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Fabiana Garantón: El peligro de la burbuja venezolana

 

Es completamente comprensible que, tras años de transitar por una tormenta de crisis, miedo, incertidumbre y profundas decepciones, la sociedad venezolana desarrollara un mecanismo de defensa natural: la apatía. Esa desconexión nos llevó a construir burbujas individuales para proteger a los nuestros y buscar sobrevivir. Ciertamente, algunas son más cómodas que otras, pero al final todos nos encerramos en una, concentrándonos obsesivamente en nuestro propio metro cuadrado y dejando de mirar el tablero general. Ese aislamiento fue una estrategia de supervivencia válida y necesaria en su momento; pero hoy, esa comodidad individual corre el riesgo de convertirse en la mayor victoria del totalitarismo: la resignación colectiva.

El libreto autoritario siempre apuesta a la fatiga. Se sostiene bajo la premisa de que, si la gente se cansa lo suficiente, terminará por ceder el espacio público, se olvidará de sus derechos y se conformará con sobrevivir dentro de su burbuja, dejando el destino del país en manos otros. Pero un país no se reconstruye desde la indiferencia. Citando a Martin Luther King: “No me estremece la maldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos”. Y es que la apatía no es un estado neutral; en contextos de opresión, el silencio es una concesión. Romper la burbuja de los buenos significa entender que el bienestar privado que con tanto esfuerzo protegemos siempre será frágil si el marco institucional de la nación sigue en ruinas.

Sin embargo, en la Venezuela actual, quebrar ese cascarón a través de la participación no se traduce en convalidar mecánicamente procesos vacíos. Participar hoy es un acto mucho más desafiante y profundo: es la organización civil para exigir las reformas estructurales que nos han arrebatado y que definirán el futuro de la democracia en las próximas décadas; nuestros hijos y nietos tendrán la Venezuela que hoy construyamos. La Venezuela que merecemos no va a brotar de la inercia; requiere que demos el salto definitivo de habitantes a ciudadanos activos.

Participar hoy significa, antes que nada, recuperar los espacios públicos que nos han querido arrebatar a fuerza de miedo y parálisis. La verdadera ciudadanía no se ejerce bajo techo ni en el secreto de nuestras casas; se entrena en la calle, en la plaza, en la comunidad organizada que se niega a normalizar el desastre. Romper la burbuja de la apatía es entender que el reclamo y la exigencia firme no son delitos, sino el pulso vital de una sociedad que sigue viva. Cuando decidimos callar ante una injusticia por el simple hecho de que “no nos afecta directamente”, estamos cavando el foso de nuestro propio aislamiento.

No podemos seguir delegando la defense de nuestros derechos en terceros ni esperando soluciones milagrosas desde afuera. La organización civil empieza cuando los vecinos se encuentran, cuando los gremios se plantan y cuando la gente común decide que ya basta de silencios convenientes. Protestar ante los abusos, denunciar la corrupción en voz alta y exigir rendición de cuentas de lo que nos pertenece por derecho, es el único antídoto real. El poder avanza solo hasta donde la sociedad se lo permite; cada espacio que cedemos por comodidad o temor, es una trinchera que regalamos.

La supervivencia en aislamiento nos salvó la vida en los momentos más oscuros, pero solo la participación y la indomable organización ciudadana nos van a devolver la República. El bienestar privado que con tanto esfuerzo protegemos entre nuestras paredes siempre será frágil si permitimos que la injusticia gobierne afuera.

Es momento de vencer el escepticismo de la inacción, dejar atrás el repliegue y volver a mirarnos a la cara en lo público. Perdamos el miedo a exigir, a reclamar lo que es nuestro y a alzar la voz por los que hoy no pueden hacerlo. Salgamos de la burbuja de la apatía, ocupemos nuestros espacios, organicémonos sin descanso y demostremos, con la fuerza de la presencia colectiva, que el destino de Venezuela se escribe en sus calles, juntos, organizados y con la frente en alto.

En palabras de Margaret Mead: Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado.

 

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