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Timothy Garton Ash: Cómo derrotar a Vladimir Putin

 

Ningún dictador es eterno. Vladímir Putin desaparecerá algún día. Varios informes recientes indican que la economía rusa está cada vez más debilitada y que hay descontento social y pérdida de confianza dentro del régimen, pero sería una tontería llegar a la conclusión de que el fin está cerca. Las únicas cosas que pueden derrocar a Putin son la muerte o la propia Rusia y nadie sabe cuándo ni cómo sucederá. Lo que pueden hacer las democracias de Europa y otras partes del mundo es perfeccionar una estrategia para frustrar sus ambiciones externas. He aquí una lista, nada exhaustiva, de ocho elementos que deberían formar parte de esa estrategia.

Tener un objetivo claro. Putin quiere someter a Ucrania, restaurar todo lo posible del imperio ruso, destruir la credibilidad de la OTAN, debilitar a la Unión Europea y restablecer una esfera de influencia rusa sobre Europa del Este. Impedir que lo consiga es derrotarlo.

Seguir ayudando a Ucrania. El 11 de junio, la guerra de Rusia contra Ucrania sobrepasará la duración de la Primera Guerra Mundial. La proeza ucrania de haber logrado contener a un adversario mucho más poderoso es asombrosa. Dada la zona de muerte que crean los drones en la primera línea de batalla, es muy poco probable que esta guerra se decida en el frente, pero las dos partes se dedican a bombardear la retaguardia, con consecuencias para las infraestructuras energéticas, la economía y la moral. La decisión del presidente Donald Trump de retirar el apoyo estadounidense ha hecho más difícil la defensa de Ucrania, pero no la ha interrumpido. La caída de Viktor Orbán en Hungría ha desbloqueado 90.000 millones de euros de ayuda europea, que deberían garantizar que el país tenga presupuestos hasta finales de 2027. Pueden pasar muchas cosas, pero la más probable es que esta guerra se prolongue durante algún tiempo.

Sin embargo, ni siquiera cuando termine habrá terminado. A diferencia del Día de la Victoria de 1945, cuando cesen los disparos no sabremos quién ha ganado. La llegada de la “paz” —seguramente en forma de un alto el fuego que acabe siendo una paralización más duradera de las hostilidades con arreglo a la línea del frente actual— será otro momento peligroso para Ucrania. Dentro del país, es posible que todas las diferencias sociales y los traumas acumulados durante años de guerra estallen en una campaña electoral presidencial llena de indignación y una política posterior muy divisiva. Fuera de sus fronteras, Europa podría desviar su atención enseguida hacia otros lugares, tal como perdió el interés en Bosnia después del acuerdo de paz de Dayton de 1995. Por desgracia, existe una posibilidad muy real de que las cuatro quintas partes de Ucrania que Rusia no ocupa se conviertan en un Estado despoblado, plagado de conflictos internos y disfuncional. Eso sería una victoria para el Plan B de Putin, que consiste en arruinar Ucrania, si no puede controlarla. Solo cuando Ucrania sea un Estado miembro de la UE razonablemente próspero, seguro, estable y democrático, podremos decir que Putin ha sufrido allí una derrota.

Aumentar la presión económica sobre Rusia. El efecto perverso de la guerra que Trump ha decidido librar contra Irán es el aumento de los ingresos de Rusia por petróleo y gas, además de un levantamiento parcial de las sanciones existentes. Para derrotar a Putin, debe ocurrir lo contrario. Además de endurecer las sanciones y apoyar los ataques ucranianos de largo alcance contra las infraestructuras energéticas rusas, Europa debería actuar con más dureza contra la flota fantasma de Rusia. Casi la mitad de las exportaciones de petróleo de Rusia pasan por el mar Báltico, muchas veces en petroleros a los que ya se ha sancionado alguna vez.

