Hace más de cinco siglos, las costas de lo que hoy conocemos como Venezuela aparecieron ante los ojos de Cristóbal Colón durante su tercer viaje al Nuevo Mundo. Desde entonces comenzó para estas tierras una larga historia de dependencias, sometimientos, rebeldías y sueños de libertad que, a decir verdad, quizá todavía no terminan de concretarse.
Fuimos una colonia española durante más de trescientos años. Y aunque en 1810 declaramos nuestra independencia, aprovechando el desconcierto que produjo en España la invasión napoleónica y la imposición de José Bonaparte en el trono, aquella ruptura inicial todavía estaba teñida de ambigüedad: la Junta Suprema decía actuar en nombre de Fernando VII y “defender sus derechos”. Pero cuando el monarca regresó al poder, ya el espíritu emancipador había despertado y siguió luchando, esta vez no por un rey cautivo, sino por la idea —todavía lejana y difusa— de una nación libre.
Sin embargo, el primer gran yugo en estas tierras no lo padecieron los criollos, sino nuestros indígenas.
La conquista tuvo luces y sombras, aunque las sombras fueron demasiadas veces, atroces. Hubo hombres honorables, sí; pero también hubo esclavitud, humillación y violencia. En nombre de la civilización y de la fe, muchos indígenas fueron sometidos a tratos crueles e incluso obligados a abandonar sus creencias ancestrales bajo coerción y coacción.
El propio Colón envió indígenas a España para ser vendidos como esclavos y allí surge una figura extraordinaria para su tiempo: la reina Isabel la Católica. Al enterarse, reaccionó indignada. La Historia conserva aquella frase memorable: “¿Qué poder tiene mi Almirante para dar a nadie a mis vasallos?”.
Ordenó entonces que los indígenas fueran considerados “vasallos libres”. La expresión siempre me ha parecido profundamente contradictoria: cuesta imaginar libertad verdadera en quien debe obediencia absoluta a otro ser humano, pero hay que entender aquella decisión dentro de su contexto histórico. Para una época en la que los monarcas eran prácticamente omnipotentes, aquello constituyó un acto de humanidad poco común. Años después, en su testamento, Isabel insistiría en que los indígenas no recibieran agravio alguno y fueran tratados con justicia. Parecía un avance moral importante, pero nuestra historia siempre tiene un “pero”.
En 1502 llegó a América Bartolomé de las Casas como encomendero. Conmovido por los abusos que sufrían los indígenas y profundamente influenciado por los sermones del fraile Antón de Montesinos, terminó renunciando a sus privilegios y se convirtió en fraile dominico. Durante años denunció ante la Corona los excesos de la conquista. Muchos lo consideran precursor de los derechos humanos.
Sin embargo, el mismo hombre que defendía apasionadamente a los indígenas sugirió sustituir su mano de obra por esclavos africanos.
Resulta imposible no estremecerse ante semejante contradicción moral: liberar a unos seres humanos para esclavizar a otros. Tal vez allí entendemos una de las tragedias más persistentes de la humanidad: la facilidad con la que los hombres defienden principios universales… siempre y cuando no incluyan a todos. Aunque hay que reconocer que al final de su vida, de las Casas se arrepintió y pidió perdón por haber esclavizado a los africanos.
Aquellas denuncias de Bartolomé de las Casas alimentaron, además, lo que luego sería conocido como la Leyenda Negra la visión de un Imperio Español excepcionalmente cruel, intolerante y atrasado. Una narrativa que, impulsada también por las potencias rivales de España, terminó simplificando una realidad mucho más compleja y contradictoria.
Quizá por eso me pregunto hoy si los venezolanos hemos sabido realmente, en algún momento de nuestra historia, lo que significa ser libres.
Después de la separación de la Gran Colombia, Venezuela quedó casi permanentemente en manos de militares, caudillos y hombres fuertes. Las excepciones civiles fueron escasas y fugaces. Vargas, Narvarte, Pedro Gual, Manuel Felipe de Tovar, Rojas Paúl, Guillermo Tell Villegas, Rómulo Gallegos… nombres que aparecen como pequeños respiros en medio de una larga tradición autoritaria y casi todos removidos por la fuerza.
Incluso nuestra llamada República Civil (1959-1999) fue relativamente breve.
Tal vez por eso no me sorprende escuchar, cada vez con más frecuencia, a personas que consideran “una gran idea” convertirnos en el estado número 51 de los Estados Unidos.
No comparto esa visión y no la compartiré jamás.
Las Leyes de Indias trataban a los indígenas como menores de edad incapaces de gobernarse a sí mismos. Convertirnos en un apéndice político de otra nación sería, en esencia, aceptar algo parecido: la renuncia definitiva a nuestra madurez histórica y política. Sería admitir que no podemos conducir nuestro propio destino y a esa idea ha contribuido el enorme fracaso de los últimos veintisiete años. Pero eso tendría consecuencias devastadoras para nuestra identidad, nuestras instituciones y nuestros derechos civiles.
Yo sigo creyendo en la posibilidad de una Venezuela auténticamente libre. Un país con instituciones independientes, con ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, con justicia verdadera y con honestidad pública. No sé si llegaré a verlo, pero quisiera pensar que algún día, alguna de mis hijas o de mis nietos, podrá vivir en una Venezuela donde la palabra libertad deje de ser una aspiración romántica y se convierta, por fin, en una realidad cotidiana.
@cjaimesb

