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Soledad Morillo Belloso: Ojos húmedos por Inés

 

Hay que llorar por la muerte de Inés Muñoz Aguirre como se llora a quienes fueron casa, faro y territorio. Y nuestros ojos están húmedos porque su partida no es sólo un dato biográfico: es un desgarrón en la trama fina de la cultura venezolana, un hilo que se rompe y deja al aire el silencio.

Inés Muñoz Aguirre

Inés Muñoz Aguirre.

Inés nació en Caracas en 1956, pero más que una fecha, fue un origen: una semilla que entendió temprano que la palabra podía ser raíz y ala. Estudió Comunicación Social, sí, pero en realidad se formó en un país que la obligó a mirar hondo, a escuchar lo que no se decía, a escribir desde la grieta. Su vida profesional —periodista, dramaturga, narradora, productora, gestora cultural— fue un largo acto de sostener la luz con las manos, aun cuando el viento insistía en apagarla.

En este país que a veces parece que Aquí no pasa nada, ella nos enseñó que siempre hay un Delirio en azul latiendo bajo la piel, que incluso en medio de Estados circulares y Riesgo clasificado la vida insiste en abrirse paso. Caminó entre Cuatro paredes y escribió desde La casa azul, observó La familia con la lucidez de quien sabe que todo puede ser Color naranja o Violáceo según la luz que lo toque. Nos dejó El cortejo como un espejo, Cuando cae la nieve como un susurro, Anclados como una certeza, No es lo que parece como advertencia, La historia no contada como legado. Y mientras el país subía y bajaba en su propio Ascensor, ella seguía creando mundos: El mundo de Gorgo, Tocados de luna, Pasajero de un largo viaje, Antesala al cielo, En un bolero la vida. Hoy, en su ausencia, entendemos que cada una de esas obras fue un modo de decirnos que, incluso en la noche más larga, siempre queda una lámpara encendida.

Inés escribía como quien enciende lámparas en un país de apagones. Cada frase suya era una forma de salvar algo: una emoción, un recuerdo, una dignidad. Por eso duele su ausencia. Porque ella era una de esas presencias que no hacen ruido, pero sostienen. Una mujer que entendía que la palabra es un puente entre lo que somos y lo que tememos ser. Una creadora que sabía que la memoria no se preserva sola: hay que escribirla, hay que nombrarla, hay que cuidarla.

Nuestros ojos están húmedos. Su muerte nos deja más expuestos al silencio. Porque cada creador que se va en Venezuela es una lámpara menos en un país que ya vive con poca luz. Su voz —serena, firme, honesta— era un modo de acompañarnos sin invadirnos, de decir sin herir, de mirar sin juzgar.

Llorarla es, si se quiere, un acto de gratitud. Es reconocer que su vida fue un gesto de decencia. Su obra seguirá siendo abrigo. Es entender que, aunque ya no esté, su palabra permanece como un río subterráneo: silencioso, constante, imprescindible.

En dondequiera que esté ahora, ella escribe. Sigue haciéndolo. No desde altares ni nebulosas, sino desde ese mismo lugar donde siempre escribió: una mesa sencilla, una luz encendida, un cuaderno que respira. Alimenta, con la constancia que la definía, esas bibliotecas invisibles que se forman cuando una vida sigue diciendo incluso después del silencio.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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