Es indudable que hoy en Venezuela se despiertan debates, confrontaciones y opiniones sobre cuál y cómo debe ser el país que podemos redefinir, mientras más nos acercamos a metas donde nos involucramos en todos los aspectos. Puede ser por el presentimiento cada vez más fuerte sobre nuestra posibilidad de elegir un futuro posible, un país donde enfrentemos la gran paradoja de ser el país con mayores reservas petroleras del mundo y a la vez con el salario de los trabajadores más bajo de occidente.
Esta realidad nos aturde ¿cómo es posible que los trabajadores de un país petrolero sean los peores pagados del mundo? Ellos representan más del 80% de la población. Recordemos la estampida de la clase media, que debe representar un tolete de 3 o 4 millones de nuestro personal más preparado, con títulos universitarios y dominio de especialidades científicas que salieron estrepitosamente con sus títulos otorgados por las universidades venezolanas bajo el brazo.
La conclusión más directa: si el 80% de la población del país que permanece dentro de nuestras fronteras, tiene el salario más bajo del mundo, este país es pobre, por lógica, si la mayoría es pobre, el todo tiende a ser pobre.
Es cierto también que durante los últimos 25 años tuvimos el peor gobierno de Latinoamérica, un régimen que logró destruir todo lo que tenía a su alcance, como afirma ese agudo analista Jesús Cacique “No encuentro antecedentes de un país que haya perdido 75% (2014- 2019) de su PIB, que le haya quitado 14 ceros a su moneda, que haya destruido el principal sector de su economía y que se le haya ido la cuarta parte de su población. Al menos no sin un conflicto bélico”.
En realidad, no hay antecedentes, pero también es menester reconocer que lo ocurrido con el fallido intento de instalar el socialismo del siglo XXI, tenía causas muy profundas en la historia del país.
Recordemos que con la derrota de dictaduras civiles y militares que habían gobernado Venezuela durante el siglo XIX se inició una nueva etapa histórica de vocación democrática, liderada por los nacientes partidos políticos: Acción Democrática, partido socialcristiano Copei y el Partido Comunista de Venezuela. En este inicio de la democracia desde 1958 se avanza hacia un proceso de nacionalización y creación de una empresa petrolera (Pdvsa) que llega a considerarse como la tercera organización petrolera del mundo. El petróleo que fue explotado en un principio por grandes empresas extranjeras, entra bajo el dominio de un único propietario, el Estado venezolano en la figura de Pdvsa. Una empresa del Estado sin participación de los ciudadanos venezolanos en la propiedad de la misma, en medio de un país que conservaba a lo largo y ancho de su territorio la configuración de una sociedad rural que hasta el momento había existido con los recursos derivados de la comercialización del café y cacao. Alcanzar un gran desarrollo industrial, comercial siempre ha sido una quimera porque la institucionalidad estatal es su primer oponente.
Se instala el Estado petrolero con su gran patrimonio. Un Estado patrimonialista, destructor del equilibrio de poderes, el ejecutivo es el corazón del poder, gestionando de manera totalitaria, anula los controles y somete todas las instituciones públicas a su dominio. Al perderse el sentido del bien común, también pierde el sentido la política misma y su finalidad: la protección de los bienes públicos. La política pasa a ser un negocio individual, privado, dentro del campo de lo público, sin ningún parámetro moral.
El petróleo se impone en un país rural, el cual es totalmente dejado de lado en el plan de reconstrucción nacional. Allí surge la importancia de la propiedad, el gobierno de turno, dueño del petróleo, decide intervenir en la Venezuela no- petrolera ejecutando un programa de Reforma Agraria dirigido a la sociedad y a la economía rural que continuaba representando a la mayoría del país, ocupaba más de 70% del territorio. El concepto de la propiedad marca la suerte de Venezuela, la Reforma Agraria establece como principio la negación de títulos de propiedad a los beneficiarios de la política, los participantes de la población rural serían considerados beneficiarios -ocupantes de tierra bajo permiso del Estado con condiciones estrictas que deberían ser cumplidas. Para dotar de tierra al campesinado se ejecuta una fuerte campaña de expropiaciones de los propietarios agrícolas existentes, calificados como “latifundistas”, con esta política se constituye un fondo de tierras propiedad del Estado, millones de Hectáreas propiedad del Estado que consolidan el Estado terrateniente, propietario del petróleo y de las tierras agrícolas.
