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Antonio de la Cruz: El régimen después del régimen

 

La caída de un autócrata suele ser presentada como el final de una historia. En realidad, frecuentemente es el comienzo de otra.

Durante años, Occidente imaginó el futuro de Venezuela en términos simples: un día colapsaría el régimen de Nicolás Maduro, regresarían las inversiones, se restablecería la democracia y el país más rico de América Latina volvería lentamente a integrarse al orden liberal internacional. Era una narrativa cómoda. También era profundamente ingenua.

Porque el chavismo nunca fue únicamente un proyecto ideológico. Fue, sobre todo, una arquitectura de distribución de poder.

La reciente investigación de The New York Times sobre los acuerdos petroleros venezolanos demuestra algo mucho más inquietante que la simple persistencia de la corrupción: demuestra la supervivencia del sistema después de la desaparición de su líder.

Eso convierte a Venezuela en uno de los experimentos políticos más importantes del hemisferio occidental. No estamos observando la transición clásica de una dictadura hacia una democracia. Estamos viendo la mutación de una autocracia extractiva hacia un modelo híbrido de tutela internacional, apertura económica parcial y continuidad burocrática interna.

En otras palabras: el régimen cayó, pero el aparato aprendió a sobrevivir.

El petróleo como sistema político

Durante gran parte del siglo XX, el petróleo fue interpretado como un recurso económico. En Venezuela terminó funcionando como un sistema operativo político. Pdvsa dejó de ser simplemente una empresa estatal para convertirse en el núcleo organizador del poder nacional.

Los contratos petroleros distribuían lealtades. Las exportaciones financiaban alianzas. Las empresas mixtas sostenían redes políticas. El acceso al crudo equivalía al acceso al Estado.

Eso explica por qué la corrupción en Venezuela no puede entenderse como una desviación institucional. La corrupción era la institución.

Para el pensador italiano Antonio Gramsci, las élites sobreviven no solo mediante coerción, sino a través de hegemonía: la capacidad de convertir intereses particulares en sistemas completos de gobernabilidad. El chavismo logró exactamente eso. Transformó la renta petrolera en un mecanismo de cohesión política.

La revolución bolivariana no sobrevivió únicamente porque controlaba las armas o los tribunales. Sobrevivió porque millones de personas —burócratas, empresarios, militares, contratistas y operadores financieros— dependían directa o indirectamente del ecosistema petrolero controlado por el poder.

Por eso la captura de Maduro en enero de 2026 no produjo el colapso inmediato del sistema. Decapitó al régimen, pero no desmontó su infraestructura.

La supervivencia del aparato

El reportaje de The New York Times expone precisamente la profundidad de esa continuidad. Las empresas fantasma, los acuerdos opacos, las exportaciones trianguladas y las redes familiares siguieron funcionando incluso después del cambio político.

La figura de Carlos Malpica Flores resulta particularmente reveladora. Sobrino de Cilia Flores y antiguo operador financiero del círculo presidencial, Malpica simboliza el nuevo tipo de actor dominante en las autocracias contemporáneas: no un ideólogo, sino un administrador patrimonial del poder.

Esto conecta directamente con la tesis desarrollada por Anne Applebaum en Autocracy, Inc.. Las autocracias modernas ya no funcionan como dictaduras doctrinarias tradicionales. Funcionan como redes transnacionales de dinero, protección mutua y supervivencia política.

Lo importante ya no es la ideología. Lo importante es el acceso.

Acceso al petróleo. Acceso al sistema financiero. Acceso a contratos. Acceso al arbitraje cambiario. Acceso a protección política.

El caso venezolano demuestra cómo una revolución puede degenerar gradualmente en una corporación extractiva.

Los detalles revelados sobre Hangzhou Energy son extraordinarios precisamente porque muestran la lógica interna del sistema. Según el reportaje, la compañía china recibió condiciones excepcionalmente favorables para comercializar petróleo venezolano, incluyendo mecanismos de pago en bolívares depreciados. Para cualquier economía racional, semejante esquema sería absurdo. Para una economía patrimonial, tenía perfecta lógica.

