El análisis de la realidad venezolana actual nos obliga a llamar a las cosas por su nombre, sin edulcorantes ni medias tintas. El quiebre que hoy sufre la República no es el resultado de la casualidad, de errores imprevistos o de una simple incompetencia administrativa. Lo que el país padece es la ejecución fría y sistemática de un plan diseñado por los ingenieros del colapso; una estructura orientada a desmantelar las instituciones, asfixiar el aparato productivo y precarizar los servicios básicos para someter al ciudadano a través de la dependencia.
Quienes hoy usurpan las funciones del Estado actúan como los verdaderos sepultureros de la República, intentando enterrar el Estado de derecho, la descentralización y las libertades democráticas fundamentales. Buscan, en última instancia, sepultar la esperanza de cambio.
Esta trágica realidad estructural se evidencia con extrema crudeza en este preciso momento, cuando la nación entera sufre el desgarrador impacto del doblete sísmico que sacudió nuestro territorio. El drama humanitario derivado de los dos terremotos no es solo el resultado de la fuerza de la naturaleza; la magnitud de la tragedia y la vulnerabilidad en la que se encuentran miles de familias reflejan el estado de desamparo al que los ingenieros del colapso han conducido a Venezuela. Un Estado colapsado no previene, no protege y apenas reacciona ante la desgracia.
Pero se equivocan en su cálculo más elemental.
A pesar del libreto de sumisión que intentan imponer, y por encima del inmenso dolor que hoy nos embarga tras la catástrofe natural, hay un factor indomable que estos arquitectos de la ruina jamás podrán presupuestar ni doblegar: la fortaleza y la dignidad del pueblo venezolano.
Frente al diseño del sometimiento y en medio de los escombros de la emergencia actual, la sociedad civil y las comunidades organizadas han opuesto una resistencia histórica basada en la solidaridad, el apoyo mutuo y el rescate de sus espacios locales. La dignidad no es un concepto abstracto; se manifiesta cada día en el vecino que tiende la mano en la dificultad, en las parroquias que defienden su autonomía, y en una ciudadanía que se niega a cambiar sus principios por migajas.
Los sepultureros del pasado no entienden que las bases morales y democráticas de Venezuela están sembradas a demasiada profundidad. La destrucción material es evidente y dolorosa, pero la reserva ética de nuestra gente sigue intacta. Es esa inquebrantable dignidad la que, más temprano que tarde, se impondrá firmemente sobre todos estos obstáculos y reconstruirá los cimientos de la República que nos ha sido arrebatada.
El Poder Ciudadno es la gente. Y es en la gente donde reside la fuerza indetenible que transformará el colapso en reconstrucción.

