centrista (4). El giro en la política migratoria de Starmer, al pasar de un supuesto humanismo inicial a las «simpatías» por las ocurrencias xenófobas de la primera ministra italiana y su externalización del control y reclusión de inmigrantes en Albania, despertó críticas acervas en el sector progresista del laborismo.
El ascenso continuado de Farage en los sondeos ha condicionado demasiado las respuestas del 10 de Downing Street. En este sentido, el laborismo de derechas no se ha distinguido mucho del conservadurismo a la deriva desde la crisis del Brexit. Gran Bretaña ha entrado en la senda francesa; es decir, cómo hacer políticas reaccionarias sin que lo parezcan. Lo cual resulta imposible, salvo que se quiera cerrar los ojos.
Starmer ha cometido muchos más errores. Sin ser cruel, se podría llegar a decir que ha incurrido en todos los posibles e incluso en algunos autoinfligidos por torpeza, desatención o falta alarmante de reflejos. Se ha agarrado al puesto con actitud de zombi político similar a la mostrada por Biden sobre sus opciones de reelección. Su discurso de despedida refleja que no ha terminado de entender las razones profundas de su desventura (5).
En un largo e incisivo análisis para The Guardian, el columnista Jonathan Freedland repasa las causas del naufragio de Starmer, un dirigente que carecía de carrera política y parlamentaria (6). Había llegado al laborismo desde su carrera como fiscal, con un perfil profesional y tecnocrático. En un partido donde las conspiraciones y luchas internas están tan arraigadas, no parecía muy venturosa la carrera de Starmer. Pero se procuró el apoyo de los sectores más moderados al asumir la depuración de los seguidores del líder izquierdista anterior, Jeremy Corbyn. Sin haberse empeñado con entusiasmo en esta tarea, probablemente no se habría convertido en candidato casi indiscutible en las elecciones de julio de 2024.
Hay otro factor que explica su victoria de ese año, en términos de presencia parlamentaria, la más aplastante del laborismo desde 1935. Desde la iniciativa del referéndum sobre el Brexit hace justamente diez años, Gran Bretaña había tenido hasta 2024 seis primeros ministros tories (cuatro hombres y dos mujeres). Se iban sucediendo sin la mínima lealtad y dejando el país, por lo general, peor de lo que lo encontraron, con un partido a la deriva y la demagogia antieuropea en permanente revisión y corrección para ir limitando daños.
Starmer, como líder de la oposición, jugó a un europeísmo tibio, que nunca cuestionó el Brexit, pero entendió que había que encuadrarlo en un ámbito de relación con los antiguos socios continentales más constructivo y positivo. Como en todas las áreas de su gestión, se refugió en la ambigüedad y la indefinición para protegerse de posibles desgastes. Al final, ha ocurrido todo lo contrario. Ni el laborismo ni el ciudadano británico en general han podido identificar el proyecto que Starmer tenía para el país, si es que tenía alguno.
En la base laborista, los recortes en los servicios públicos que el primer ministro alentaba sin implicarse personalmente en su defensa, dejando esa tarea ingrata a sus ministros correspondientes, han ido provocando una corrosión enorme. El estancamiento brutal de la economía nacional y la resistencia de Starmer a políticas fiscales más audaces, a veces en franca contradicción con el programa vigente del partido y la opinión de algunos de sus dirigentes más notables, le han ido conduciendo a un callejón sin salida.
Para complicar aún más las cosas, sir Keir ha sido el primer jefe de gobierno británico que no ha gozado del privilegio de la «relación especial» con Estados Unidos. Pese a su intento inicial de practicar una adulación contenida a Trump, el premier se ha visto obligado a poner coto a este tóxico empeño. En esos esfuerzos iniciales de preservación del vínculo privilegiado hay que inscribir el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, pese a que en los meandros de Downing Street se conocían las peligrosas conexiones del veterano político laborista con el depredador sexual Epstein. El destape progresivo de las torpezas de la Jefatura del Gobierno en la gestión del destructivo nombramiento dejó una herida incurable en la solidez del exfiscal.
Starmer, como han hecho decenas de jefes de gobierno en Europa, trató de compensar los fracasos en política interior con iniciativas exteriores de cierto relumbre. Cegada o llena de minas la vía atlántica, el primer ministro encontró en un eje francoalemán en horas bajas un factor de protagonismo político. Aunque la fórmula E3 (una suerte de Directorio europeo) se ha limitado a la conducción de la política europea en la guerra de Ucrania, la visibilidad exterior de Starmer ha sido una de sus pocas apariciones libres de la polémica o el escándalo. Como era evidente, tales compensaciones no han valido de nada en el ánimo partidista de Gran Bretaña que, cuando huele la sangre, se lanza despiadadamente contra sus presas. Nadie, ni la en su día intocable Margaret Thatcher, se ha librado de este comportamiento destructivo de líderes políticos.
Para dar el golpe de gracia en el sistema británico es imprescindible una solución de recambio que salga del templo del Parlamento. Los diputados británicos, elegidos por sufragio mayoritario en circunscripciones uninominales, tienen un margen de autonomía superior al de sus colegas de otros países europeos. Si los MPsse conjuran para derribar a uno de los suyos, la débil maquinaria de los partidos no puede hacer nada o casi nada.
En el caso de Starmer, se habían quemado casi todas las opciones. La única que parecía solvente o con la suficiente capacidad de movilizar a la mayoría en el Labour era la de Andy Burnham, que se había marchado de Londres para hacer carrera local hasta convertirse en el alcalde del Gran Mánchester, una villa del norte del país famosa por su aversión a los tories.
Burnham se ha dejado querer durante meses, pero al no ser parlamentario, no tenía opciones de ser candidato. Al final, después de presiones no disimuladas, consiguió que dimitiera una diputada de su región de anclaje y se produjera una elección anticipada (by-election) para cubrir el escaño. El aspirante mató dos pájaros de un tiro: consiguió su asiento en Westminster y venció por veinte puntos al candidato de Reform UK, convirtiéndose en antídoto del fantasma populista.
Nadie sabe muy bien qué va a cambiar el nuevo líder, si es que consigue, como parece, culminar con éxito los procedimientos de elección que comenzarán el próximo 9 de julio. Es un moderado, pero con un discurso más progresista que el actual primer ministro. Tiene mejores dotes oratorias y una imagen más resultona. En sustancia, no parece que vaya a impulsar un gran giro de timón (7). Bastará de momento con unificar de nuevo a sus seguidores en los asientos parlamentarios, tras devolverles la esperanza de poder presentar batalla a los ultras, que siguen avanzando en el continente y al otro lado del Atlántico.
Notas:
(1) Colombia se suma al avance de la ultraderecha en América Latina. SILVIA BLANCO. EL PAÍS, 23 de junio.
(2) Peru Awaits Election Results. CATHERINE OSBORN. FOREIGN POLICY, 11 de junio.
(3) Les Etats-Unis imposent leur tutelle à une partie de l’Amérique latine. ANGELINA MONTOYA. LE MONDE, 13 de junio.
(4) Nigel Farage hails ‘historic shift in politics’ after Reform UK election gains. BEN QUINN. THE GUARDIAN, 8 de mayo.
(5)Prime Minister Keir Starmer’s resignation speech in full. BBC, 22 de junio.
(6) The rise and fall of Keir Starmer: where did it all go wrong?. JONATHAN FREEDLAND. THE GUARDIAN, 22 de junio.
(7) Andy Burnham may find Sir Keir Starmer a hard act to follow. THE ECONOMIST, 22 de junio.