El objetivo no era maximizar ingresos nacionales. Era maximizar rentas privadas para actores políticamente conectados.

Washington y el dilema de la estabilidad

En este punto emerge una paradoja fascinante: la administración del presidente 47 de Estados Unidos, Donald Trump, parece haber entendido que la recuperación petrolera venezolana requiere precisamente aquello que el chavismo destruyó durante dos décadas: credibilidad institucional.

De allí las auditorías. De allí los mecanismos de supervisión. De allí la presión por elecciones. De allí la obsesión con la trazabilidad financiera.

Pero Washington enfrenta un dilema clásico de política exterior: necesita estabilidad rápida sin poseer instrumentos suficientes para reconstruir institucionalidad profunda.

La prioridad estadounidense no es únicamente democratizar Venezuela. También es impedir el colapso energético, limitar la influencia china y estabilizar un país estratégicamente ubicado frente al Caribe y el Atlántico.

Eso explica por qué la política hacia Venezuela parece moverse simultáneamente en dos direcciones: presión institucional y pragmatismo petrolero.

Delcy Rodríguez y la transición pragmática

Y allí aparece Delcy Rodríguez como la figura central de esta nueva etapa.

Rodríguez es probablemente la política más sofisticada producida por el chavismo tardío. Entiende el lenguaje revolucionario, pero también comprende la lógica del capital internacional. Su administración representa un fenómeno conocido en muchos procesos históricos: la transición del radicalismo ideológico hacia el pragmatismo tecnocrático.

La historia está llena de ejemplos similares. Después de Stalin, parte de la burocracia soviética sobrevivió intacta. Después de Mao, China mantuvo el monopolio político mientras abrazaba parcialmente el mercado. Después de la caída del comunismo en Europa del Este, numerosas élites económicas reciclaron sus posiciones bajo nuevas estructuras formales.

Las revoluciones rara vez destruyen completamente a sus clases dirigentes. Normalmente las transforman.

Eso es exactamente lo que parece ocurrir en Venezuela.

El portal “Transparencia Soberana”, mencionado en el reportaje, es casi una metáfora involuntaria de todo el proceso. Se anunció como símbolo de apertura institucional. Sin embargo, contiene apenas información mínima y poco verificable.

La transparencia existe como lenguaje. No necesariamente como práctica.

Pero incluso esa simulación importa. Porque indica algo fundamental: el sistema venezolano comprende que necesita legitimidad externa para sobrevivir económicamente.

El regreso de la geopolítica petrolera

Aquí el petróleo vuelve a ocupar el centro del tablero global.

Durante la última década, muchos analistas asumieron que la transición energética reduciría drásticamente la relevancia geopolítica de los hidrocarburos. La realidad ha demostrado algo diferente. Las guerras en Medio Oriente, las tensiones marítimas en el estrecho de Ormuz y la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China han devuelto al petróleo una centralidad estratégica que muchos consideraban en declive.

Y Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta.

Eso convierte al país en un espacio demasiado importante para fracasar completamente y demasiado corrupto para normalizarse rápidamente.

La consecuencia es este extraño sistema intermedio: supervisión financiera internacional parcial, apertura petrolera controlada, continuidad burocrática doméstica y una democracia todavía incompleta.

La verdadera transición

Desde una perspectiva histórica, quizás nada de esto debería sorprendernos. Las grandes transformaciones políticas raramente ocurren en línea recta. Francia necesitó décadas después de Napoleón para estabilizarse. Rusia nunca terminó de resolver las contradicciones surgidas tras la caída soviética. Irak mostró cómo remover a un dictador no necesariamente produce un Estado funcional.

El error occidental recurrente consiste en creer que los regímenes autoritarios dependen exclusivamente de individuos. En realidad, dependen de ecosistemas enteros.

Maduro fue removido. El ecosistema permanece.

Y esa puede ser la verdadera historia de Venezuela en 2026: no la caída de una autocracia, sino el aprendizaje de cómo sobrevivir sin necesidad visible de su fundador.

 

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