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José Rafael Herrera: Elogio de la disonancia

 

El arte se mantiene vivo gracias a su fuerza social de resistencia, T.W.Adorno

La Teoría estética de Theodor W. Adorno, publicada post mortem en 1970, es, sin duda, una de las contribuciones más fértiles y penetrantes al campo de los estudios filosóficos contemporáneos dedicados a la comprensión de la poiesis artística. El autor de la Dialéctica negativa comprendió que la tesis hegeliana sobre la “muerte del arte”, a pesar de lo que afirman los apologetas de los stickers y los recetarios, no clausura la experiencia estética moderna, sino que, más bien, inaugura su advenimiento.

En efecto, la Teoría estética puede leerse como un diálogo permanente con Hegel. Pero no se trata tan solo de una conversación “interesante” entre dos filósofos, sino de una disputatio que comporta el esfuerzo de una inversión dialéctica decisiva: lo que para Hegel significa la superación histórica del arte por parte del concepto filosófico; se transforma en Adorno en la condición de posibilidad del arte contemporáneo.

Es verdad que Adorno comparte plenamente el diagnóstico histórico-conceptual de Hegel. El arte griego clásico descansa sobre la absoluta unidad de sujeto y objeto, comunidad y verdad. Lo que -como resultado de la concentración interior, característica de la espiritualidad cristiana-, el mundo moderno terminó por desintegrar irreversiblemente. La modernidad introdujo la fragmentación de la experiencia, reafirmó la interiorización de la subjetividad y disolvió de las antiguas totalidades éticas. El arte ya no podía aparecer como reconciliación visible del espíritu consigo mismo. Pero justo ahí, donde Hegel concibe el ascenso de la filosofía como la forma superior del saber absoluto, Adorno logra captar la persistencia irreductible de una realidad históricamente desgarrada que ningún concepto está en capacidad de reconciliar plenamente.

El siglo XX se encargó de destruir, no sin brutalidad, la confianza ilustrada en el progreso racional de la civilización. El fascismo, Auschwitz, el bolchevismo, la industria cultural y el sistema de administración técnica de la vida revelaron que los fines de la racionalidad moderna podían terminar siendo, paradójicamente, un instrumento de la barbarie. Después de semejante catástrofe histórica, se hizo evidente que el arte ya no podía continuar expresando el lenguaje de la armonía clásica.

Fue ese el motivo por el cual Adorno escribió la célebre frase sobre la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz. Una expresión que, por cierto, ha sido muchas veces malinterpretada, como si se tratara de una condena moral del arte. En realidad, su significado es mucho más profundo: la crueldad que ha dejado el sufrimiento histórico ha vuelto imposible todo intento de reconciliación estética. El arte moderno ya no puede ocultar la fractura que ha sufrido el mundo.

Y es precisamente en este punto donde se produce la gran inversión adorniana de Hegel. Para Hegel, el arte, como manifestación estética, como revelación o exteriorización, tiene que morir porque la interiorización propia del concepto filosófico ha devenido la cabal expresión de un modo más adecuado de la verdad del espíritu. Un argumento que, por cierto, lo distanció de sus viejos amigos, Hölderlin y Schelling para quienes el arte representaba la más elevada manifestación del saber humano. Pero para Adorno la persistencia del sufrimiento histórico, propia del mundo contemporáneo, impide toda posible reconciliación. El concepto filosófico, positivizado y devenido entendimiento, no consigue absorber aquello que Adorno llama “lo no idéntico”: el dolor, la negatividad, la herida irreductible de la experiencia histórica.

Por eso mismo, para Adorno, el arte conserva todavía una función esencial: su condición crítica. Ya no se trata de que el arte pueda reconciliar al hombre con el mundo: se trata de que él es el testimonio vivo de la imposibilidad de esa reconciliación. La disonancia deja entonces de ser un defecto formal para convertirse en contenido inmanente de la verdad. Por eso, el arte auténtico ya no puede ser armónico. Via negationis, Adorno coincide con Hegel. Pero a diferencia de Hegel, para Adorno el arte debe incorporar en su propia forma las fracturas objetivas dejadas por la civilización moderna. Lo que explica la importancia que le concede a figuras como Schönberg, Beckett o Kafka, dado que en ellos la obra de arte aparece atravesada por el silencio, la fragmentación, la dislocación y el absurdo. La negatividad estética se convierte así en el recuerdo histórico vivo del sufrimiento.