Impedir un nuevo ataque ruso. Se está dedicando mucha atención —y está bien— a organizar una transición de entre cinco y diez años de la seguridad europea actual, dependiente de Estados Unidos, a una situación en la que Europa pueda defenderse por sí misma. Pero es muy probable que el mayor riesgo de ataque ruso contra el territorio de la OTAN y la UE se produzca en los primeros años de esa transición, especialmente en 2027-2028. Putin es un anciano y tiene prisa, está obsesionado con restaurar la grandeza de Rusia y —como suele ocurrir con los dictadores veteranos— vive cada vez más alejado de la realidad. Dispone de un gran ejército curtido en mil batallas y preside una economía de guerra. Enfrente tiene a una Europa que ahora empieza a rearmarse y a un presidente estadounidense que seguramente no cumplirá con el compromiso del Artículo 5 de la OTAN de defender a un aliado de Europa del Este si lo atacan. Ahora bien, Putin solo puede contar con la presencia de Trump en la Casa Blanca hasta el 20 de enero de 2029, así que esta es la mejor y quizá la última oportunidad para demostrar que la OTAN es un tigre de papel. No necesitaría un ataque frontal a gran escala, sino que le bastaría con ocupar unos cuantos kilómetros cuadrados de Estonia, Lituania, una isla del Báltico o cualquier otro lugar del flanco oriental.

Aunque hay pocas probabilidades de que se produzca un ataque de este tipo, el riesgo que entrañaría es tan grande que es fundamental reforzar la disuasión. Si pudiéramos confiar en el presidente de Estados Unidos, las normas actuales de la OTAN, bajo el liderazgo estadounidense, bastarían para ello. Como no es así, es urgente que elaboremos un plan alternativo, en el que las fuerzas europeas (sobre todo las alemanas) que hoy prestan servicio bajo el mando de la OTAN, junto con las de agrupaciones regionales como la Fuerza Expedicionaria Conjunta de Gran Bretaña, los países nórdicos, los países bálticos y Países Bajos, puedan impedir por sí solas un ataque de este tipo. Es un empeño muy difícil pero que ahora resulta esencial.

No limitarse a actuar a la defensiva en el frente híbrido. Un gran artículo publicado recientemente por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores sostiene que, dada la enorme magnitud de la campaña híbrida de Rusia contra Europa, no debemos limitarnos a defendernos, sino que debemos trastocarla y, con unos límites cuidadosamente marcados, pasar a la ofensiva. (Léanlo para saber más detalles.)

Hablar con todas las Rusias. Se ha debatido la posibilidad de nombrar a un representante europeo de alto nivel con el encargo de que hable con Putin. ¿Pero qué le diría, suponiendo que él estuviera dispuesto a escuchar? Está bien mantener abiertos los canales de comunicación con el Kremlin, incluidos los canales extraoficiales. Pero el único lenguaje que Putin entiende de verdad es el de la fuerza militar y económica y la muestra de que hay voluntad política de ejercerla.

Es más importante hablar con otros tres sectores de la sociedad rusa: las élites empresariales, profesionales e incluso burocráticas que todavía no se han ido del país; la sociedad rusa en general; y la otra Rusia, que hoy vive en su mayor parte fuera y desea la derrota de Putin con más ansia que nadie. Aunque los mensajes concretos serían diferentes para cada grupo, habría un tema común: “Es posible otra relación con Rusia si…”. A corto plazo, este diálogo no causará mucho efecto, pero puede dar fruto cuando llegue el momento del cambio.

Librarnos de nuestros propios nacionalistas. Putin no tiene ahora mismo a nadie que sustituya al húngaro Orbán y ejerza el derecho a veto en nombre de Rusia en la mesa de decisiones de Bruselas. El eslovaco Robert Fico no le llega ni a la suela del zapato. Pero los partidos antiliberales, populistas y nacionalistas siguen teniendo las riendas en otras partes de Europa. Si Jordan Bardella es presidente de Francia en 2027 y Alternativa para Alemania (AfD) es el mayor partido del Bundestag en 2029, Putin tendría nuevas oportunidades de dividir y desgarrar a Europa.

No solo hacer algo, sino estar ahí. He dedicado más años de mi vida de los que me gustaría recordar a estudiar las políticas de Occidente respecto a la Unión Soviética. Hay una conclusión innegable: lo más importante que hicimos para ganar la Guerra Fría no fue ninguna medida de política exterior, sino sencillamente hacer que nuestras sociedades fueran seguras, fuertes, prósperas y atractivas, y luego, estar ahí. Lo mismo ocurre ahora. Quizá mañana se produzca un cambio político significativo en Rusia, o quizá no pase nada hasta dentro de otros 10 años. La tarea más difícil para un grupo compuesto por democracias liberales diferentes es también la más importante: la paciencia estratégica. Si somos capaces de tenerla, el tiempo jugará a nuestro favor.

 

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