Hijo de la Ilustración y nieto de los gabinetes de curiosidades del Renacimiento, el museo de arte antiguo es un artefacto del mundo de ayer que sobrevive en el de hoy. Más allá de conservar, ampliar y difundir sus colecciones, el museo, como bien dijo Umberto Eco, debe conectar un objeto pasivo —la obra de arte— con un sujeto activo —nosotros—. Es esencial que este dialogo fluya con naturalidad y se establezca con las mínimas interrupciones posibles. La tecnología es una de ellas, y por esto celebro que el Museo del Prado sea de los pocos del mundo que no permite hacer fotografías de sus obras. Uno las ve en vivo y en directo y luego dispone de una página web donde puede descargarse las imágenes gratuitamente en alta resolución. Tampoco me convencen las audioguías, a no ser que vayas solo y perdido, porque obligan a seguir un itinerario preestablecido y no dejan conversar con quien nos acompaña, que es uno de los placeres de visitar un museo.
Para comprender bien el museo, el visitante necesita una cultura visual, un mapa, no de papel, sino intelectual. Y me temo que la mayoría de los visitantes no lo tienen. Pasan más tiempo leyendo las cartelas que mirando los cuadros porque nadie les ha enseñado a mirar y les da entre pereza y miedo enfrentarse a las imágenes, un territorio desconocido. Y para comprender el trasfondo que hay detrás de ellas es necesario saber, o al menos tener, unas nociones básicas de algunas cuestiones relevantes que la mayoría desdeñan: de la historia, de la filosofía y la literatura de cuando estas obras fueron creadas; nociones elementales, por ejemplo, de iconografía cristiana. Así, se puede comprender que el hombre aquel que está colgado en la cruz es Cristo en el Calvario, y a su lado acostumbran a acompañarlo María, su madre, y san Juan, el evangelista y uno de sus mejores amigos, mientras que la rubia que llora a sus pies es María Magdalena, la única mujer, aparte de su madre, que le acompañó en su fatal destino. O que esta bella muchacha desnuda a la que espían dos viejos mientras se baña al aire libre se llama Susana y ellos son de los primeros voyeurs de la historia. Es también importante conocer el hombre que hay detrás de las imágenes, su vida. Y así, saber que en la mayoría de los cuadros del Bosco hay incendios porque el pintor, cuando contaba 12 años, vio arder la ciudad holandesa que le da nombre. O que Ribera era hijo de un zapatero de Játiva y por eso trata con primor las pieles de sus santos. O que Caravaggio se autorretrataba en las cabezas cortadas de sus héroes porque vivió más de la mitad de su vida temiendo que le cortaran la suya.
Uno no puede creer que verá todo el museo en un día porque para verlo bien necesitaría más de una vida. Uno puede decidir ir a ver las mejores obras, entre 10 y 15. O ver las de un solo artista. Así, optar por ver a Tiziano en el Prado está bien porque es el artista que vertebra el museo. O ver los primitivos italianos de la National Gallery de Londres, porque allí son importantes. O ver una sola obra porque, si es maestra, no te la acabas nunca y no hay mejor plan que pasarte la tarde contemplando el Jardín de las delicias o Las meninas, si seguimos en el Prado que es, sin duda, la mejor pinacoteca del mundo.
El museo ha cambiado más en los últimos 10 años que en los dos últimos siglos. Es un artilugio que no encaja en la contemporaneidad porque su naturaleza va en contra de los vaivenes de los tiempos. Es por esencia antagónico a nuestro mundo audiovisual, epidérmico y acelerado. Hace años que perdió la señal de GPS y lleva tiempo buscándose, dando vueltas sobre sí mismo porque no logra conectarse con un nuevo público. La mayoría de los adultos no fueron a los museos desde los tiempos del colegio, y para sus hijos, los niños de hoy, son sinónimo de aburrimiento. ¿Qué ha fallado? No se ha sabido educar en lo visual ni en las escuelas ni en las familias, ni tampoco en las universidades. No se ha hecho la pedagogía necesaria para que calase la idea de que mirar es tan importante como leer o a pensar.
Los responsables de los museos, sus directores y sus equipos, ante la imposibilidad de reconvertir al visitante en un connoisseur, han optado por adaptar el museo a la media social. Y lo han hecho inclusivo, participativo, experimental y actual. Se han potenciado las exposiciones temporales sobre la colección permanente para captar mayores audiencias y se han buscado sinergias con el arte contemporáneo, algunas estimulantes y otras arbitrarias, en una suerte de intercambio, a menudo estéril, entre el prestigio del pasado y el deslumbramiento del presente. El arte contemporáneo ya tiene espacios donde expresarse. Parece que el museo haya desestimado la función primordial para la que fue creado —formar— y la haya sustituido por una más acorde con nuestro tiempo que es la de entretener. En la sociedad del espectáculo el museo tiene que ser, por encima de todo, divertido. Y, por tanto, se hace necesario cambiar las museografías, que ya no son cronológicas o por escuelas, porque eso es retrógrado y aburre, sino temáticas, por conceptos, colores, materiales o géneros. Se trata de incorporar los problemas sociales de hoy al discurso artístico del ayer, olvidando que la obra de arte es un mundo cristalizado en un espacio y un tiempo concretos, y descontextualizada pierde su identidad y se reduce a la nada.
Un museo es un refugio, más necesario que nunca en este mundo de hoy, hijo bastardo de la peste. Es un lugar de acogida y de amparo, de reflexión y de éxtasis. Recorrerlo debería ser un placer, pero a menudo es un fastidio por las aglomeraciones que nos ha traído la globalización. Muchas veces no los podemos visitar sin haber comprado previamente la entrada, lo que mata la improvisación o el azar, lo que más añoro de antes. Y una vez dentro hay que esquivar a la gente para llegar a ver las obras. Me gustan más los museos pequeños de coleccionista, de medida humana, como la galería Doria Pamphili en Roma, el Lázaro Galdiano en Madrid o la Frick Collection en Nueva York, que los enciclopédicos, mastodónticos y generalistas como el Louvre, el Británico o el Metropolitan. En los pequeños aún se vislumbra el gusto del coleccionista que los creó y no la rapacidad del Estado que construyó los grandes. Los primeros explican una intención estética; los segundos, un programa político. El Prado es un caso raro, un hibrido que suma una intención estética nacida del gusto de unos coleccionistas, los reyes, con un programa político. Como resultado, es un museo con lagunas y sobreabundancia.
No tardaremos en dejar de ver obras originales en los museos: el aura que emanan, como anunciaba Walter Benjamin, quedará pronto sustituida por el facsímil; reproducciones perfectas, imposibles de detectar para el ojo humano, que servirán para evitar robos y vandalismos, para que puedan viajar sin sobrecostes del seguro. En el mundo del mañana, los museos de verdad, los que conservarán las obras originales, estarán encerrados en los almacenes o en cámaras acorazadas, invisibles para el gran público, mientras los nuevos museos, plagados de copias de obras maestras, estarán abiertos 24 horas los 365 días del año como templos del consumo o como víctimas sacrificiales en aras del turismo al por mayor.


