Hola, me llamo Luz y soy adicta a las compras de moda. Tras décadas de desaforado consumo, tengo armario para cambiarme a diario sin repetir modelo los 26 años y medio de esperanza de vida que me da el INE, y aún sigo acumulando trapos por el potente chute de dopamina que me alivia las penas al pasar por caja. Uno de mis proveedores habituales de mandanga de la buena es Mango, droguería fina donde siempre encuentro la dosis justa de tops a 19,95 pavos, o vaqueros a 29,99, que me permite seguir con el vicio sin arruinarme. Así que, en mi doble condición de toxicómana de su mercancía y contribuidora neta a su cuenta de resultados, me sentí casi personalmente concernida por la detención el martes de Jonathan Andic, acusado del homicidio de su padre, Isak, fundador de la marca, tras, presuntamente, empujarlo al precipicio durante un paseo por el monte en las Navidades de 2024.
Cuando sucedieron los hechos, taché de peliculeras a las no pocas mentes calenturientas que, enseguida, sospecharon del heredero. Soy boomer y, por tanto, más de Falcon Crest que de Succesion. Pero el hipnótico auto de la jueza, en el que se esboza una mezcla de humillación y avaricia como supuesto móvil del presunto crimen, me hace ahora no poner la mano en el fuego. Vivir a la sombra de un padre y patrón de la talla de Isak, que creó un imperio de la nada, no debió de ser fácil para Jonathan. Un niño megabien que, teniéndolo todo, igual no tuvo lo que más ansiaba: la consecución de las expectativas paternas. De que el talento no se hereda hay pruebas irrefutables: del hijo de Isabel Pantoja al de Bush, pasando por el de la baronesa Thyssen. Si se añade el hecho de que, en vísperas de su muerte, el patriarca pensaba repartir su herencia entre sus tres hijos y una fundación benéfica, la hipótesis parricida cobra fuerza. Solo ellos dos saben qué ocurrió en el monte esa mañana. La justicia dictará sentencia. De lo que estoy casi segura es de que nada mermará las ventas. Somos demasiadas adictas en el globo.

