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Peter Albers: Super-Feo

 

Un viejo chiste, de mediados del siglo pasado, contaba el caso de un hombre que era muy feo. Lo llamaban “Super-Feo”. Y también muy malo: fue causante de muchas muertes. Cuando murió, su crueldad ya no alcanzaría a nadie, y los familiares de sus víctimas estaban todos seguros de que Caronte lo había llevado a donde merecía. Según el chiste, el mismo Caronte se asustó al verlo, de lo feo y malvado que era. Pasado un tiempo, un secuaz suyo llegó también al infierno, y allí se encontró con “Super-Feo”. Estaba éste en un estanque de agua muy caliente (como en un Spa) y muy bien acompañado por una hermosísima mujer, una vedette muy famosa por sus actuaciones en los escenarios con muy poca o ninguna ropa. Es decir, como vino al mundo, pero más crecidita. Al verlos, el compinche exclamó: “Pero ¡cómo! ¿Ese es el castigo que aplican aquí?” Y “Super-Feo” le respondió: “Es que la castigada es ella…”

Creo recordar que “Super-Feo” era un colaboracionista de la policía secreta nazi, que informaba sobre los judíos, gitanos y mestizos de Marsella. O un agente secreto de la policía de Stalin o Franco. Como sea, sus actuaciones hicieron posibles los secuestros de millones de seres humanos que desaparecieron sin que más nunca se supiera de ellos. Enterrados en fosas comunes o incinerados. Puede uno pensar que “Super-Feo” debe haber encontrado la forma de caerle bien a Lucifer, habiéndole prestado tan buenos servicios en pro del mal, para que su estancia en el Infierno fuera más llevadera, lo que nos lleva a pensar que tal vez muchos otros, que merecieron y merecen seguir a “Super-Feo” en la barca de Caronte, pueden y podrán también causar admiración al Diablo, convirtiendo su eterna estancia en el Infierno en un placentero “dolce far niente”, como premio a su maléfico comportamiento al servicio del mal.

Cuando en conflictos como la Primera Guerra Mundial moría un soldado en una trinchera o en el campo de batalla, sus padres o su esposa se enteraban de la desgracia pasado un largo tiempo, al dejar de llegarles las cartas que de él recibían de vez en cuando. Más adelante, con las radiocomunicaciones, esa fatal noticia llegaba antes, y el tiempo de incertidumbre sobre la suerte del soldado era más corto. Pero hay épocas cuando, en países que sufren una tiranía, muere alguien “desaparecido” por las policías políticas, no hay correo ni medio alguno que informe sobre su paradero. La suerte de los muertos en los sitios de reclusión y tortura, como los enterrados en fosas comunes o cremados en los campos de concentración, queda para siempre en el misterio.

Hoy, la degradación de los “Super-Feo” ha llegado al punto en que nadie da explicaciones sobre la causa de las ilegales detenciones, avaladas por jueces tarifados, que no sólo privan de su libertad a inocentes ciudadanos, sino que someten a indescriptibles sufrimientos a los secuestrados y a sus familiares. La degradación llega hasta a dejar morir a alguien en una de esas miserables celdas o en sitios de tortura o, peor aún, en algún hospital a donde es llevado, entre gallos y medianoche, cuando nada se puede hacer ya por su vida. Y médicos y demás personal hospitalario se convierten, con su silencio, en cómplices en la muerte de un inocente.

Nada se puede comparar con el dolor de una madre que desesperadamente lucha, durante meses, por saber del destino de su hijo. Y nada es más difícil que perdonar a quienes han provocado su sufrimiento y muerte.

Para desgracia de la humanidad, todavía existen muchos “Super-Feo”.

 

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