La semana pasada escribí sobre la cruzada de Carmen Navas en busca de su hijo Víctor, muerto bajo custodia del Estado. Destaqué entonces su tenacidad y la fuerza con la que enfrentó la indiferencia oficial, convirtiéndose en símbolo de esperanza y resistencia para muchas madres venezolanas. Con profunda tristeza me enteré de su fallecimiento el pasado 17 de mayo. Carmen comenzó a apagarse desde el momento en que conoció la verdad sobre lo ocurrido con Víctor, por lo que hoy solo queda implorar a la justicia —divina y terrenal— que alcance a quienes levantaron durante estos años verdaderas fábricas de maldad bajo el chavismo.
El caso de Carmen estremeció al país por lo dantesco de su dimensión humana. Recorrió cárceles, defensorías del pueblo y despachos de la Fiscalía sin obtener respuestas. La ignoraron vilmente. Nunca le informaron oficialmente sobre la muerte de su hijo. Ese silencio deliberado ha sido parte del patrón de un régimen señalado durante años por torturas, desapariciones forzadas y graves violaciones de derechos humanos. En un país donde todavía permanecen tras las rejas más de 400 presos políticos, algunos incluso sin paradero conocido, la tragedia de Carmen no es una excepción: es el reflejo de una práctica sistemática que ha condenado a numerosas madres venezolanas a vivir entre la incertidumbre, el miedo y la desesperación.
El régimen ha apostado al desgaste físico y emocional de estas familias. Muchas madres fueron amenazadas para impedir que hablaran con los medios sobre lo ocurrido a sus hijos. Estamos frente a una estructura de poder inclemente y maquiavélica, indiferente ante la desgracia humana y el sufrimiento de quienes fueron consumiéndose lentamente mientras buscaban noticias de sus seres queridos. Carmen Navas no fue la única.
Recordemos a Omaira Navas, madre de Ramón Centeno, quien falleció de un derrame cerebral trece días después de la excarcelación de su hijo. También a Yarelis Salas, que murió de un infarto tras una larga lucha exigiendo la libertad de su hijo Kevin, a quien nunca pudo volver a abrazar, pues fue liberado tres días después de la muerte de su madre. La lista continúa creciendo. Carmen Dávila partió de este plano el pasado 22 de enero sin poder reencontrarse con su hijo Jorge Yéspica, liberado después del fallecimiento de su mamá. El dolor terminó mutilándolas por dentro, como ha ocurrido con tantas familias víctimas de un Estado terrorista sobre el cual también pesan las decenas de muertos durante las protestas de 2014 y 2017.
Frente a esta realidad, hay una frase que retumba con fuerza en la conciencia de muchos venezolanos: perdonar, jamás.
Quizás algún día Venezuela logre reconstruirse institucionalmente, pero habrá heridas imposibles de borrar. Porque cuando un país obliga a una madre a recorrer morgues, cárceles y tribunales para descubrir que su hijo murió bajo custodia del Estado, ya no estamos frente a un simple abuso de poder, sino ante la degradación más profunda de la condición humana. Carmen Navas murió con el corazón devastado, pero su nombre permanecerá como testimonio de una época oscura que algunos intentarán maquillar u olvidar. Y precisamente por respeto a madres como ella, la memoria debe mantenerse viva. Porque los pueblos que terminan normalizando la crueldad corren también el riesgo de perder su alma.