El arte moderno experimenta la conciencia de ser su propia imposibilidad. De allí surge otro concepto fundamental para Adorno: el de la autonomía estética. El arte se libera de la sociedad para poder denunciarla. Su aparente inutilidad constituye una forma de resistencia propia de su carácter reflexivo -de su condición de constelación- frente al universo de la mercancía y de la industria cultural. Allí donde todo tiende a convertirse en consumo y entretenimiento, la auténtica obra de arte conserva una negatividad irreductible. La obra de arte moderna no ofrece consuelos. No promete reconciliación. No se esfuerza por embellecer la barbarie, y si lo hace es porque no es obra arte. De ahí que, en su misma negatividad, mantenga abierta la posibilidad de superar la realidad existente.

A la luz de la Teoría estética, se logra comprender el profundo abismo que ha dejado la crisis orgánica en la sociedad venezolana. No se trata exclusivamente de una catástrofe política o económica, sino de una devastación de la experiencia histórica misma. La degradación de las instituciones, la banalización del sufrimiento, la fractura del lenguaje público, la pérdida del recuerdo y la normalización de la mentira revelan una sociedad en la cual la conciencia ha terminado adaptándose a la fragmentación y a la devastación. Venezuela representa una de estas situaciones históricas en las que la teoría estética deja de ser irreverencia artística para devenir crítica del daño antropológico. En este contexto, el arte auténtico ya no puede ofrecer imágenes reconciliadas del mundo, porque su verdad consiste en conservar visibles las heridas de la historia, la ruina de la experiencia y el sufrimiento sedimentado en la vida social.

Con ello, la estética se convierte en la crítica de la mentira histórica. No porque el arte “resuelva” la crisis, sino porque conserva la autenticidad del sufrimiento frente a las ficciones de la ideología de la reconciliación -“supéralo, perdónanos y vente”-. Allí donde el poder pretende estetizar la catástrofe, convertir el dolor en propaganda o normalizar la devastación espiritual de todo un país –Dancing in the streets-, la negatividad estética opera como resistencia crítica. El verdadero arte -fragmentario, disonante, desgarrado- testimonia aquello que la sociedad intenta ocultar: que bajo la apariencia de normalidad persiste una “vida dañada”, una existencia histórica mutilada por la pérdida de la libertad, la justicia, la verdad y el horizonte democrático. En el terco rechazo al intento de querer embellecer la fealdad reside –Adorno dixit-, la última dignidad del pensamiento y del arte.

El autor de la Teoría estética afirma que toda auténtica obra contiene una “promesa de felicidad” quebrada. La obra de arte testimonia simultáneamente la imposibilidad de reconciliación y la necesidad de reconciliarse. Y es en este sentido que esta innovadora filosofía del arte constituye una relectura y rescritura de las Lecciones de estética hegelianasAdorno conserva de Hegel la comprensión histórica y la tensión de los opuestos en el arte, pero se ve obligado a emprender su enmendatio, porque se ve en la necesidad de suspender los términos de reconciliación final que el sistema hegeliano parece querer anticipar. Por eso, ahí donde Hegel concibe la superación del arte por medio del Begriff -del concepto-, Adorno descubre la supervivencia crítica del arte dentro de un mundo cosificado y, por eso mismo, irreconciliable.

La hegeliana “muerte del arte” se transforma, así, en la verdad histórica del arte moderno. Y quizá sea esa la gran paradoja del presente: el arte continúa siendo necesario no a pesar de la fractura con el mundo, sino, justamente, en virtud de ella.

@jrherreraucv

 

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