En Venezuela los apagones dejaron de ser una emergencia para convertirse en paisaje. La penumbra ya no sorprende: administra la vida cotidiana. Se va la luz y con ella desaparece el agua, se paraliza el comercio, mueren electrodomésticos, colapsan las telecomunicaciones y el ciudadano vuelve a ese estado primitivo que el chavismo ha perfeccionado durante años: sobrevivir sin garantías, sin certezas y, sobre todo, sin energía moral.
Ahora el gobierno pretende vender otra de sus coartadas grotescas. Según el relato oficial, la crisis eléctrica no es consecuencia de dos décadas de corrupción, saqueo y abandono, sino del supuesto aumento del poder adquisitivo de los venezolanos, quienes habrían comprado demasiados aires acondicionados. Es decir, el problema no sería la destrucción del sistema eléctrico, sino el exceso de bienestar. Una explicación tan obscena como reveladora.
La fragilidad del sistema eléctrico venezolano no nació ayer. Diversos informes recientes advierten que la red nacional se encuentra en estado crítico y amenaza cualquier intento de recuperación económica. Empresas internacionales consultadas para evaluar reparaciones han encontrado un sistema devastado por años de falta de mantenimiento, improvisación y pérdida de personal técnico calificado. Pero nada de esto debería sorprender. El chavismo convirtió a Corpoelec en una metáfora del Estado venezolano: opaco, ineficiente, militarizado y corroído por mafias internas.
El problema nunca fue técnico. Fue político.
Durante años, el régimen prefirió invertir en propaganda antes que en turbinas; en represión antes que en transmisión eléctrica. La infraestructura energética terminó sometida a la misma lógica extractiva que destruyó PDVSA: vaciarla hasta dejar apenas el cascarón propagandístico. Los apagones masivos de 2019 fueron presentados como “ataques electromagnéticos imperiales”. Hoy el discurso muta, pero la mentira permanece intacta.
Hay algo más perturbador en esta crisis. La oscuridad también funciona como mecanismo de control social. George Orwell lo insinuaba en 1984: una sociedad agotada física y emocionalmente pierde capacidad de reacción. El ciudadano que pasa horas buscando agua, lidiando con fluctuaciones eléctricas o durmiendo entre calor y mosquitos difícilmente conserva energía para pensar políticamente. La precariedad permanente no es solo consecuencia de la incompetencia; termina siendo una forma de domesticación.
El chavismo entendió hace tiempo que una población exhausta administra mejor el miedo que una población próspera. La miseria desmoviliza. El apagón fragmenta. La incertidumbre desgasta la voluntad colectiva. No hace falta prohibir libertades cuando la gente está demasiado ocupada intentando cargar un teléfono o salvar la comida de la nevera.
Lo más irónico es que el propio gobierno reconoce indirectamente el colapso cuando busca desesperadamente acuerdos con empresas extranjeras para rehabilitar el sistema. Después de años de retórica antiimperialista, terminan suplicando asistencia técnica al mismo capitalismo que demonizaron mientras destruían las capacidades nacionales.
La crisis eléctrica venezolana no es una falla coyuntural ni una consecuencia del clima ni del consumo doméstico. Es el resultado lógico de un modelo político que convirtió la destrucción institucional en método de gobierno. Y quizás allí reside el verdadero drama: un país que alguna vez exportó energía hoy apenas puede sostener unas horas de luz sin sobresaltos.
En Venezuela, hasta la electricidad terminó pareciéndose a la democracia: intermitente, frágil y administrada desde el miedo.
Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

