Una introducción al Salmo 261 de San Agustín de Hipona.
En muchos países en los que prima una mayoría cristiana, el día 14 de mayo, fijado por la cristiandad para celebrar la Ascensión al cielo de Jesucristo, no es un día feriado. Y, sin embargo -en este punto estoy totalmente de acuerdo con San Agustín- ese es el día más importante de la lección cristiana pues fue nada menos que el día en que Jesús, “Dios hecho hombre”, se integró en su ascendencia divina y fue todo Dios dejando como legado la posibilidad de acceder a la divinidad como el mismo lo hizo. Esa es la que en la teología tradicional se llama la paradoja cósmica.
Agustín señala en sus sermones que ver morir a Dios en la cruz es un hecho mucho más impactante que ver a un Dios regresar al cielo. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso de la Ascensión es que la tierra (la materia humana hecha del polvo) ha sido entronizada en el plano celestial. La ascensión, por lo tanto no es un ascender en el espacio sino un punto de integración entre lo humano y lo divino. Jesús regresa después de su muerte corporal al reino de los cielos a través de la visión (o imaginación) de sus seguidores. O dicho así: Jesús el hombre, no sería visible, pero seguiría siendo Dios sobre la tierra. La misión del Cristo ya estaba cumplida, quiso decirnos Agustín de Hipona.
Digamos siguiendo al santo Agustín: Jesús no era mitad hombre, mitad Dios. No era tampoco un Semidios en el sentido griego. Era, para decirlo con las propias palabras agustinas, todo Dios. Dios representado como hombre en la tierra, todo hombre y todo Dios a la vez. Jesús fue Dios descendido. Pero no un Dios escindido, si es que entendemos bien el misterio de la trinidad. Era el Padre convertido en hijo unidos por el Espíritu Santo en tres personas distinas y un solo Dios no más.
Ahora, si traducimos la palabra persona del español al griego, persona quiere decir máscara. Eso no quiere decir, por supuesto, que Jesús era un Dios enmascarado sino, como el Dios que era, puede representarse en distintas formas sin dejar de ser uno solo. Jesús es una forma de Dios, asumida por Dios ante los hombres para que los hombres entendieran, mediante la aplicación de su espíritu, a Dios. Jesús, luego, es parte de un solo Dios trinitario. El Padre es Dios en su infinita persona inaccesible a nuestros ojos. El hijo es Dios accesible a nuestros sentidos y el Espíritu Santo es la relación que establecemos como hijos con el Padre para estar y ser en y con Dios. Eso es el punto central de la doctrina agustina de la “Ascensión del Señor” .
La trinidad es la unidad, o en los términos de Agustín, la doctrina del Christus Totus. Un tema que desde los pre-sentimientos de la filosofía de Heidegger con respecto a la trinidad del Ser (El ser en el Ser, el ser que va siendo, el Ser que es) y desde las observaciones de la física cuántica, a través de la trinidad que se da entre la materia, la energía y el movimiento que une a la energía con la materia), ya no nos es tan extraño. Como observa el filósofo uruguayo Alejandro Lafluf en su libro pronto a aparecer (El Ser y la Falta) el ser, ese ser que somos, es un ser trinitario. Tan trinitario, agrego aquí, como es el Dios de la Trinidad.
El Christus Totus de Agustín desciende, vive en y con nosotros, muere, resucita y luego asciende. Esos son los episodios de una obra en la que no somos espectadores sino, para decirlo de algún modo, actores. La unidad divina. O como explica Agústín en el Sermón 261, el más clásico de sus sermones conmemoratorios, un “misterio eclesiológico y místico de unión colectiva”. Jesús por lo tanto, al nacer entre los hombres no descendió hacia la Tierra, así como cuando, después de haber resucitado, no ascendió al Cielo. En términos geométricos, ni “subió” ni “bajó”.
Dicho más claramente: el Cielo no está arriba ni la Tierra está abajo. Ascender quiere decir, en este caso, un ascenso espiritual, del mismo modo que como cuando en lenguaje cotidiano decimos de una persona que es alguien espiritual “esta es una persona elevada”. Jesús, durante su vida, pasión y muerte, fue siempre una persona elevada, y paradójicamente esa elevación es la que le permite descender desde sí mismo hasta llegar el momento de hablar a los humanos como si fuera un padre que se dirige a sus hijos, es decir, de un modo no “elevado”. Más todavía, siguiendo las mismas lecciones agustinas, podríamos decir que el cielo no es un lugar, sino un encuentro con Dios a escala humana, es decir, con Jesús; y eso puede suceder en cualquier momento y en cualquier lugar. Eso lo saben, mucho mejor que yo, los grandes poetas, aunque algunos no crean en Dios.
