El cese de las hostilidades que rige desde principios de abril ha dado una tregua a la población, asfixiada ahora por una desorbitada subida de los precios y temerosa de una posible reanudación del conflicto. Iraníes caminan junto a una gran imagen del guía supremo Mojtaba Jamenei, en Teherán, el 26 de abril de 2026.
Afra experimenta un sentimiento de alivio y de aprecio por la vida cada mañana, cuando despierta en Teherán y comprueba que el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, en vigor desde el 8 de abril, todavía se mantiene. Gracias a Dios, la guerra no ha recomenzado, es el primer pensamiento de esta mujer de 31 años.
Cuando comenzaron los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, Afra aún estaba traumatizada por la represión y las muertes de las protestas de enero, motivadas originalmente por la difícil situación económica. Esas dificultades financieras siguen presentes hoy, agravadas todavía más por la guerra. Lo que más ansía ahora esta mujer es dejar de sufrir cada día los estragos de una inflación galopante.
Las personas entrevistadas para este reportaje comparten ese sentimiento de asfixia económica y muestran sus reservas a la hora de expresar sus opiniones políticas. Finalmente, una parte decide bien no responder a las preguntas de esta periodista, bien pedir que ni su nombre completo ni su fotografía sean publicados.
Afra explica que tenía pensado comprarse un coche que costaba 7.000 millones de riales en enero, unos 4.500 euros. Ahora, se vende a más del doble. Era un desafío para mí comprarme ese coche a plazos. Hoy es una misión imposible, explica.
Mientras las conversaciones entre Estados Unidos e Irán atraviesan numerosos altibajos y planea la amenaza de una reanudación de las operaciones militares, la moneda iraní baila al son de los vaivenes negociadores y la población acusa el golpe. La tasa anual de inflación se situó en el 53,7% al final del primer mes del calendario iraní, que terminó el 20 de abril. Pero solo en esas cuatro primeras semanas, los precios subieron un 73,5%, según las cifras oficiales.
La guerra también obligó a Afra a cerrar su gimnasio, su fuente de ingresos, entre el 10 al 23 de marzo. Cuando reabrió, muchos clientes no regresaron, ya que los cazas estadounidenses e israelíes seguían surcando el cielo de la capital.
Ahora ya no salimos ni invitamos a nadie a casa. Nos juntamos con los amigos después de cenar para que nadie sienta la presión económica de tener que gastar en comida
Desde el inicio de la guerra y argumentando razones de seguridad, las autoridades dejaron al país [de unos 90 millones de habitantes] sin internet. Las personas que suministran ilegalmente una conexión VPN cobran tarifas desorbitadas, explica Afra, que no puede hacer frente a ese costo, al igual que la mayoría de los jóvenes iraníes o de los emprendedores con negocios modestos. En su caso, la página en Instagram de su gimnasio era su principal herramienta para darse a conocer.
En estas últimas semanas, esta mujer ha pasado por momentos muy difíciles en medio de los bombardeos que tenían por blanco a los principales líderes de la República Islámica, así como a altos mandos militares e instalaciones militares, nucleares, industriales y energéticas. Cuando bombardearon cerca de nuestro barrio, cerré el gimnasio de inmediato. Los clientes salieron corriendo tal y como estaban, medio desnudos, asustados y gritando, recuerda Afra.
En ese momento, tuvo la certeza de que la guerra iba a cambiar su vida. Ahora ya no salimos ni invitamos a nadie a casa. Nos juntamos con los amigos después de cenar para que nadie sienta la presión económica de tener que gastar en comida, explica. Porque antes, pedir dos pizzas y dos raciones de patatas fritas costaba 15 millones de riales, algo menos de 10 euros, y ahora se necesitarían 12 millones para comprar solo una pizza y una ración de patatas fritas.
Los problemas económicos atenazan a la población. Con motivo del 1 de mayo, Alireza Mahjoub, secretario de la Cámara de Trabajadores, declaró en la televisión estatal que los salarios deberían incrementarse mensualmente visto el nivel de inflación. No podemos esperar un año. Los salarios no bastan para cubrir los gastos de subsistencia, dijo.
Por otra parte, ha habido un incremento del número de despidos en las últimas semanas, argumentando las crecientes dificultades vinculadas a la guerra, aunque los responsables de los trabajadores recuerdan que la situación económica ya era complicada antes de la guerra.
