No hay duda alguna de que sólo los que tienen el corazón en paz podrán ser sembradores de paz y contribuirán a gestar un mundo mejor en medio de tantas violencias, injusticias y problemas. La lucha por la paz y la justicia deben comenzar en el corazón de cada persona. Ser pacífico o constructor de paz no implica adoptar posturas pasivas, sino comprometerse y luchar por la verdad y la justicia, para que sea posible una Venezuela fraternal y un mundo donde empiece a germinar la civilización del amor. Pero no seremos capaces de romper las cadenas externas de la injusticia, la violencia o la miseria, si no somos capaces de romper las cadenas internas del egoísmo, el odio, el consumismo…, que atenazan los corazones. No derrotaremos la corrupción y la injusticia con corazones apegados a la riqueza, el lujo y el tener; no construiremos democracia con corazones aferrados al poder; no estableceremos un mundo fraternal con corazones llenos de odio y de violencia. De ahí la urgente necesidad de que todos comencemos desarmando nuestro corazón.
Para desarmar los corazones es importante que aprendamos a resolver los conflictos mediante el diálogo y la negociación, de modo que todos salgamos beneficiados de él, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación, y no para la destrucción. La calidad de cualquier institución (familia, escuela, sociedad…) no se determina por si tiene o no conflictos, sino por el modo en que los resuelve. Un conflicto de pareja, asumido con comprensión, puede robustecer el amor. Un conflicto en un salón de clases, donde el profesor se esfuerza no tanto por reprimirlo, sino por comprender lo que los alumnos tratan de manifestarle con su conducta, puede resultar una experiencia verdaderamente educativa para todos. Un conflicto social donde las partes enfrentadas tratan de resolverlo pacíficamente de modo que todos salgan beneficiados, puede ser una excelente oportunidad de avanzar hacia una sociedad más humana y más justa.
Los educadores deberíamos ser especialistas en resolver conflictos. Para ello, debemos perderles el miedo y aprender a considerarlos como oportunidades privilegiadas para educar. ¡Cuánto avanzaríamos en la creación de un clima motivador si alumnos, maestros y padres nos percibiéramos como colaboradores y no como adversarios! No olvidemos nunca que todos los maestros y profesores tenemos poder, pero no todos tenemos autoridad. Recordemos que la palabra autoridad proviene del verbo latino augere, que significa alentar, animar, ayudar (las palabras auge y aupar, son primas hermanas de autoridad). Tenemos poder para mandar callar al alumno, para sacarlo del salón y enviarlo a la dirección, para bajarle puntos, castigarlo o ponerle una mala nota. Poder dado por la institución, por el cargo, pero la autoridad sólo nos la pueden dar los alumnos. Y sólo la darán si ven coherencia en nosotros, si se sienten queridos, si comprenden que en definitiva, nos preocupamos por ellos y buscamos su bienestar. Por lo general, los maestros y profesores que quieren a sus alumnos y son queridos por ellos, no suelen tener graves problemas de disciplina y, si los tienen, son capaces de resolverlos sin serios inconvenientes.
La mayor parte de los conflictos en educación surgen porque las normas no están claras o no han sido suficientemente analizadas o asumidas. De ahí la importancia de construir con los alumnos las normas de disciplina o el manual de convivencia, basándose en el respeto, la comprensión y la participación. La disciplina es necesaria. Es imposible educar en un ambiente de irrespeto, violencia, o donde cada uno hace lo que le viene en gana. El problema radica en cómo proponer una disciplina que sea aceptada por todos como condición esencial para posibilitar la educación. La disciplina que ayuda, es aceptada sin problemas. La que reprime resulta odiosa y es rechazada. Es por ello, muy necesario que analicemos y cuestionemos con los alumnos el reglamento, la pedagogía, la pertinencia o no de los contenidos que enseñamos, las formas de evaluar, buscando consensos y responsabilidades. La razón del cumplimiento de los deberes y obligaciones, del respeto mutuo, no se centra en el poder del docente, en las exigencias del reglamento, sino en la corresponsabilidad, en el acuerdo común, y en los objetivos y metas señalados comunitariamente.
En cuanto a la política, como unión de los iguales que son diferentes, es inconcebible la democracia sin conflicto. En palabras de Edgar Morin, “la democracia exige consenso, diversidad y conflicto. La democracia constituye la unión de la unión y de la desunión, tolera y se alimenta de conflictos que le dan vitalidad”. Sólo las dictaduras y los gobiernos autoritarios que imponen por la fuerza un único modo de ver las cosas, impiden que afloren los conflictos y tratan de impedirlos, ahogarlos y reprimirlos.
La democracia es un poema de la diversidad y en consecuencia considera los conflictos como parte constitutiva de su propia esencia. El problema viene del modo como intentemos resolverlos. Ya desde Aristóteles y los pensadores griegos, el arte de la política consistía en resolver los conflictos mediante la palabra (de allí viene parlamento, nombre con que se conoce la Asamblea o Congreso), el diálogo, la negociación, desechando cualquier recurso a la violencia, la mentira y la manipulación, que son medios propios de los pueblos primitivos y de las personas inmaduras y autoritarias. Mandar en ver de persuadir eran formas prepolíticas, típicas de déspotas y tiranos. Los que en nombre de la democracia están dispuestos a recurrir a la violencia, la persecución, la amenaza o el engaño, no entienden qué es la democracia y ciertamente no podrán gestarla y terminarán matándola. El fin no justifica los medios, y ciertos medios imposibilitan el logro de determinados fines. No olvidemos que los frutos deben estar ya en la semilla, la cosecha en la siembra. Será imposible recoger convivencia, unión, respeto, si sembramos división, violencia, odio.
Cuando los conflictos se tornan graves, es necesario convencerse de que no hay alternativa al diálogo y la negociación y que la verdad está siempre en el acuerdo. Los negadores del diálogo, los intolerantes, los soberbios, sólo necesitan el discurso descalificador y dogmático, que encontrarán en las diatribas de un demagogo, en los evangelios de su caudillo o en el fanatismo de su secta. Para ellos, la forma de hacer política es la violencia y su causa está por encima de los demás, a los que trata de aplastar. Por ello, no son ni pueden ser constructores de convivencia, democracia y paz.
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