La teología de la Ascensión en San Agustín de Hipona (siglos IV-V) se encuentra plasmada en sus sermones festivos (como el célebre Sermón 261). Para San Agustín, reiteramos, la clave absoluta reside en la doctrina del Christus Totus (El Cristo Total: la Cabeza y el Cuerpo).
De acuerdo con la versión popular, la Ascensión de Jesús, el Cristo, al reino de los cielos, es considerada algo así como un viaje espacial emprendido por el hijo de Dios. De acuerdo con la interpretación teológica, sin embargo, el ascenso del Señor es un regreso a su condición originaria: Dios. Dios, que había descendido como hombre al planeta Tierra, vuelve a sus orígenes, se encuentra consigo mismo, con su propia eternidad, una que existe antes y después de su muerte corporal, pero, y este es el mensaje agustino: Dios se aleja sin abandonarnos sino, en cierto modo, llevándonos consigo.
Pero Cristo en Dios no solo es un episodio particular, tampoco es una anécdota. Es parte de su enseñanza universal, a saber, si todos somos en Cristo en tanto hijos de Dios, siguiendo con la línea del parentezco trinitario, somos hermanos de Jesús y por lo mismo hijos de Dios. El destino posmortal que nos espera si vivimos en y con Cristo no puede ser distinto al que experimentó Jesús, el hombre. Nuestro regreso a Dios, o en términos físicos, la integración de la partícula elemental -que eso somos – en el universo total de donde somos. Es por eso que en su Sermón 261, el santo Agustín, en su frase primera, exhorta al pueblo: “Nuestra resurrección es nuestra esperanza; su ascensión, nuestra glorificación, ascendamos con Él y tengamos nuestro corazón levantado”.
Todos nos reintegramos (o lo que es lo mismo decir: regresamos) a través del pasadizo de la muerte corporal en el mundo espiritual que es el de la divinidad. Pero para que eso ocurra debemos estar dotados de un espíritu el que solo podemos adquirir habiendo vivido en comunicación con Dios durante nuestra –como decía el presuntamente ateo poeta, Neruda- “residencia en la tierra”. A partir de esa premisa, no somos dioses, pero si vivimos en el espíritu de Dios. Através de las enseñanza de Dios hecho Cristo cuando adoptó el nombre de Jesús sobre la tierra, llegamos a ser parte corporal y espiritual de Dios y eso, precisamente eso, es lo que nos diferencia de las demás especies a las que Dios no concedió la potencialidad espiritual porque, de hecho, librados a su condición natural ya estaban integrados en Dios. Dios es lo que vive y nunca lo que muere. Por lo mismo, Dios nos concedió a nosotros, los humanos, la facultad de elegir vivir cerca de Dios o vivir en Dios, o de vivir lejos de Dios. Ahí reside nuestra libertad. Y ahora digamoslo filosóficamente: esa es la libertad de ser, de ser en nosotros o de ser a través de nosotros en el Ser (con mayúscula)
Eso significa, sin el uso del espíritu, no hay regreso a Dios. ¿Por qué? Porque el espíritu supone elevación, elevación de nuestro ser hacia el Ser. Ser un ser espiritual significa elevarnos de nuestra condición animada hacia nuestra condición divina a la que las religiones llaman poéticamente condición celestial la que, según la enseñanza cristiana, no significa escisión de nuestra materialidad pues materia y espíritu son indivisibles (Teilhard de Chardin). En consecuencia, la unidad entre nuestra materia carnal y su espíritu seguirán manteniéndose (“ánima corpórea” según Tomás de Aquino) antes, durante y después de nuestras vidas. O como nos dice Agustín: “Cristo es Dios; lo es siempre. Nunca dejará de serlo, porque nunca comenzó a serlo”. “Si su gracia puede hacer que no tenga fin algo que tiene comienzo, ¿cómo va a tener fin él, que nunca tuvo comienzo? ¿Qué ha tenido comienzo y no tendrá fin? Nuestra inmortalidad tendrá comienzo, pero carecerá de fin”.
