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Soledad Morillo Belloso: ¿Qué significa la renuncia de Edmundo González Urrutia?

 

La renuncia de Edmundo no es un gesto: es una incisión. Un corte limpio, casi silencioso, que deja ver la carne viva de un país que ya no puede seguir fingiendo que respira por tubos ajenos. Su renuncia cae sobre la mesa como un vidrio que se quiebra sin estruendo, pero cuyo filo queda ahí, brillando, recordando que a veces lo más contundente es lo que no hace ruido. Edmundo entiende que hay nombres que, cuando se vuelven símbolo, empiezan a pesar más de lo que empujan. Y decide apartarse antes de convertirse en un obstáculo más en un país saturado de obstáculos.

Lo que hace es quirúrgico. Le arranca al régimen su muleta favorita: la del “presidente paralelo”, ese muñeco de trapo que usaban para justificar persecuciones, burlas y operetas. Y al mismo tiempo le despeja a la oposición el camino para hablar de elecciones sin el lastre de un mandato simbólico que ya no movía nada. Edmundo se baja del pedestal que otros le habían construido —a veces con cariño, a veces con necesidad, a veces con desesperación— y en ese descenso se vuelve más útil que nunca: un hombre que renuncia para que el país no renuncie a sí mismo.

Hay en su gesto una venezolanidad que no es cursi ni melodramática: es la mezcla exacta de dignidad silenciosa y cansancio feroz. Es como si dijera: “No me usen de excusa. No me conviertan en estorbo. No me hagan bandera de una guerra que hay que pelear donde de verdad importa”. Y al hacerlo, obliga a todos —oposición, régimen, comunidad internacional— a mirarse en un espejo sin maquillaje. Porque cuando un político renuncia al ego, deja desnudos a los que no pueden vivir sin él.

Su renuncia no cierra nada. Abre. Abre un hueco incómodo, un vacío que exige decisiones reales, no consignas de video ni épicas de redes sociales. Abre la posibilidad de una negociación que no gire alrededor de un nombre sino de un país entero. Abre, incluso, la pregunta que nadie quiere pronunciar porque duele: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para que Venezuela vuelva a tener futuro?

Y en ese abrirse, en ese hacerse a un lado sin aspavientos, Edmundo hace lo que casi nadie está dispuesto a hacer en la política: renuncia al protagonismo para convertirse en bisagra. Y ya se sabe: la bisagra no se ve, pero sin ella la puerta no se mueve.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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