Hay autoridades que hablan como si la gente no tuviera graves problemas económicos ni pasara hambre. Nuestros trabajadores y jubilados no tienen casas ni coches de lujo y aguantan una presión extrema con un nudo en la garganta, dijo el vicesecretario de la Cámara de Trabajadores, Hassan Sadeghi, en declaraciones publicadas por la agencia oficial ILNA.
Atrapados entre los intereses políticos
En las calles de Teherán las tiendas y los cafés están abiertos y reciben abundantes clientes. Más allá de las manifestaciones que se organizan prácticamente cada tarde y congregan a algunos centenares de personas en apoyo a los líderes de la República Islámica, en la capital reina una aparente normalidad, aunque la huella de los bombardeos de las últimas semanas está presente en los edificios agujereados por los proyectiles, algunos de ellos en ruinas.
Estoy harta de Trump. Él no pensó que le iba a costar tanto y se la jugó. Los políticos velan por sus propios intereses y la gente normal se queda atrapada en el medio, dice Arefeh, una diseñadora de joyas de 30 años, que asegura tomarse con humor las dificultades de la vida.
Desde que comenzó la guerra, la mujer ha intentado domar el miedo y explica que por la noche, con su marido, apostaban sobre el tipo de munición que oían y los lugares tomados como blanco para intentar tranquilizarse. ¿Un B2 [el bombardero estadounidense]? No, creo que era un misil… Apuesto a que fue en la plaza Tajrish… ¿Eso es el ruido de un dron o la moto de un repartidor?.
Arefeh admite que se sorprendió al comprobar el gran número de misiles que tenían Irán. ¡No teníamos ni idea!, exclama. Solo queremos una vida normal y tranquila. Recuerdo la historia de una niña que sobrevivió a un bombardeo que proyectó a sus padres y a su hermano fuera de la casa. No se encontraron los cuerpos de ninguno de ellos, dice, indignada, Arefeh.
Los políticos velan por sus propios intereses y la gente normal se queda atrapada en el medio
El aumento del precio de la materia prima para su negocio hace que seguir con su trabajo se torne muy difícil. Mi taller de joyería ha cerrado. El estudio de mi marido ha cerrado. Mi trabajo depende en gran medida de internet. Y el de mi marido también, lamenta.
Afortunadamente, había comprado plata meses atrás, ya que el precio del gramo se ha disparado de 2,5 millones de riales antes de la guerra a los 10 millones actuales y puede seguir realizando algunos encargos.
La noche en que Estados Unidos anunció que iba a bombardear las centrales eléctricas, limpiamos y pasamos el aspirador, lavamos toda la ropa y luego nos dimos un buen baño, recuerda. Además, la pareja también cargó todas las baterías portátiles y teléfonos antes de acostarse, para estar preparados frente a un apagón masivo.
Alimentos básicos
Irán sigue bloqueando el estrecho de Ormuz en respuesta al bloqueo naval estadounidense de las exportaciones de su petróleo, el principal sustento económico de Teherán. Las consecuencias se dejan sentir en la vida diaria de ciudadanos como Hamidreza, que tiene un comercio online y vive en Teherán: La guerra fue aterradora, pero lo que me preocupa hoy es subsistir en medio de esta inflación, asegura, explicando cómo el precio de los alimentos básicos sube de la noche a la mañana. Una botella de aceite de cocina cuesta 17 millones de riales (11 euros) un día y al día siguiente, cuando fue a comprarla, ya se vendía a 18 millones.
Hamidreza tiene un negocio con un socio en Bélgica. A pesar del respiro que ha supuesto la tregua, no ha podido volver a ponerse en contacto con él porque no tiene conexión a internet. Nuestros familiares en el extranjero ni siquiera podían saber si estábamos vivos porque las líneas de teléfono estaban cortadas y las llamadas internacionales no funcionaban, recuerda. Hace solo unos meses, Hamidreza ahorraba su dinero en dólares o euros para preservar su valor. Ahora, nada, se resigna.
Estoy enfadado con quienes empezaron la guerra. A la vez, tengo sentimientos encontrados. Me pregunto si alguna vez ocurrirá algo inesperado que beneficie a todos, pero tampoco lo veo probable, concluye, sin querer ir más allá en su punto de vista sobre la guerra y las autoridades de Teherán.
Aresu Eqbali – El País de España