La economía petrolera destruye la economía basada en la exportación de café y cacao generada por los agricultores venezolanos, conjuntamente con los productores de maíz, arroz y caña de azúcar que continuaban ocupando la mayor parte del territorio. Se refuerza el desarrollo de planes de importación de alimentos agrícolas del Estado ahora financiados con recursos petroleros y como consecuencia la profundización de la pobreza de la población rural que no participa en la construcción de la Venezuela petrolera..
La Reforma Agraria (R.A.) fracasa porque la población rural no tiene la libertad para desarrollar una economía productiva, no son propietarios sino ocupante de tierras del Estado. El impacto más fuerte del fracaso de la R.A. es la fuerte migración rural hacia las nuevas metrópolis petroleras y el surgimiento de una mayoría de población en situación de pobreza, los migrantes de origen rural, nuevos habitantes de los cinturones de miseria que bordean las principales ciudades del país: Caracas, Valencia, Maracay, Barquisimeto, Maracaibo, San Cristobal, Merida.
Una oleada de ocupantes de espacios urbanos invadidos, desprovistos, carentes de servicios públicos, agua, electricidad, hospitales, escuelas, carentes de capacidades educativas y técnicas para acceder a los trabajos comerciales o industriales que ofrecían estas áreas metropolitanas. La población urbana creció de 28,3% en 1936 a 62,5% en 1961. Las zonas rurales pasaron de tener 57 de cada 100 personas en 1950 a solo 21 de cada 100 en 2020.
La relación demográfica rural-urbana a partir del petróleo no ha significado necesariamente la desaparición de lo rural, sino una reconfiguración de la pobreza. La pobreza pasa a ser uno de los indicadores más fuertes de la realidad venezolana, alcanza aproximadamente 70% de la población ubicada en los nuevos cinturones de miseria alrededor de las ciudades, poblaciones provenientes en su mayoría de espacios rurales en completo estado de abandono y sin planes de reconstrucción.
El Estado propietario de la riqueza petrolera crece, se convierte en la gran maquinaria social, a la par que crece la pobreza urbana por la oleada de migrantes pobres y el abandono de potencialidades de desarrollo rural en el país. Hoy, sin embargo, año 2026, el país conserva sus fuertes rasgos rurales, 17 estados del país de los 24 existentes continúan siendo espacios agrícolas- rurales en situación de extrema pobreza. Se mantienen actividades agrícolas precarias en 11 estados del país cuya única actividad económica existente está ligada a la agricultura y ganadería. Una actividad agrícola, sin respaldo institucional, sin acceso crediticio financiero proveniente de las finanzas públicas alimentadas por el petróleo y sin apoyo de los procesos técnicos productivo de parte de las instituciones del Estado.
Por todas estas razones hoy ha resurgido el debate (Si bien entre pocos) sobre la importancia de adentrarnos en la valoración de la posibilidad de alcanzar un desarrollo rural integral que enfrente la miseria de una buena parte de nuestra gente y del territorio, contribuya a crear una mejor Venezuela que garantice la posibilidad de avanzar hacia una democracia con oportunidades y el esfuerzo de todos.
Algunos opinan que los venezolanos podrían vivir sin trabajar, repartir la riqueza del petróleo, traer grandes empresas extranjeras que produzcan alimentos que pagaremos con los recursos petroleros. No podemos olvidar que el trabajo, el esfuerzo humano, es una evidencia de nuestro espíritu constructivo. Crear un mundo es la primera muestra de que somos humanos, podemos elegir, somos el único género que puede cambiarse a sí mismo y construir el mundo al que aspiramos.

