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Pedro Mosqueda: De miserias, crueldades y otras grandezas

 

Domingo Kultural.

Anoche, entre el humo tibio de los vasos y el cansancio alegre de una conversación interminable, uno de los muchachos de la barra me miró con esa mezcla de incredulidad y compasión que se les pone a los amigos cuando sospechan que el whisky anda hablando por uno.

—Tas borrado, panita… eso no puede ser verdad.

Pero sí.

Tan verdad como el olor agrio de la carne descompuesta bajo el sol de Caracas.

Tan verdad como la resignación silenciosa de los viejos que alguna vez mandaron y hoy hacen cola con una bolsa vacía en la mano.

Y como las verdades más duras necesitan ser contadas al aire libre, para que no se pudran también dentro de uno, aquí en voy otra vez.

A los obreros, empleados y exparlamentarios jubilados del antiguo Congreso de la República —esa institución que hoy apenas sobrevive en fotografías amarillentas y nostalgias prohibidas— nos convocan una vez al mes para retirar el llamado “Combo Proteico”. Un nombre grandilocuente para una dádiva triste: unas carnes durísimas, un cartón de huevos minimalistas, un pollo escuálido y varios embutidos de tapa amarilla cuya procedencia es mejor no averiguar.

La ceremonia ocurre en la esquina de Pajaritos, en el centro de Caracas, a pocos pasos del Capitolio y de la vieja Iglesia de San Francisco. Allí, bajo un calor que derrite hasta la paciencia, se organiza el tumulto de ancianos, trabajadores y sobrevivientes que esperan su turno como quien espera una absolución.

Yo voy por una sola razón: porque siempre hay alguien más necesitado que yo aguardando ese paquete con verdadera ansiedad.

En esa fila he vuelto a ver fantasmas de la vieja democracia venezolana. Hombres que alguna vez fueron ministros, legisladores, gobernadores; figuras que aparecían en los periódicos y caminaban rodeados de escoltas. Ahora avanzan lentamente, doblados por los años y por la humillación. Hay uno, especialmente, que me desarma el alma: un anciano encorvado que fue brillante parlamentario, gobernador del Zulia y estuvo a nada de convertirse en presidente de la República.

Entonces no puedo evitar preguntarme en silencio: ¿Era a este hombre al que llamábamos corrupto?

Un muchacho de los que ayudan con las cargas le lleva la bolsa en una carretilla hasta el estacionamiento. Yo lo sigo con la mirada hasta que desaparece. Pero no desaparece de mis recuerdos. Ni de esa tristeza antigua que dejan las derrotas colectivas.

La última vez, el combo venía podrido.

No hay palabra más exacta.

La carne y los huevos dejaron en mi carro un hedor insoportable, una peste obstinada que ni el cloro ni los perfumes baratos lograron vencer. Terminé lanzándolo todo a la basura y corriendo al supermercado para no llegar con las manos vacías ante quienes esperaban en casa.

Y uno comprende entonces que no se trata solo de desidia.

Hay algo más profundo y más cruel en toda esa chapuza.

Porque esas bolsas son lanzadas al piso bajo el sol como desperdicios humanos. Porque nadie cuida la cadena de frío. Porque todo parece diseñado para recordarle a la gente su condición de derrotada. Como si detrás de cada entrega hubiese una voz invisible diciendo:

“Ahora mandamos nosotros.”

La humillación, cuando se vuelve costumbre, termina pareciéndose a una política de Estado.

Por eso tantos celebran cualquier sobresalto del poder como quien ve una grieta en un muro demasiado largo. Por eso algunos se suben a las azoteas – ayer lo hicieron- con cerveza a mirar el cielo, no por valentía ni patriotismo, sino por ese extraño alivio que siente el oprimido cuando sospecha que los dueños del miedo también pueden temblar.

Y como si fuera poco, el ensañamiento contra los exparlamentarios no cesa: en diciembre nos quitaron los aguinaldos y hace dos meses nos suspendieron sin explicación un bono compensatorio que apenas alcanzaba para sobrevivir unos días. Pero no quiero seguir enumerando miserias. Cada quien carga las suyas.

Perdónenme entonces este desahogo de cronista cansado, obligado cada semana a buscar una historia para entender el país que todavía intenta sobrevivir debajo de sus ruinas.

Ahora sí, muchachos de la barra: Díganme si todavía creen que estaba borracho.

Un piloto que transporta esperanza

Pero no todo está perdido en la condición humana.

A veces, entre tanta oscuridad, aparece gente que trabaja silenciosamente para salvar desconocidos. Personas que sostienen el mundo sin discursos ni estridencias.

Luis Miñano es uno de esos hombres.

Piloto de vuelos de emergencia en España, acaba de formar parte del récord anual de más de mil vuelos destinados al traslado de órganos para trasplantes. Mientras muchos transportan pasajeros, él lleva corazones latiendo contra el reloj, pulmones que buscan un nuevo pecho, riñones que significan otra oportunidad de vida.

«Es muy complicado, pero la recompensa es infinita», dice.

Y uno le cree.

Porque España lleva más de tres décadas siendo líder mundial en donación y trasplante de órganos. Más de cinco mil trasplantes al año. Quince vidas salvadas o transformadas cada día gracias a una maquinaria humana y médica que funciona con precisión casi milagrosa.

Allá la logística sirve para salvar gente.

Aquí, en cambio, ni siquiera logran que un pedazo de carne llegue sin pudrirse.

En aquellos vuelos no puede romperse la cadena de frío porque un retraso significa una muerte. Todo se mueve con urgencia, respeto y responsabilidad.

«Transportar un órgano para un bebé o un código cero… saber que esa vida depende de ti… no tiene precio», confiesa Miñano.

Y mientras lo leo, no puedo evitar conmoverme.

Tal vez porque tengo un solo riñón y el pobre ya viene bastante castigado. Parte de la culpa la tienen esos amigos míos —los mismos incrédulos de la barra— que todavía me sonsacan para “menear un ocho años con el dedo”, como hacían los viejos adecos cuando la vida parecía menos feroz.

Después, claro, entre trago y trago, dudan de mis historias.

Pues aquí las tienen, escritas para la posteridad y para los incrédulos.

Ahora sí me despido.

Me voy lentamente sobre mi caballo moderno —una bicicleta cansada pero fiel— a recorrer las calles de Maracay, donde todavía quedan árboles que resisten, perros que ladran al atardecer y gente buena empeñada en no perder la esperanza.

Que Dios nos conserve la memoria, porque los pueblos que olvidan terminan haciendo cola otra vez frente a sus propias desgracias.

Nos vemos por ahí.

 

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