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Hilde Sánchez Morales: ¡Bienvenidos sean, prudencia y más prudencia!

 

En el año 2022, Elon Musk, el hombre más rico del mundo, presentó a Optimus, el robot humanoide de su empresa Tesla. Adelantó que tendría un coste de fabricación de 10 000 dólares y que lo vendería por una cantidad de entre 20 000 y 30 000 dólares, lo que, según opinaba, supondría fabricarlo en un alto volumen, a bajo coste y con una alta fiabilidad. Optimus es un joven con una estatura de 1,73 m, un peso de 57 kilos y capaz de realizar actividades de la vida cotidiana como caminar, transportar objetos o regar plantas. Según declaraciones de aquel momento de su artífice, este asistente inteligente traería «un futuro de abundancia» y una «transformación de la civilización».

Cuatro años después, Optimus sigue a la espera de comercialización por limitaciones de autonomía y problemas asociados a su «inteligencia». De hecho, versiones previas como Gen 2 y prototipos de Gen 3 mostraron sobrecalentamiento en las articulaciones y, fundamentalmente, dificultades con la duración de las baterías debido a los extraordinarios desarrollos, en los últimos años, de la inteligencia artificial. Previsiblemente, según ha anunciado la compañía, se lanzará al mercado con todas las garantías el próximo año. Pero si están interesados en conocerle, no tienen más que acudir a un concesionario Tesla y contemplar su cuerpo metálico (que no su cuerpo moreno, como dice la canción), aunque, a buen seguro, llegará un momento en el que veremos a estos autómatas contonearse por pasarelas para dilucidar cuál es el más bello del universo.

¡Qué razón tenía don Hilarión cuando en la zarzuela La verbena de la Paloma, estrenada en Madrid en el año 1894, cantaba: «¡Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad!». Así ha sido y así será; no seré yo quien no aclame el progreso en favor de la humanidad. Aunque no me resisto a confesarles, por antigua y romántica, que me quedo con el Hombre de Hojalata de la excepcional película El mago de Oz, pues tuvo el inmenso privilegio de escuchar cantar a la gran Judy Garland quien, acompañada de su pequeño perrito, nos deleitó con una de las más hermosas canciones de todos los tiempos: Somewhere Over the Rainbow.

Sigamos en nuestra realidad. Competidor directo de Optimus es EO, un robot humanoide autónomo creado por 1X, una empresa noruego-estadounidense de robótica e inteligencia artificial que los fabrica para espacios domésticos y está diseñado, entre otras actividades, para limpiar, organizar y doblar ropa. Mide 1,67 m de altura y pesa 30 kilos. Emplea la IA más avanzada para aprender tareas rutinarias del hogar, se adapta al entorno de los usuarios y automatiza las tareas diarias mediante realidad virtual. Su batería ofrece cuatro horas de autonomía por carga y hay dos opciones para hacer uso de sus servicios: por suscripción, alrededor de 499 dólares al mes, o por compra, por 20 000 dólares.

El mercado asiático, con China a la cabeza, ha alcanzado grandes logros en este campo. Hace varios meses pudimos ver a un pelotón de robots chinos bailando y haciendo movimientos impensables con una determinación que se antojaba de ciencia ficción. Proyectos como Moya, que gesticula y es capaz de caminar con gran precisión, y modelos como el G1 de Unitree, ponen sobre la mesa las posibilidades y el futuro de los diseños humanoides y sus usos en nuestras casas a precios «razonables».

Estos nuevos «amigos y conocidos» para los nuevos tiempos, que a priori pueden producir simpatía e incluso cariño en los casos en que nos acompañen en nuestra soledad, suscitan muchas cuestiones éticas. Las principales son las relativas a la privacidad de los datos sensibles de sus usuarios, pues utilizan cámaras, micrófonos o sensores; pero también son destacables los eventuales riesgos de manipulación emocional, sesgos algorítmicos o de responsabilidad ante daños de todo tipo sobre sus «amos/as», particularmente los relativos a violentar la dignidad humana.

Es, por tanto, preceptivo que se garantice la protección de la intimidad evitando que, en un mundo despersonalizado e individualizado como el actual, se establezcan ligaduras afectivas con tan particulares compañías (especialmente entre los más pequeños y los ancianos), que los algoritmos no adopten decisiones que traten vejatoriamente a sus propietarios, o tener claro quién sería el responsable ante errores o accidentes: los programadores, los fabricantes o los usuarios.

Especialmente ilustrativas resultan dos trágicas historias: la de Jonathan Gavalas, un ejecutivo norteamericano de 36 años que se suicidó tras haber mantenido una relación amorosa con Gemini, la inteligencia artificial de Google (su familia acudió a los tribunales al considerar que esta le había llevado a una situación de dependencia afectiva extrema, haciéndole creer que era su esposa sin que el sistema fuera capaz de evitar el fatal desenlace); y la de Sewell Setzer, un adolescente estadounidense de 14 años que se enamoró de un bot de IA de la plataforma Character.AI y también se suicidó.

No nos dejemos deslumbrar, como cuando vemos una bellísima puesta de sol, al límite de olvidar quiénes somos: seres dotados de inteligencia que hemos sido capaces de «traer al mundo» robots humanoides que, sin duda, serán de gran utilidad. Estos ya fueron contemplados en numerosas distopías con su refrendo en películas épicas como Gugusse and the Automaton (1897), Metrópolis (1927) y, más recientemente, Pacific Rim (2013), la saga Transformers, la saga TerminatorAlita: Ángel de combate (2019), Gigantes de acero (2011) o Robot salvaje (2024).

Los robots, a los que a buen seguro acabaremos llamando con nombres comunes como Paco, Sebastián, Carmen o Lola, están ya entre nosotros. Tan solo están esperando a ver la luz cuando estén «preparados» para la vida, como cuando nosotros lo hacemos flotando en el cómodo saco amniótico en el interior del útero de nuestras madres (fábricas), conectados a la placenta para alimentarnos (IA).

¡Bienvenidos sean! ¡Prudencia y más prudencia!

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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