Puede ser —y esto es una hipótesis, pero de esas que se te quedan fermentando en la boca del estómago— que Pedro Sánchez, ese muñequito de perro que mueve la cabeza, termine cayendo por culpa de José Luis Rodríguez Zapatero. No por traición, no por conspiración cortesana, no por un jaque mate brillante. No. Por algo más simple, más grotesco, más irónico, más propio de tragedia con olor a cloaca: por arrastre, por ese remolino oscuro que hace el cuerpo cuando se hunde y succiona al que tuvo la mala idea de acercarse demasiado.
Zapatero fue durante años una suerte de tótem de trapo de Sánchez, un muñeco chamánico que se agitaba para espantar fantasmas y ondear estandartes de progresismo. Pero los tótems, cuando se pudren, revelan la carcoma. Y Zapatero, con sus peregrinaciones tropicales, sus amistades sin asepsia democrática y su vocación de mediador de negociados, terminó convertido en un personaje que supura un líquido espeso, corrosivo, hediondo, como si llevara dentro un reactor averiado. Y en política, cuando algo supura, siempre cae sobre el que estuvo cerca. De poco o nada sirve fingir un ataque de amnesia mística.
Arturo Pérez‑Reverte, con su puntería de verdugo literario, Hacé algún tiempo dejó caer aquella frase que ya funciona como epitafio ambulante: Zapatero pasó de tonto a malo. “Usted junta un malo con mil tontos y acaba con 1001 malos”. Esa frase no es un juicio: es un retrato. Y los retratos, cuando se fijan, no hay sombra que los tape.
El problema para Sánchez no es la frase, sino el eco, ese eco que se pega a las paredes como moho. Porque cuando un escritor con reputación de acero lo dice, queda grabado. Y cuando la justicia empieza a mirar a Zapatero con lupa y le va encontrando una colección de pústulas, el eco se vuelve más oscuro, más denso, casi orgánico. Ese eco no pregunta: respira. No acusa: exhala. No señala: proyecta una sombra que se mueve sola. Y esa sombra cae, inevitablemente, sobre quien lo acolitó, lo exhibió, le dio calificación de “certificado moral”.
La hipótesis es sencilla: Zapatero es el árbol viejo, hueco y lleno de termitas, que al caer no elige sobre quién se desploma. Y caerán varios y de muy variado pelaje. Porque los delincuentes, con su ego recrecido, dejaron el reguero de evidencias de sus crímenes. Sánchez, que lleva años sobreviviendo a tormentas internas, motines de partido, socios volátiles y oposiciones rabiosas, y que por torpeza y egotismo no se la vio venir, podría terminar resbalando por culpa de un personaje visiblemente descompuesto que el mismo Sánchez adoptó porque creyó que le convenía. La ironía es casi literaria: el mentor simbólico convertido en veneno; el protector transformado en cadalso; la figura que daba relato convertida en contaminación tóxica.
Y entonces Sánchez no caería por la ferocidad de sus enemigos, ni por sus monstruosos errores, ni por sus decisiones trucadas. Tampoco por haber confundido viveza politiquera con talento como estadista. Caería, irónicamente, por la sombra larga, húmeda y ya maloliente de los zapatos de Zapatero, que pasó a ser peso en descomposición. Un fantasma que no empuja la silla: le acaba serruchando las patas con mirada mefistofélica. Y cuidado y no sea Zapatero el único ex presidente preso.
El asunto da para una novela nueva de Pérez‑Reverte, que tendría que escribir con un pañuelo empapado en alcohol pegado a la nariz para no vomitar del hedor, y quizá con una máscara antigás para no intoxicarse con los gases que suelta tanta materia política en descomposición.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

