A ti debe importarte lo que a mí me pase, pero a mí no me debe importar lo que a ti te pase: así piensa el desagradecido y el mala paga.
La lealtad es un valor que solo se pone a prueba cuando las luces se apagan y los intereses se desvanecen; quien se esconde en la tormenta, nunca fue parte del refugio que construiste en la calma. Crisanto Gregorio León.
En la cultura venezolana existe una expresión tan breve como demoledora: “¡Sí, Luis!”. Esta frase, utilizada con una carga de ironía absoluta, funciona como un escudo contra el engaño; es la respuesta instintiva ante una promesa que carece de garantía o ante una pretensión que solo busca la explotación del otro. Esta dinámica se vuelve trágica cuando alguien, con total desparpajo, le dice a su benefactor: “No tengo con qué pagarle en este momento, yo le pagaré después, cuente con ese dinero, pero trábájeme gratis ya”.
Ante tal desfachatez, la respuesta es el “¡Sí, Luis!” cargado de escepticismo, pues es evidente que el compromiso de pago es tan inexistente como la lealtad de quien lo propone. Este intercambio no es solo un juego de palabras; es la radiografía de una estafa emocional donde el manipulador asume que el otro aceptará las condiciones de precariedad mientras él, cuando llegue el momento de cumplir, simplemente desaparecerá, sin que haya forma de que dé señales de vida ni se manifieste en ningún escenario. En esencia, su compromiso es más falso que escalera de anime; todo con el objeto de no cumplir, pues desde un principio juró en vano y sabía que no iba a cumplir.
El egoísmo como eje de la relación humana
La vida, en sus interacciones más complejas, a menudo se convierte en un escenario donde las voluntades colisionan y los intereses se disfrazan de afecto. Existe una categoría particular de personas que parecen regirse por una máxima tan devastadora como reveladora: “A ti debe importarte lo que a mí me pase, pero a mí no me debe importar lo que a ti te pase”; así piensa el desagradecido y el mala paga. Esta no es una simple postura de independencia, sino la manifestación de un egoísmo calculador que se instala en las relaciones humanas para minar la reciprocidad.
La falacia de la superioridad
En el corazón de este comportamiento reside una falacia de superioridad. La persona que opera bajo esta lógica ha internalizado la idea de que sus circunstancias —sus crisis, sus metas y su bienestar— son el eje único sobre el cual debe girar la existencia de quienes le rodean. Para estas personas, la empatía es un recurso finito que, por derecho propio, debe fluir siempre en una sola dirección: hacia ellas mismas. Cuando el otro le expresa que se encuentra en problemas y que necesita ayuda, el sujeto central reacciona con indiferencia, minimización o con la irritación de quien siente que su paz ha sido indebidamente interrumpida.
El arte de la invisibilidad
Uno de los rasgos más definitorios de este perfil es su capacidad de desvanecerse en los momentos críticos. Esas personas, que habitan los escenarios de nuestra vida mientras todo marcha con normalidad, parecen desarrollar una técnica de invisibilidad instantánea cuando la persona de quien se han servido atraviesa un problema real. No están en nuestra vida por quiénes somos, sino por lo que representamos en su teatro personal. Si el escenario que construyeron a nuestro lado comienza a arder, simplemente encuentran la salida más rápida. Su desaparición, marcada por el bloqueo de comunicaciones y el uso del ghosting como arma, no es fruto de la casualidad, sino una maniobra de defensa para evitar la responsabilidad emocional y la obligación moral de corresponder.
El cinismo del retorno
La vida, sin embargo, posee una ironía implacable. El ciclo de la conveniencia suele cerrarse cuando la misma persona que se ocultó —aquella que eligió el silencio ante el dolor ajeno— comienza a experimentar su propia crisis. Es este el punto donde el comportamiento alcanza su cenit cínico: al percatarse de que el problema ahora les pertenece a ellos, su memoria se restaura milagrosamente. Intentan reaparecer con una naturalidad pasmosa, pretendiendo que el “servidor” retome su rol de apoyo incondicional, como si la relación no hubiera sufrido una fractura profunda en el momento en que decidieron que su comodidad era más importante que la lealtad compartida.
La verdadera lealtad
La madurez emocional exige reconocer que una relación debe ser un intercambio de apoyo y respeto. Aquellas personas que solo aparecen bajo la luz de los reflectores cuando todo brilla, pero se esconden cuando las sombras acechan, no merecen un sitio preferencial en nuestra narrativa. La verdadera lealtad no es una función de la utilidad, sino una constante que se mantiene, precisamente, cuando los escenarios se vacían y el silencio se vuelve absoluto.
El que desaparece en tu momento de necesidad revela que su presencia nunca fue un compromiso, sino una transacción; cerrarles la puerta no es un acto de soberbia, sino una necesaria restauración de tu propia dignidad. Crisanto Gregorio León.
Profesor universitario – crisantogleon@gmail.com

