A nadie le gusta convertirse en contenido para memes, pero al presidente de Canarias, Fernando Clavijo, le ha sentado especialmente mal. Este martes aún se lamentaba en el Parlamento autonómico —“es un día triste para Canarias, para la democracia y para mí”—, un día después de quejarse de que el Gobierno central le había ridiculizado y llevado “a la anécdota y el meme”. Pero es que, claro, la anécdota y el meme venían de que había intentando convencer al Ministerio de Sanidad de la posibilidad de que unas ratas escaparan del MV Hondius y llegaran a nado a la costa española, dispuestas a propagar el hantavirus y dar inicio a una nueva pandemia. Todo porque se lo había dicho “la inteligencia artificial de un buscador de la web”, según contaba Carlos E. Cué en su crónica del sábado.
Por supuesto, Clavijo tenía el derecho y el deber de plantear sus dudas: es comprensible que le preocupara la posibilidad de que Canarias se convirtiera en el epicentro de un nuevo confinamiento. Esta crisis nos trae la memoria miedos recientes: ciudades vacías, hospitales llenos, mascarillas… El mismo origen del covid sigue sin conocerse, pero además de los laboratorios muchos de los sospechosos son también animales: murciélagos, pangolines, perros mapache… Y la historia del HV Hondius evoca temores clásicos en los que un monstruo se cuela de polizonte en un barco (o una nave espacial). Como el Deméter en el que viajaba el conde Drácula en la novela de Bram Stoker, oculto en cajas de tierra: ninguno de los marineros llegó vivo a la costa de Inglaterra. O la Nostromo de Alien: los tripulantes fueron cayendo uno a uno, víctimas de un alienígena que metieron en su nave tras acudir a la llamada de rescate de otra nave desierta.
Es más, si esto fuera una película de terror, el virus habría llegado a tierra tal y como sugería Clavijo. Un ratón colilargo habría alcanzado la costa a nado para morder, quizás, a un trabajador de la taberna del puerto. En la película, Clavijo sería el alcalde de una pequeña ciudad de pescadores y habría alertado a los tipos trajeados de la capital del peligro que suponía dejar que el barco se acercara a tierra. Sus quejas habrían provocado burlas, pero las muertes posteriores le darían la razón.
Sin embargo, no estamos en una película y aquí lo que pasó fue que Clavijo quería tomar precauciones contra un virus, y eso está muy bien, pero no las tomó con la información que le llegó. ¿Por qué dio por bueno, sin más, lo que le soltó una IA? Llevamos años leyendo y escuchando advertencias sobre los peligros de no contrastar lo que nos dicen estos programas, que tienen tendencia a alucinar y a ser complacientes con sus interlocutores. Los médicos alertan de los riesgos de autodiagnosticarse con ayuda de la inteligencia artificial, los profesores intentan que sus alumnos escriban sus trabajos sin asistencia tecnológica para que reflexionen e investiguen, y los periodistas avisamos del peligro de los bulos fabricados, queriendo o sin querer, con estas máquinas. Todo para que luego llegue un presidente de comunidad autónoma y use una búsqueda precipitada como argumento político.
Al final esta es la historia de otro monstruo más común, más aburrido, pero del que todos somos víctimas a menudo: el sesgo de confirmación. Es decir, la tendencia a buscar y admitir como válidas las pruebas que apoyan las creencias que ya tenemos, y a ignorar o reinterpretar las que no se ajustan a estas creencias. El sesgo explica que nos creamos con facilidad la historia más tonta que vemos en redes o en ChatGPT y descartemos argumentos creíbles si no nos convienen. Caemos en él sin darnos cuenta: si ahora aparece una rata mojada y tosiendo en Tenerife, yo quedaría como el alcalde de Tiburón, el que volvió a abrir las playas tras el primer ataque.
Los chatbots de IA son muy majos, nos halagan y a menudo nos dan justo la información que queremos leer. Pero por eso mismo hemos de contrastar todo lo que nos dicen, sobre todo si parece que va a dejar sin argumentos a nuestros adversarios. De lo contrario, corremos el riesgo de acabar protagonizando memes en los que cruzamos el Atlántico a lomos de ratas gigantes. Muchos de ellos creados con IA, paradójicamente.


