pancarta sol scaled

Janneth Jiménez: Cuando lo incorrecto se vuelve costumbre.

Compartir

 

Aquí y ahora, Venezuela.

Hay algo inquietante en estos tiempos que pocos se atreven a decir en voz alta: estamos normalizando demasiadas cosas que antes nos escandalizaban.

No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que toda crianza antigua fue perfecta. Nuestros abuelos también tuvieron errores, silencios y durezas que hoy entendemos mejor. Pero en medio de sus limitaciones había una certeza que sostenía el hogar y la sociedad: el respeto no era negociable.

Se enseñaba que los derechos caminaban junto a los deberes.

Que la libertad exigía límites.

Que el carácter se formaba con corrección.

Que amar también significaba corregir cuando era necesario.

Hoy pareciera que en algún punto confundimos protección con permisividad.

En nombre del progreso, muchas veces se ha debilitado la autoridad de padres y maestros sin ofrecer, a cambio, una verdadera educación sobre cómo ejercer una crianza sana, firme y responsable. Se condenó el exceso —y con razón—, pero en algunos espacios también se desdibujó el límite entre maltrato y corrección, entre abuso y disciplina, entre autoritarismo y autoridad.

Y el resultado está a la vista.

Hijos que insultan a sus padres sin consecuencia alguna.

Adolescentes que humillan a docentes y celebran la indisciplina como rebeldía.

Jóvenes que crecen sin tolerancia a la frustración, convencidos de que toda norma es opresión y todo límite, violencia.

Lo alarmante no es solo que estas conductas existan. Siempre han existido excepciones.

Lo verdaderamente preocupante es que ya no sorprenden.

Se están volviendo paisaje.

Algo se perdió en el camino.

Quizá fue la figura del adulto como referente moral.

Quizá fue la renuncia de muchos hogares a educar por agotamiento, miedo o ausencia.

Quizá fue un sistema que ha dedicado más esfuerzos a señalar qué no hacer que a enseñar cómo formar ciudadanos emocionalmente sanos, respetuosos y responsables.

Porque criar no es solo alimentar, vestir y proteger.

Criar es formar criterio.

Es enseñar autocontrol.

Es sembrar empatía.

Es dejar claro que en la vida no todo se obtiene porque se desea.

Es preparar seres humanos para convivir en sociedad.

Una generación que crece sin límites claros no se vuelve más libre; se vuelve más vulnerable.

Vulnerable a la frustración, al egoísmo, a la violencia, a la incapacidad de convivir con otros.

La decadencia social no comienza en los grandes titulares.

Comienza en pequeñas renuncias cotidianas:

Cuando el adulto deja de corregir por miedo a ser juzgado,

Cuando la sociedad deja de exigir respeto,

Cuando se premia la insolencia como autenticidad,

Cuando se tolera lo intolerable para evitar conflictos.

No, el problema no son las leyes de protección al menor.

El problema es cuando se aplican sin educación, sin equilibrio y sin una visión integral de la formación humana.

Proteger a un niño jamás debería significar criarlo sin consecuencias.

Amarlo jamás debería implicar dejarlo sin guía.

Toda sociedad termina cosechando la infancia que decidió formar.

Y si seguimos confundiendo autoridad con violencia, disciplina con trauma, y corrección con represión, entonces no deberíamos sorprendernos del tipo de adultos que estamos produciendo.

Todavía estamos a tiempo de rectificar.

De entender que una crianza amorosa no es una crianza permisiva.

Que poner límites también es amar.

Que educar no consiste en evitarle toda incomodidad a un hijo, sino en prepararlo para enfrentar el mundo con valores, carácter y humanidad.

Porque cuando una sociedad deja de formar a sus hijos, termina padeciendo a sus adultos.

Algo debemos cambiar.

 

Traducción »