Xi Jinping no recibió a Trump en el aeropuerto; ese gesto diplomático lo reserva exclusivamente para aliados de primer orden, como Vladímir Putin y Kim Jong-un. Por el contrario, la ceremonia imperial del recibimiento oficial estuvo diseñada como una demostración del peso y la plena importancia que ostenta la China actual. Ante este despliegue, la comparecencia de Trump acompañado de un séquito de supermillonarios sirvió para dejar en evidencia su persistente mentalidad de negociante.
Desde su primer discurso oficial, Xi Jinping se encargó de marcar las pautas de la agenda global. En primer lugar, advirtió la necesidad de descartar la denominada “trampa de Tucídides”, aquella teoría que propugna el uso de guerras preventivas para anular a rivales emergentes. Esta concepción ha sido doctrina oficial en Washington desde hace más de medio siglo —particularmente defendida por los neoconservadores del Partido Republicano— y fue instrumentalizada tras los atentados del 11 de septiembre en la llamada guerra contra el terrorismo en países como Irak, Afganistán e Irán. Al respecto, el mandatario asiático enfatizó que, de verse obligada, China se encuentra plenamente preparada en el campo económico, tecnológico y militar. Como alternativa, propuso una competencia con reglas claras bajo el concepto de “estabilidad estratégica global”, lo que supone un entendimiento mutuo sin amenazas ni agresiones, fundamentado en el respeto a los intereses legítimos de cada nación y en un nuevo orden regido por normas acordadas. Asimismo, dejó en claro que Taiwán pertenece a China, definiéndolo explícitamente como una línea roja innegociable.
Frente a este posicionamiento, los logros de Trump se limitaron a la firma de contratos comerciales para que el gigante asiático adquiera aviones estadounidenses y soja. Con su estilo característico, el mandatario norteamericano vendió estos acuerdos ante su audiencia local como un rotundo triunfo, afirmando haber traído una enorme cantidad de dinero para los Estados Unidos. Sin embargo, en los asuntos verdaderamente cruciales de la geopolítica, regresó con las manos vacías: China no va a deponer su respaldo a Irán, no abandonará su alianza estratégica con Rusia ni renunciará a su compromiso de consolidar un orden global multipolar.
La solidez del proyecto chino se ve respaldada por medidas concretas. El gigante asiático acaba de aprobar un nuevo plan quinquenal mediante el cual aspira a gestionar el 70 % de su aparato productivo y de su economía a través de la Inteligencia Artificial. Además, Pekín ha suscrito un acuerdo por quince años con Irán e Irak destinado a estabilizar el Medio Oriente por medio de megaproyectos energéticos, nuevas rutas comerciales y mecanismos de defensa mutua. Este pacto contempla la prescindencia absoluta del dólar y de todo el entramado occidental de pagos y transferencias financieras.
Mientras China demuestra claridad sobre su posición y sus objetivos a largo plazo, Estados Unidos se encuentra sumido en una profunda crisis de identidad. Fuertemente dividido, el país norteamericano parece atrincherarse en su hemisferio occidental bajo una conducción errática, mientras lidia con una economía aquejada por el endeudamiento, la inflación y la recesión. Al mismo tiempo, su administración pierde respaldo popular y se aísla de sus aliados naturales en Europa, así como de socios clave como Japón y Corea del Sur. Si bien la crisis estadounidense no es terminal, sí es de larga duración. Habituados a los evidentes éxitos del siglo XX como potencia dominante y hegemónica, sus círculos de poder no terminan de asumir ni de comprender que en el siglo XXI el tablero internacional está cambiando, y no precisamente a favor de su preeminencia.