Ahora bien: siguiendo la experiencia originaria, la de Jesús el Cristo, de un modo más filosófico que teológico, podríamos decir que esa condición celestial o espiritual la podemos aceptar, o la podemos simplemente negar, durante nuestras vidas. No se trata entonces de portarse bien o de portarse mal, como enseñan algunos bien intencionados curas. Se trata más bien, como decía Agustín, de cumplir solo con los dos primeros mandamientos pues en ellos están concentrados todos los demás mandamientos: Amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo. Esos mandamientos podríamos incluso concentrarlos en uno solo: amar. Por eso se ha dicho que el cristianismo es la religión del amor. En todo lo que se ama (no siempre en todo lo que se desea) está el espíritu de Dios. El amor es el peso (fuerza de gravedad) del alma, escribió San Agustín.
¿Y si alguien ama a Hitler o a Putin? Preguntará más de alguien. Eso no es amor, es la repuesta. El amor cristiano, el que predicó Jesús, es amor a la vida. No amor a la muerte. Si fuera así, el segundo testamento terminaría con la crucifixión y el cristianismo sería una religión de la muerte, como la entendieron (y la entienden) tantos reinos profanos. El predicado por Jesús en cambio -en este punto sigo a Pablo de Tarso- es el triunfo de la vida por sobre la muerte. Por eso, antes que Jesús, Lázaro también resucitó. Por eso también, los panes fueron multiplicados entre los pobres. El amor de Cristo es un amor en contra de la muerte. Así lo dijo Agustín.
Amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo (no más, solo como a ti mismo) son medios que el humano pone en práctica para comunicarse con el cielo, aún sin abandonar la tierra. O dicho así: la Ascensión no es una singularidad de Jesús. La Ascensión es una posibilidad del ser. Luego, la Ascensión está aquí y ahora; no mañana. En la medida en que somos y amamos estamos ascendiendo de la misma manera que, al renunciar a la vida durante la vida, estamos descendiendo. Así lo entendió San Agustín. Así también lo entiendo yo.
Quizás esa es la razón por la cual los cristianos “celebran” (conmemoran) en todas partes a la crucifixión y durante la ascensión, en diferentes naciones, trabajan normalmente, sumidos en la vida cotidiana, donde tantos nacen y tantos renacen. En ese punto, perdónenme los católicos, es difícil contradecir a Lutero: Cristo no sería Dios si no fuera “omniprescente”.
La crucifixión, es decir la mortalidad del ser-aquí, sucede en un día determinado. La ascensión si bien fue fijada simbólicamente por la Iglesia 40 días después de la resurrección, es un fenómeno que ocurre a diario. Todos los días ascendemos o descendemos, acercándonos o alejándonos de Dios, aceptando o negando con palabras y actos esa divinidad intrínseca que nos reveló Jesús, o simplemente rechazándola para agonizar y sucumbir sobre nuestro propio cuerpo. La crucifixión es un hecho único. O dicho en contra de la opinión de James Bond, “morimos solo una vez”. La Ascensión, en cambio, es un hecho cotidiano. Cristo, al intentar revelarnos el misterio de la vida eterna y liberarnos de la cautividad de la muerte, dio “muerte a la muerte”. Con esas mismas palabras lo dijo Agustín: “Gran misericordia la de quien ascendió a lo alto e hizo cautiva la cautividad! ¿Qué significa hizo cautiva la cautividad? Dio muerte a la muerte. La cautividad fue hecha cautiva: la muerte recibió la muerte”
Vivimos y participamos de la eternidad. Más todavía: en tanto descendientes de Dios, ascendemos a Dios. Somos parte de la eternidad. Esa fue la buena noticia que nos trajo Jesús.
Apartándonos ahora un poco de las palabras de Agustín, quien cita de modo reiterado la frase de Juan el Evangelista, “al comienzo fue la palabra y la palabra era Dios”, podríamos decir, Dios nos dio la libertad de la palabra, pero nos la dio para que nos comunicáramos con Dios. La palabra es un medio de comunicación con nosotros y por eso mismo con Dios. Pero, además, nos dio la palabra para que Dios pudiera seguir viviendo, pues sin nosotros, los que pronunciamos la palabra Dios, Dios dejaría de existir, por lo menos para nosotros. El hecho es que, si así fuera, sin palabras nadie nombraría a Dios y, al no nombrarlo, Dios, en el mejor de los casos, sería, pero nunca aparecería. Pronunciar su nombre (no importa en qué idioma) aunque sea en silencio, es preservar la existencia de Dios entre nosotros. A Él lo necesitamos. Pero Él también nos necesita. La responsabilidad que cae sobre nosotros, los humanos, es inmensa.


