El plan oficial, anunciado el viernes, no avanza sobre control estatal de la economía en un contexto de crisis energética, caída del turismo y las sanciones de Estados Unidos. Pescadores en La Habana, el 12 de junio de 2026.
Cuba ensaya al borde del abismo su enésima apertura económica.
Cuba ha presentado el que promete ser el paquete de apertura económica más amplio de su historia comunista. A primera vista, las medidas anunciadas por el Gobierno encabezado por Miguel Díaz-Canel tienen potencial para estabilizar la vapuleada economía y responden a las tozudas recomendaciones que economistas de distintas corrientes han hecho durante años. Sin embargo, una segunda revisión revela un conjunto de decisiones poco estructuradas, tardías y limitadas ante un contexto de crisis compleja que golpea desde la agricultura hasta la generación eléctrica, pasando por el turismo, la vivienda y los servicios más básicos.
Incluso algunos de la veintena de temas, encapsulados en el Programa Económico y Social para 2026, son reciclajes de crisis previas. Así, la idea de la autorización expedita y municipal de los permisos que requieren las medianas y pequeñas empresas (mipymes) para operar surgió por primera vez en 2024 y la noción de redirigir los subsidios hacia las personas vulnerables y no a los productos lleva al menos tres años en discusión dentro de la dirigencia del país.
La Habana está bajo un cruce de presiones sin precedentes. La primera, y menos auspiciosa, proviene del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha prometido una fórmula venezolana adaptada a la realidad cubana: un sistema de tutelaje económico dirigido desde Washington y logrado a través de una irrupción violenta del poder.
Esta tensión se ha articulado en forma de un entramado de sanciones financieras, energéticas y comerciales que en la práctica han convertido a la economía caribeña en un paria. Esto incluso ha derivado en el abandono, por parte de las cadenas españolas Meliá e Iberostar, de una treintena de hoteles que operaban en nombre del Grupo de Administración Empresarial (Gaesa), controlada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias en total opacidad como una estructura financiera paralela al Gobierno.
La isla sufre también una presión interna creciente, ante el descontento de los cubanos que han empezado a protestar de manera dispersa, pero continua, frente a los apagones diarios y la previsión de mayores vicisitudes en medio de una escasez de combustibles rampante.
Desde La Habana reportan que, por primera vez en décadas, y con la soga al cuello, el régimen ha manifestado su intención de avanzar hacia un grado relevante de reformas necesarias, lo que abre una pequeña ventana para la normalización. La duda es si los dogmas castristas permitirán a la cúpula política y militar reconocer el agotamiento del modelo de centralización estatal total.
Para Pavel Vidal, doctor en Economía por la Universidad de La Habana, hoy impartiendo clases en Colombia, la intención de transformación llega muy tarde, está fragmentada y no encaja con una estrategia de negociación con Estados Unidos, indispensable para sacar al país del atolladero. Cualquier reforma en Cuba no podrá tener un efecto importante para ayudar a la salida y la estabilización de la crisis económica —que es lo que se necesita— si no hay una negociación con Estados Unidos, refiere.
En un ambiente de confidencialidad y nerviosismo, el mandatario cubano ha asegurado que, si bien está en conversaciones con Washington, no dará el brazo a torcer fácilmente, dando por descontado que el Partido Comunista Cubano (el único autorizado) no contempla la renuncia. Son medidas que no están en sintonía si no hay una flexibilización de las sanciones, si no hay combustible y si Cuba no logra encontrar un nuevo modelo de reinserción internacional, ya no apoyado en los acuerdos con Venezuela, que ha sido la vía, prácticamente, durante todo este siglo. Eso ya se acabó, sostiene el también extrabajador del Banco Central de Cuba.
El Departamento del Tesoro de Estados Unidos agregó recientemente una ronda de bloqueos financieros contra el presidente, parte de su familia política, Alejandro Castro Espín (hijo del exmandatario Raúl Castro) y entidades como el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Minfar), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y Gaesa. Y hablando de Gaesa no he encontrado anuncios que indiquen ningún tipo de acción sobre este conglomerado militar-empresarial, que controla alrededor de 40% de la economía; los sectores más redituables, las principales fuentes de ingresos en divisas y que controla las reservas internacionales, zanja Pavel.
De esta manera, al país se le van agotando los bastiones para sostenerse productivamente. La isla había anclado la mayor parte de sus ingresos al turismo. El año pasado, el turismo representó un 50% del Producto Interno Bruto (PIB). Gaesa controla la mayoría de los 340 activos hoteleros de la isla, además del transporte, las gasolineras, una parte importante del comercio, las telecomunicaciones y el envío de remesas. A través de Gaviota S. A. posee al menos 120 hoteles, casi todos de alta gama y, hasta ahora, gestionados por cadenas extranjeras. Hoy, muchas de esas gigantescas torres, anacrónicas frente al envejecimiento de su entorno, están vacías.
Todo lo que tiene que ver con el cambio económico en Cuba es eminentemente reactivo y de mínimos, sintetiza Ricardo Torres, también doctor en Economía por la Universidad de La Habana. Cuando la cosa se pone muy mala, cuando la crisis arrecia, optan por introducir unos cambios pequeños para tratar de lidiar con la crisis, para agarrar oxígeno. Pero nada indica que sea una transformación mucho más sustancial y permanente. Y la historia, lamentablemente, ha demostrado que cuando a veces la situación mejora o se estabiliza, el Gobierno rema hacia atrás, agrega el investigador radicado en Washington.
El aparato estatal mantiene un férreo control sobre el 90% de los medios productivos, mientras supervisa con burocracia la acción de los pocos privados que reman contra la corriente. El sector aporta cerca del 15% del PIB y alrededor del 30% del empleo, particularmente en el comercio minorista, donde subsanan gran porción de la demanda, según estimaciones privadas.
Los economistas cubanos aún son cautos, pues la alocución ofrecida por Díaz-Canel ante periodistas este viernes puede resumirse como un conjunto de titulares que deben ser plasmados en regulación, antes de convertirse en realidad. En resumen, el programa ofrece al menos una intención de amplificar los espacios de mercado, procurar una mayor participación del sector privado y de la inversión extranjera, aunque no altera la esencia monopólica del Gobierno sobre las principales industrias. Y en las reformas económicas, como en la vida, el diablo está en los detalles.
Eyanir Chinea – El País de España

